Capítulo 7
Killian
Parecía una diosa.
Me quedé congelado, sin poder apartar los ojos de ella.
El vestido que llevaba era rojo y brillaba como ninguno de los cientos que había visto esa noche.
No pude distinguir su expresión, ya que una máscara del mismo color ocultaba la parte superior de su rostro.
La piel de sus hombros estaba al descubierto y el escote del vestido estaba adornado con un material diferente que se ondeaba para dar forma a numerosas flores de colores vibrantes.
Sus manos caían sobre la falda vaporosa y extremadamente larga que arrastraba por el suelo.
Le habían puesto unos guantes largos, seguro que para ocultar las
heridas que se había hecho al empujar al Ignis al lago en las
Cuevas Cushendun. Quería creer que su naturaleza sobrenatural habría reducido su dolor.
Era la representación perfecta de aquello que anhelaban en el Atharav: vida.
Tragué saliva.
Estaba jodidamente espectacular, pero… Por mucho que su vestido
iluminara el salón, ella estaba apagada. Algo se retorció en mi estómago,
oscuro y hambriento. Salvaje.
No quería ni pensar por lo que había tenido que pasar durante los últimos días; qué le habían hecho para que accediera a disfrazarse como si fuera un jodido trofeo que mostrar al reino.
La chica que yo conocía luchaba con garras y dientes aun conociendo el peligro.
Y esta… Esta caminaba como si estuviera muerta en vida.
Bajó las escaleras con la mirada al frente, ni siquiera se inmutó al ver la multitud de invitados que la observaban con expresión devota y un poco temerosa, atentos a su única oportunidad de obtener la libertad.
—Ha sido muy amable por su parte no oponer resistencia —dijo el Dios del Fuego en voz baja—. Deberías aprender de ella.
Sus palabras me perturbaron aún más y avivaron mi furia.
Me volvería loco de tanto contenerme.
—Como le hayas tocado un solo pelo, te mato. —Mi voz sonó letal.
—El único que puede darse el lujo de amenazar, querido hijo mío, soy yo.
No esperó mi respuesta, no la necesitaba porque sabía que tenía razón. Con un pequeño séquito de guardias a sus espaldas —entre
los que distinguí al temible «Achuchador de Almas» y a la dulce Fay
na—, se acercó a ella. Yo estaba en primera fila, pero incluso los pocos metros
de distancia eran demasiados. En cuanto la piel del rey tomó contacto
con la suya para coger su mano, me abalancé hacia delante en un
intento
de llegar hasta ella. Un agudo pinchazo me atravesó en la parte baja del abdomen cuando la punta de una daga me rasgó la piel. Me costaba pensar con claridad, pero aun así pillé la advertencia y me obligué a quedarme quieto. Apreté los puños.
El Dios del Fuego se giró con un cáliz dorado en la mano. Cada uno de los invitados sostenía uno
a rebosar de vino u otros licores que al día siguiente pasarían factura. «A mí tampoco me vendría mal una copa».
—Eh, Charlie. —Chisté al guardia que me había herido—. ¿Por qué todos tienen vino en sus manos menos yo? Cuando rellené la inscripción de secuestro no marqué la casilla de problemas con el abuso de alcohol.
Miró a ambos lados hasta que se dio cuenta de que me dirigía a él.
—Yo no me llamo así.
—Has manchado de sangre el traje del príncipe perdido del Atharav. Te vas a llamar así a partir de ahora.
El rey interrumpió la conversación, y la tensión que había conseguido aligerar, volvió de golpe.
—Queridos y fieles súbitos míos, tal y como os prometí, tengo el magnífico honor de presentaros a la llave que nos liberará de este reino podrido.
—Su tono estaba cargado de emoción y una amplia sonrisa iluminaba sus rasgos duros, lo cual era inquietante—.
Dentro de poco, volveremos a casa. Y ahora, el príncipe del Atharav tendrá el honor de iniciar esta nueva y próspera etapa mediante… Un baile con nuestra amada salvadora.
Fruncí el ceño en su dirección, totalmente perdido.
¿Qué pretendía con esto?
—Es tu única oportunidad para hablar con ella esta noche, más te vale aprovecharla —me advirtió el rey al pasar por mi lado, dejando claro que sabía lo mucho que me importaba.
Mierda, me había delatado yo solito.
La orquesta comenzó a tocar de nuevo y la luz de las velas se atenuó, con la clara intención de crear un ambiente íntimo.
O más bien, de decorar el maldito escenario para el espectáculo que el Dios del Fuego había planeado.
La multitud abandonó la pista de baile e hicieron un círculo alrededor de ella.
Era escalofriante sentir la esperanza con la que nos observaban.
La miré de reojo, pero ella se mantuvo inexpresiva.
Nos adentramos en la pista a la vez, pero separados por unos metros que a ella no parecían molestarle y que a mí me costaba mucho esfuerzo mantener.
El corazón martilleaba en mi pecho mientras apoyaba mis manos en su cintura.
Su pelo caía suelto en ondas, parecía una cascada, y sentí un hormigueo en los dedos por las ganas de tocarlo, por la necesidad de quitarle la máscara.
Pero también quería sacudirla, gritar para que reaccionara.
Posó sus manos sobre mi pecho como si fuera un invitado más, como si fuera un puto desconocido.
Estaba comenzando a acojonarme. ¿Y si le habían lavado el cerebro?
No sé qué esperaba el Dios del Fuego de este baile, pero lo último
que podíamos ofrecerle eran pasos dignos y sofisticados cuando no
teníamos ni puta idea de cómo bailar un vals. Así que nos mecimos, moviéndonos por el salón como si fuéramos actores esperando a los aplausos del público.
—Aria —susurré, buscando en ella cualquier señal de que habían modificado sus recuerdos, pero no pronunció ni una sola palabra. No reaccionó—. ¿Estás bien? Dime algo, por favor.
Pasaron unos segundos hasta que finalmente habló.
Su voz… Me estremecí.
—Este sueño parece muy real. —Frunció los labios y por primera vez miró a su alrededor. Noté que sus piernas flaqueaban y la sujeté más fuerte.
—Todo es real, por desgracia —intenté que mi voz sonara lo más suave posible.
Lo último que quería era que se derrumbara, pero intuía que seguía en estado de
shock
y ya habían pasado muchos días. No parecía… normal. Estaba poniendo en riesgo su seguridad, su propia conciencia.
Su rostro se relajó.
—Dentro de poco despertaré.
Se formó un nudo en mi garganta al tiempo que el dolor me invadía. No quería hacerle daño, era lo último que buscaba.
—Escúchame, todo va a salir bien, te lo prometo. Saldremos de aquí y volveremos a Haven Lake, con Eric.
—Eric… —musitó, y sus ojos se agrandaron un poco más. La mirada
desenfocada, ahora mucho más nítida, voló directa a mi cara y un atisbo de
reconocimiento, de vida, brilló en su mirada—. Killian.
—El mismo. —Esbocé una pequeña y cálida sonrisa—. Tienes que confiar en mí, arreglaré todo esto. Lo haremos juntos.
—¿Dónde está mi madre?
—Aria…
—¿Dónde está mi madre? —repitió, y el verde de sus ojos centelleó.
Me mordí el interior de la mejilla hasta que saboreé mi propia sangre.
—Nora murió hace días. —Apoyé una mano en su mejilla mientras cogía aire—. Lo siento mucho.
Se quedó petrificada lo que me parecieron minutos y luego sus ojos se cubrieron por una fina capa de agua. Su mirada voló en dirección al Dios del Fuego, que esbozó una sonrisa fanfarrona al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. De repente, empecé a percibir como una onda de calor
emanaba de Aria. Seguía inmóvil, pero en su interior crecía un huracán.
—Mi… Mi madre murió para salvarme —dijo, y su voz sonó estrangulada.
Sentí esa realidad estallar dentro de ella. Y destrozarla.
Y yo, de nuevo, no pude impedirlo.
Con un golpe seco, me apartó la mano de su rostro y giró en redondo
hasta quedar enfrente del rey. El aire comenzó a espesarse y una
energía que mi interior, de alguna forma, reconoció como antigua y
poderosa, llenó el ambiente. Las copas estallaron. Las paredes y el suelo
comenzaron a temblar, lo sentimos bajo nuestros pies. El castillo se tambaleó mientras Aria se quedaba quieta.
Noté su respiración entrecortada, cómo sudaba y su cara se contraía en una mueca de dolor.
Y su mirada desprendía un odio que podría abrasar lo poco que quedaba de este maldito infierno.
Di un paso hacia atrás de forma instintiva.
No sabía qué cojones hacer, pero si no paraba lo que fuese que estaba ocurriendo, se destruiría a ella misma.
Unos gritos rompieron el tenso silencio cuando una lámpara de araña aterrizó en el suelo atrapando a varios Ignis que no reaccionaron a tiempo.
El suelo bajo los pies de Aria se partió.
Y ella siguió
quieta
.
La agarré de los antebrazos. Cuando mi piel entró en contacto con la suya sentí un intenso ardor en la espalda, tal y como había sentido en el motel.
—Tienes que parar —mascullé entre dientes, luchando con todas mis fuerzas por tragarme el grito de dolor que trepaba por mi garganta.
La quemazón del tatuaje cada vez era más fuerte. Aun así, no la solté.
—Me siento bien —respondió, sus ojos cada vez más sombríos.
—Hasta que acabes con tu vida, joder —grité—. Tienes que parar esto.
Ella intentó librarse de mi agarre y por poco lo logró. Era mucho más fuerte que antes.
De repente, sentí cómo el calor de mi interior se expandía hasta estallar. Ambos gritamos sin soltarnos. Nuestros poderes estaban liberándose, juntos,
al mismo tiempo que se retaban en una lucha cada vez más fuera de control.
De nuestro interior salieron remolinos de poder que dieron vueltas sobre nosotros, intentando alimentarse el uno del otro y formando un torbellino caótico. La energía que brotaba de mi piel en espirales era puro fuego y la de Aria era… negra, oscura.
Dudaba de que aquello fuera buena señal.
Nunca me había sentido así, tan vivo y fuerte. Capaz de cualquier cosa si tan solo lo deseara. Por un instante pensé en eso, en darme la vuelta y acabar con cada uno de los Ignis que nos observaban boquiabiertos, terminar con la vida del ser que me había engendrado y había
contribuido a la muerte de mi madre y al sufrimiento de mi hermano.
Miré a Aria, que cada vez estaba más pálida. Unos hilos negros bajaban de sus ojos, y me asusté aún más cuando vi que de su nariz brotaba sangre. Soltó un alarido de dolor que sentí en cada extremo de mi cuerpo.
Tenía claro cuál era mi prioridad.
Inspiré varias veces y, al igual que hacía con la energía sin forma que poseía cuando era un Incierto, canalicé mi poder en una dirección. Me concentré en enterrar la energía de Aria antes de fuera demasiado tarde. Usé el miedo como motor; la rabia y el dolor. Poco a poco su
poder fue retrayéndose y su cuerpo se tambaleó hacia atrás. No pensé en las consecuencias de mostrar mi preocupación. No pensé en los cientos de testigos presentes. La cogí entre mis brazos antes de que se diera un fuerte golpe. Mis rodillas aterrizaron en el suelo de mármol
amorti
guando la caída. Con una mano en su nuca, la atraje hasta mi pecho y me permití rodearme de su olor. Sin perder ni un segundo acaricié sus mejillas hasta llegar a su cuello, comprobando su pulso. Débil. Pero seguía viva, y eso era suficiente, al menos por ahora.
Me ardía la espalda y supe que mi descendencia ya se había revelado.
Ahora solo un lado de mi espalda conservaría la tinta del tatuaje, el otro cicatrizaría. Teniendo en cuenta que mi padre era el Dios del Fuego, tampoco es que fuera una gran sorpresa.
Todo el mundo se mantuvo en su posición, lo más alejados posibles de nosotros, hasta que la voz de Dios del Fuego rompió el silencio.
—Como os dije, aquí tenéis la prueba del poder de la llave y de que mi hijo la controlará y la usará en beneficio de nuestro pueblo.
Apenas escuché sus palabras, mi corazón latía descontrolado mientras observaba a Aria. Sentía una ira desconocida hasta el momento y unas ganas urgentes de protegerla de estos malditos monstruos. Pero ella sí captó el mensaje del rey porque se tensó en mis brazos, aún medio inconsciente.
El pueblo estalló en vítores, aplausos y gritos de emoción.
Nuestros ojos se encontraron y su mirada de odio fue una promesa.
Supe que me costaría muy caro lo que acababa de hacer. No pude decir nada antes de que se desmayara.
La estreché entre mis brazos sabiendo que, quizás, sería la última vez.