Capítulo 6 #2
Beatrice me ignoró y llegó hasta mí. Miró hacia el pasillo oscuro por el que se acercaba el grupo, y noté cómo su rostro se ensombrecía y el brillo de sus ojos se apagaba.
Aun así, su expresión estaba llena de determinación.
Me cogió la mano y el tacto caliente de su piel fue como el estallido de energía que había sentido antes con la llegada de los Guardianes.
Tras unos instantes en los que nos sostuvimos la mirada, cerró los ojos y no sé si fue mi imaginación, pero me pareció ver una lágrima deslizándose por su mejilla.
Se bajó el traje dejando su hombro derecho al descubierto, donde apareció un tatuaje parecido al que Connor tenía grabado en su corazón: una cerradura. Cuando comprendí lo que estaba a punto de hacer fue demasiado tarde.
Introdujo la llave en la hendidura de su piel y el Éter nos rodeó como un remolino intenso de poder. Una fuerza abismal tiró del aire de mis pulmones hasta vaciarlos y sentí cómo el suelo se abría. Caí en un pozo de oscuridad y dolor.
Mi pobre espalda aterrizó contra el terreno duro y frío; el impacto me causó un profundo dolor que se sumó a los constantes pinchazos que me atravesaban el cráneo.
Y encima, unos segundos después, la maldita culpable de todo aquello chocó conmigo y me aplastó aún más.
Abrí los ojos y tuve que parpadear repetidas veces para ver con nitidez.
La figura de Beatrice encima de mí fue lo primero que advertí.
Nunca antes la había visto despeinada y parecía un poco más humana.
Se incorporó, apoyándose con una mano en mi pecho, y utilizó la otra para apartarse el pelo de la cara.
Sentí de forma muy inapropiada algunas partes de su cuerpo presionando contra mí, y eso me puso de peor humor.
—Como no te quites de encima de mis pelotas vas a privar al mundo de mi descendencia.
Puso cara angelical.
—No hará falta. La naturaleza es sabia y no permitirá que te reproduzcas.
—¿Insinúas que quieres seguir en esta posición? —Esbocé una sonrisa socarrona y coloqué las dos manos bajo la cabeza acomodándome.
Ella alzó una ceja y cambió de actitud. Su sonrisa seductora me hizo tragar saliva. Ajustó su cuerpo de tal forma que su rodilla presionó mi muslo. «Joder».
—¿Estás haciendo tiempo para que siga
en esta posición?
—Ya te gustaría —gruñí, y me revolví para que se apartara.
Se levantó de un pequeño salto y apreté la mandíbula cuando vi su pequeño gesto de triunfo.
—Mis gustos son demasiado refinados para alguien tan ordinario como tú —remarcó.
—¿Es necesario que cada vez que abras la boca sea para insultarme?
—Sí.
Esperé unos segundos a que dijera algo más, pero sus labios estaban sellados. Ni siquiera parecía prestarme demasiada atención, estaba distraída observando nuestros alrededores.
—¿Y ya está?
—No me apetece malgastar más saliva contigo.
—Nadie malgasta saliva conmigo.
—Como ya he dicho, ordinario
.
Otra vez nos estábamos desviando de lo importante.
Miré a mi alrededor y reconocí de inmediato la habitación austera en la que nos encontrábamos.
Los colores apagados. La misma cama pequeña y vieja.
La estantería cubierta de libros con el mismo lomo oscuro y el escritorio desgastado.
Encima de él había varios dibujos de flores, y uno en especial captó mi interés.
Se trataba de un arco con flechas dibujado a la perfección.
Por lo visto tenía el mismo talento para insultar que para dibujar. Exquisito.
—¿Por qué nos has traído hasta el Abismo? —pregunté finalmente—. Si no recuerdo mal, hace unos días estabas deseando salir de él.
—Hogar, dulce hogar —canturreó, y dio la vuelta a los bocetos del escritorio.
«Qué forma de pasar olímpicamente de mi pregunta».
Pretendía, de verdad que lo hacía, no perder la compostura y llegar a tener una conversación civilizada con la persona que supuestamente —sin olvidar que me había lanzado una piedra a la cabeza e insultado en repetidas ocasiones— era mi única aliada.
Sin embargo, la imagen de la última vez que había visto a Zoey, luchando contra esos monstruos y gritando mi nombre desconsolada, acabó con los últimos restos de mi voluntad.
—¿Es que no piensas antes de actuar? ¿¡Ahora qué vamos a hacer!
? —grité y se volvió hacia mí, sorprendida—.
De un momento a otro va a aparecer un Guardián, descubrirá que te escapaste y, peor aún, me encontrará y sabrá que no soy de los vuestros.
Estoy seguro de que tenéis salas de tortura que no tengo ningunas ganas de explorar.
Y mi hermana… ¿¡Ahora cómo la voy a encontrar!
? ¿Lo has hecho adrede para separarme de ella?
¿Tanto la odias? Me pregunto cuál será el motivo…
—No sigas por ahí. —Me interrumpió con un tono cortante.
—Entonces explícame por qué mierda has hecho esto.
—La única forma de acceder al Atharav es a través del Abismo.
Abrí la boca y la cerré. «Ah. Vaya». Tenía sentido.
Carraspeé.
—¿Sabes cómo hacerlo?
—Es casi imposible, tan solo los Dorados tienen acceso a sus puertas.
Inspiré profundamente para no perder aún más los nervios.
—¿Entonces?
—Ya se nos ocurrirá algo —respondió, y ante mi rostro enfadado, continuó—: ¿Qué pretendías que hiciéramos? ¿Nos quedamos allí para que nos descubran? No puedes casi ni andar, das pena.
—Lo último sobraba.
—No, porque parece que te cuesta pillar las cosas.
—Teniendo en cuenta que mis oídos sufren cada vez que escucho tu voz, sí, me cuesta pillarlas.
—Te esconderás aquí hasta que te recuperes y mientras investigaré dónde demonios están las puertas del Atharav.
—¿Y nadie se preguntará dónde has estado estos días? —pregunté con desconfianza—. Te encarcelarán por fugitiva.
—En el Abismo ha pasado menos tiempo desde que me marché, nadie se habrá dado cuenta.
El silencio se extendió por la habitación. Sus palabras… Tenían un significado mucho mayor que no estaba dispuesto ni a pensar. No me interesaba lo más mínimo.
—¿Qué pasó después de que me fuera? —preguntó.
Me senté en la cama y el colchón chirrió bajo mi peso.
Reprimí una mueca de dolor cuando los músculos de la zona baja de mi estómago protestaron; aún podía sentir el rastro fantasma de la daga perforando mi carne.
Una sombra de temor me envolvió al recordar que, por mucha capacidad curativa sobrenatural que tuviera, las cosas se pondrían muy feas si no me desinfectaba la herida.
La cabra diabólica había sido la primera señal.
—Cuando llegamos a las Cuevas Cushendun y encontramos la corona del Dios del Agua, un grupo de Ignis nos atacó —dije finalmente, sintiendo un espeso amargor al recordar los sucesos de aquella noche que parecía tan lejana—.
Ellos también querían usar el poder del Vestigio Original para descubrir quién escapó con vida de la Cueva Ishtar y encontrar la llave que rompe la maldición del Gran Hacedor.
También buscábamos a la madre de Aria, que supuestamente estaba secuestrada.
Al final resultó ser ella la Kaelis que escapó de la Cueva sin liberar a su reino.
Aria es la llave que rompe la maldición, el resultado de la unión de un Ignis y una Kaelis —expliqué, y aunque no esperaba una gran reacción por su parte, tampoco creía que su expresión se mantendría igual de fría—.
Bueno, y Killian ha resultado ser el primer semidiós de la historia, hijo del Dios del Fuego, supuestamente nacido para controlarla.
Por eso los han secuestrado, pretenden liberar a los Ignis en la próxima Anual.
—¿Cómo escapaban los Ignis del Atharav a la Tierra?
—Cuando ganaban las Anuales no disfrutaban de su noche de recompensa en la Tierra. Acumularon el Éter de recompensa, y cuando tuvieron suficiente salieron a buscar a Nora y a su hija.
—¿Y por qué no avisaron a los Guardianes?
—El mismo Dios del Fuego nos confesó que contó con la ayuda de algunos de ellos, por eso tenían, en forma de anillos, el mismo material que usáis vosotros en la llave de Éter. ¿Cómo sabremos en quien confiar? ¿Tú confías en alguien?
—No.
La negación se escapó de sus labios sin vacilar.
Entonces me vino a la mente un nombre.
—Uriel. El Dorado que se alió con la madre de Aria. Él nos podría ayudar.
Esta vez su gesto sí cambió. Entrecerró los ojos en mi dirección y sus ojos azules se oscurecieron.
—Vaya, al final salvarte la vida sí que ha servido para algo.