Capítulo 6
Jared
La muerte era el único destino que todos teníamos grabado en la piel. Y si algo tenía claro, era que, cuando me alcanzara, iría directo al cielo. En concreto, a la zona vip
de las mejores personas. Luchar por las causas justas y llevar la sinceridad como bandera tenía que sumar puntos —muchos puntos—.
Solía imaginar el infierno como una realidad paralela llena de las cosas que más detestaba: todo tipo de pájaros, las personas que maltrataban y abandonaban a los animales, las olivas o los finales trágicos estilo Titanic
(¿por qué a la gente le gustaba sufrir de manera innecesaria?).
Todo rodeado de llamas, instrumentos de tortura y criaturas con aspecto diabólico.
Pero me había equivocado. Mi infierno particular se había reducido a la presencia de una chica de lengua afilada y mirada venenosa.
La misma persona que había insultado a mi hermana delante de mis narices y que me había salvado de morir desangrado para después volver a intentar matarme.
Beatrice.
Llevaba la misma ropa con la que escapó del Abismo: el traje de batalla negro cubierto por la capa larga y granate propia de los Novicios.
Mechones de su largo y oscuro cabello se pegaban sudorosos a su rostro, la única señal de que no estaba tan bien como pretendía aparentar.
Aguanté la respiración cuando mis ojos se encontraron de nuevo con los suyos.
Mierda, era como una felina que podría distraerte fácilmente con su belleza haciéndote olvidar, por un segundo, el peligro de sus garras.
Su rostro se contrajo en una mueca de desagrado. «Bienvenida al club».
Me llevé la mano a la cabeza cuando una punzada de dolor agudo me atravesó. Noté algo húmedo y pegajoso. Sangre. Mi cerebro tardó unos segundos en procesar lo que había ocurrido.
«Pero ¿qué…?».
—Me has tirado una piedra a la cabeza —musité alucinado.
Mi voz sonó ronca y noté un ardor intenso y seco en la garganta.
Ella me miró, y en sus ojos azules no había ni rastro de arrepentimiento.
—No tuve opción.
Arqueé una ceja, me incorporé y apoyé la espalda sobre la fría pared de piedra. Me dolía todo
, en especial la herida de la cabeza y la de debajo del estómago.
—No finjas que ha sido una obligación.
—No lo hago. —Se encogió de hombros y elevó la comisura de la boca en el indicio de una sonrisa cargada de malas intenciones—. Es lo más entretenido que me ha pasado desde que te encontré moribundo, comprende que encontrara cierto placer en ello.
—Solo una víbora como tú lo haría —mascullé, y mis palabras consiguieron que su mirada se endureciera.
Dio un paso amenazante hacia mí.
—No te equivoques, solo lo disfruto cuando de imbéciles se trata.
—¿Me dejas inconsciente y encima me insultas? —Una risa amarga se escapó de mi garganta—. Esto tiene que ser una broma de muy mal gusto.
—Venga, te hice un favor. Ni siquiera tú puedes disfrutar al escucharte hablar.
—Es uno de mis pasatiempos favoritos.
Mis palabras la debieron irritar aún más porque perdió un poco del control frío y estudiado con el que se movía.
—¿Igual que hablar como si fueras una puñetera cabra y lanzarme una piedra al culo
***
Reprimí un escalofrío al recordar a la Beatrice en forma de cabra que estaba más que dispuesta a acabar conmigo. Aun así, aquel sueño era menos terrorífico que esto.
—Eso ha sido por la fiebre —me excusé, meditando si debía pedirle perdón.
Como fuera la responsable de que me quedara sin mi puesto vip
en el cielo me iba a enfadar. Mucho.
—Los enfermos siempre dicen la verdad, tu naturaleza básica de animal tenía que salir por algún lado.
A la mierda con el puesto vip
, ni de puta coña le pediría perdón.
—Debería haber apuntado mejor —espeté.
—Y yo debería haberte dado más fuerte. —Su voz se volvió melosa y suave—. Eres mucho más atractivo cuando parece que estás muerto.
La señalé con un dedo.
—Tienes un maldito problema.
—¿Yo? —preguntó, y se acercó aún más a mí. Casi parecía ofendida de verdad—. Te he salvado haciendo un gran
esfuerzo y ni siquiera me has dado las gracias.
—¡Me has dado una hostia con una piedra en la cabeza!
Puso los ojos en blanco.
—No ha sido para tanto.
Inspiré profundamente y conté mentalmente hasta tres para calmar mis nervios y centrarme. No funcionó demasiado, pero me forcé a parar. Carraspeé, luchando contra el orgullo que tiraba de mí para que siguiera discutiendo.
—En fin, ¿por qué estás aquí?
—Después de dejarme llevar por la necesidad básica de dejarte inconsciente, recordé que eras el único que podía decirme qué ha pasado.
—Apartó la vista de mí, como si esa admisión la molestara.
Bien. Tardó unos segundos en volver a hablar, y cuando lo hizo su voz sonó más temblorosa—. ¿Y dónde está Connor?
La realidad me golpeó de lleno. «Zoey».
Dios. ¿Cómo me había podido olvidar de ella?
Al instante mi antipatía hacia Beatrice se intensificó. Era su culpa.
—Se los han llevado al Atharav. El Dios del Fuego…
—¿Qué?
Su coraza se resquebrajó y el horror se abrió paso en sus ojos.
—Bueno, si me dejas continuar podré darte más información.
Se me puso la piel de gallina cuando un estallido de energía vibró por todos mis músculos.
Fue como si una onda de poder nos atravesara; una perturbación en la atmósfera.
Me quedé sin respiración y supe que Beatrice también lo había sentido porque cogió aire de forma entrecortada.
Al instante se movió, salvando la poca distancia que nos separaba al mismo tiempo que, tras un movimiento rápido de su mano, la hoguera se evaporaba.
Ni siquiera dejó un rastro de humo. Si, por alguna razón, de repente, había decidido que matarme era su mejor opción, lo tendría bien fácil.
El sonido de unas pisadas arrastrándose por el terreno arenoso junto con los susurros de un grupo rebotando por las paredes me indicó lo contrario.
No sabía dónde nos encontrábamos, pero en mi estado Beatrice no habría podido arrastrarme demasiado lejos, por lo que el lugar donde habíamos luchado tenía que estar cerca.
Estaba seguro de que el poder que había sentido provenía de allí.
A nuestra izquierda se situaba uno de los túneles que conectaba nuestro escondrijo con el resto de las Cuevas Cushendun. No existía otra salida salvo esa, y si intentábamos huir no podríamos evitar un enfrentamiento para el que no estábamos preparados.
Mentira. Para el que yo
no estaba preparado.
—¿Ignis? —susurré tan bajo como pude.
Ella negó con la cabeza.
—Guardianes.
Quería seguir preguntando, pero no podíamos arriesgarnos a que nos escucharan.
Odiaba admitirlo, pero no me sentía con fuerzas para defenderme y en el fondo sabía que esta vez la muerte me encontraría.
Siempre me había considerado un chico con suerte —excepto por mi destino sobrenatural que me condenaba a una muerte casi segura—, pero ni siquiera yo podría sobrevivir a dos enfrentamientos en menos de…
¿Qué? ¿Un día? Había perdido la noción del tiempo.
La sombra que se alzó a nuestra izquierda me devolvió a la situación de mierda que estábamos a punto de vivir. Qué novedad.
Noté cómo una mancha roja se echaba hacia atrás al ver la hoguera y se giraba para…
Beatrice se separó de la pared y se lanzó hacia la espalda del Guardián, quien, sorprendido por el ataque, no pudo anticiparse al movimiento.
Aunque era más baja que él, se impulsó y lo agarró por detrás.
Utilizó el brazo para aprisionarlo del cuello y su mano le tapó la boca para que no anunciara nuestra presencia.
El Novicio gruñó y forcejeó de tal manera que Beatrice no aguantaría mucho más, así que, sin saber muy bien qué hacer, busqué con la mirada un arma con la que poder ser de utilidad.
Siguiendo su ejemplo, cogí una piedra —la que con toda probabilidad aún tenía restos frescos de mi sangre— y me acerqué al Guardián.
Bajé el brazo y le golpeé en la cabeza. Al segundo, sus músculos se relajaron y cayó sobre Beatrice.
Solté el arma y agarré el peso muerto del chaval antes de que la aplastara.
Entre los dos lo dejamos pegado a la pared, lo más escondido posible del pasillo que conectaba con la sala de la corona del Dios del Agua.
Suspiré, observando el cuerpo del Novicio.
Seguía respirando, aunque de forma muy superficial.
No teníamos por qué matarlo cuando no había visto nuestros rostros, aunque a una parte retorcida de mí le hubiese encantado hacerlo.
Siempre había odiado a los Guardianes y no empezaría a empatizar con ellos ahora.
Habían contribuido de forma directa para que mi vida y la de mi hermana fueran un puñetero infierno.
Aparté la vista del Guardián cuando noté la mirada de Beatrice clavada en mí.
Una sonrisa ladina apareció en sus labios rosados.
—¿Ahora quién es el que tiene un problema? —murmuró, regodeándose.
Me encogí de hombros.
—A ti te funcionó.
—No demasiado bien si sigues aquí —siseó—. Y ahora cállate y ayúdame.
—Que no me mandes a callar.
—Quítale la capa y póntela.
—¿Para qué?
—Te juro que como no me hagas caso de una maldita vez voy a coger esa piedra y esta vez pondré todo mi empeño en que no te vuelvas a despertar nunca.
Abrí la boca y fruncí el ceño. «Esta chica está fatal».
—Con un por favor
habría bastado.
Su mirada salvaje me impulsó a ser inteligente y, por una vez, hacerle caso.
A regañadientes, y sin entender sus motivaciones, me puse la pesada capa roja mientras ella rebuscaba en los bolsillos del traje del Novicio. No tardó demasiado en sacar una llave dorada que brillaba con un intenso resplandor. Era como la llave de Éter de Connor.
—He escuchado voces por allí. —Se escuchó una voz al fondo y acto seguido las pisadas avanzaron hacia nuestra dirección.
Mierda. Nos habíamos olvidado del resto de los Guardianes.
—Te dije que te callaras —masculló, y sentí la indignación subir por la garganta.
—¡Como si fuera el único que ha abierto la boca!