Capítulo 5 #2
—No pierdas el tiempo trazando un plan para escapar —habló la chica llamando mi atención—.
Soy la mano derecha del rey y sobra decir que jamás utilizo mis poderes para derrotar a mis enemigos —se regodeó y, al percibir mi ceño fruncido, sus rasgos se ensombrecieron—.
No necesito malgastar ni una sola gota de mi poder para matar.
—Es su marca personal —añadió el chico de rizos castaños.
—¿Y la tuya?
A simple vista, no parecía poseer ninguna habilidad especial salvo la de mantenerse erguido y mirar hacia la nada en busca de… algo.
—Después de mí, es el mejor guerrero del Atharav —contestó ella. Él no pareció inmutarse—. Pocos sobreviven a un combate contra él.
—Parece un reto.
Mi media sonrisa se ensanchó.
—Más bien una condena —masculló él, y al instante volvió a poner esa expresión inquieta .
—Lástima que tenga tanto valor para el rey que jamás pueda ponerme las manos encima.
Chasqueé la lengua e hice una mueca burlona.
—Estarás cerca, no te preocupes —aseguró ella, y se formó en su rostro una pequeña sonrisa misteriosa.
La próxima pregunta se me quedó atascada en la garganta cuando tocaron a la puerta y un instante después mis dos niñeros se movieron para abrirla con cautela. Un guardia de mediana edad con cara de preocupación asomó la cabeza.
—Se requiere tu presencia, Fayna.
Por la cara que puso la chica, supe que no le hacía gracia que se revelara su nombre, pero se abstuvo de protestar.
—Perfecto, ya he visto suficiente aquí.
—¿Ya la han encontrado? —preguntó el chaval.
Ella lo atravesó con una mirada de advertencia que logró que cerrara la boca al segundo. Yo me erguí sobre la cama, atento a cualquier información que tuviera relación con Aria.
—Estamos cerca de hacerlo, pero se solicita tu actuación inmediata —respondió el guardia clavando la vista en la mano derecha del rey, Fayna, y se marchó sin añadir nada más.
—Quédate hasta que te diga lo contrario —Fayna le ordenó al chico, y antes de irse agregó con un tono que no admitía réplicas—: Y limítate a vigilarlo. En absoluto silencio.
La puerta se cerró con un golpe muy innecesario.
—Por el amor de los Dioses Elementales, qué chica tan agotadora —susurró el chico para sí mismo mientras se pellizcaba el puente de la nariz. Su voz había adoptado un matiz mucho más suave. Lo último que quería era sentir simpatía hacia un Ignis, pero debía reconocer que tenía razón.
—¿Cómo te llamas?
Ahora que se había quedado encargado de mí se le veía más centrado en sus obligaciones. Frunció el ceño y guardó silencio, dándole infinitas vueltas a su respuesta.
—No puedo darte esa información —respondió al fin.
Resoplé con frustración.
—Venga ya, ¿ni siquiera tienes poder sobre tu nombre? ¿Qué puede importar que yo sepa cómo te llamas? Además, estamos juntos en esta lucha. —Fingí estar sorprendido y algo indignado—. Digo yo que deberíamos comportarnos como aliados.
Pareció dudar durante unos segundos, pero acabó por asentir.
—Me llamo Eidan, aunque muchos me conocen como el Triturador de Almas —se presentó, y sus mejillas se tiñeron levemente de rojo.
Su nariz, ligeramente torcida, confería a su aspecto un toque gracioso, muy lejos del asesino despiadado que decía ser.
—¿Estás seguro de que no es el Achuchador
de Almas?
Suspiró profundamente y pareció más inseguro que nunca.
Su actitud me estaba descolocando por completo.
Hasta el momento todos los Ignis que había conocido habían resultado ser monstruos despiadados y crueles, pero él…
Tenía que ser una fachada. Si lo conocían como el Triturador de Almas era por una razón, aunque a simple vista me costara entenderlo.
Su mirada volvió a perderse en el vacío, como si se elevara a otro mundo que solo él conocía. De repente, su expresión se iluminó y esbozó una ancha sonrisa.
—¡Desvela! Mi corazón se desvela cada vez que a tu alma anhela.
Ladeé la cabeza y arqueé una ceja, totalmente sorprendido.
—Eh… ¿Gracias? —musité, pero él no pareció escuchar mis palabras mientras sacaba un papel desgastado de uno de los bolsillos de su traje junto con un pedazo de carboncillo.
Sin perder un segundo apuntó la frase que había recitado en voz alta. Parecía… aliviado.
Contuve un gruñido de frustración y decidí cambiar de táctica.
—No sé por qué os molestáis tanto en mantener el misterio de quién se ha escapado —gruñí acercándome a él.
Al escuchar mis pasos guardó la hoja y se irguió, adoptando de nuevo su papel como guardia.
—Son problemas de la realeza que no te incumben —respondió apretando los dientes.
—¿Y si te digo que ya sé lo que está pasando? —insistí.
Frunció el ceño con confusión.
—Yo… Eh… Eso es imposible.
—Tampoco es que me haya sorprendido —continué mientras tomaba asiento en uno de los sillones junto a la chimenea—. Es demasiado poderosa para estar encerrada e iba a escapar tarde o temprano.
—Te equivocas, no está encerrada. Debe guardar reposo para recuperarse de las crisis que la alteran —protestó.
¿Acaso habían herido de gravedad a Aria?
—¿Y para qué necesitan a la mano derecha del rey? —No pude evitar que mi voz sonara mucho más grave y dura. Me estaba empezando a cansar de perder el tiempo.
—Tiene habilidades especiales que le permiten encontrarla siempre que suceden estas cosas. Suele ser por la fiebre… La desorienta y acaba en los lugares más inhóspitos y perdidos del castillo.
Aquello me desconcertó. No podían estar hablando de Aria, pero… Tenía una ligera sospecha de quién podía ser, así que me arriesgué.
—Cuando el rey me lo confesó…
—Él nunca habla de su reina —me cortó.
—No, no lo hace —le ofrecí una sonrisa lobuna—. Pero tú, sí.
Dio un paso amenazante hacia mí, pero yo no moví ni un músculo.
—Me has engañado —susurró horrorizado.
—No es nada personal, como supongo que tampoco lo es que coartes mi total libertad ahora que estamos trabajando para una misma persona.
—Se lo diré al rey —amenazó, y sus ojeras parecieron acentuarse, incluso había comenzado a sudar.
—¿Omitirás la parte en la que te he engañado para que hablaras? ¿Cómo si no podría haberlo averiguado? Además, estoy aquí para ayudaros, ¿no? ¿Por qué debería ser peligroso que yo posea esa información?
Antes de que pudiera responderme, con la semilla de la duda ya instalada en sus ojos, la puerta se volvió a abrir y entró Fayna.
Tenía el rostro descompuesto.
—¿Todo bien? —preguntó Eidan.
—Eso debería preguntarte yo a ti. —Fayna entrecerró los ojos y nos estudió con suspicacia—. Vamos. Es hora de regresar. Los guardias ya han vuelto a sus puestos.
Eidan me dirigió una mirada rápida antes de salir, una que no supe muy bien cómo interpretar, aunque quería pensar que el chaval sería listo y no abriría la boca. Por su bien y por el mío. Cuando desaparecieron, pensé en la información que me había revelado.
La Diosa de la Tierra estaba prisionera en su propio reino.
Y el Dios del Fuego no quería que yo
lo descubriera.
El pack
de mi secuestro incluía asistir a un baile en mi honor y en el de la chica que no podía sacarme de la cabeza.
«De puta madre». Mis fieles niñeros no se separaban ni un mísero centímetro de mí, me vigilaban con los ojos bien abiertos y las dagas preparadas.
¿Apuñalarlos con uno de los cuchillos del banquete lo considerarían un movimiento extraño por mi parte?
Por desgracia, intuía que sí.
Las damas que me observaban detrás de sus abanicos mientras murmuraban debían pensar que los guardias me estaban protegiendo.
La figura de primer semidiós y príncipe perdido del Atharav no casaba con la de una persona sin libertades y sometida a innumerables amenazas.
Supongo que por eso me hacían ojitos. O tal vez por lo bien que me quedaba la ropa que llevaba: elegantes pantalones marrones acompañados por una camisa blanca, un chaleco y una capa oscura.
Seguía a la espera de que mi entrañable y psicótico padre decidiera que por fin había llegado el momento de explicarme qué se esperaba de mí esta noche.
Aproveché para seguir estudiando el salón en el que me encontraba hacía ya demasiadas horas.
Me importaba una mierda si los guardias sospechaban que buscaba vías de escape y me importaba menos aún que no sirviese de absolutamente nada.
Era un baile sin flores; los vestidos de la alta nobleza era lo único que aportaba un toque de vida al castillo.
Las lámparas de araña que colgaban de los altos techos iluminaban el extenso salón, lleno de columnas y estatuas de figuras que no reconocía.
Un centenar de Ignis formaba una larga fila con el fin de ser presentados a sus reyes —o más bien a su rey, porque la Diosa de la Tierra seguía «indispuesta»—.
No dejaban de entrar familias al vestíbulo, muchas de ellas de clase baja.
El sonido de los violines me ponía nervioso porque la alegre sinfonía distaba mucho de mi humor.
Cada músculo de mi cuerpo se tensó al ver al Dios del Fuego caminando en mi dirección. Era el único que llevaba joyas y un traje de telas brillantes color rojo que dejaban claro quién era el rey. Rezumaba poder y riqueza. Una riqueza que a sus hambrientos súbditos les vendría de maravilla.
«Vaya, qué predecible».
—¿Estás disfrutando de la fiesta, hijo mío?
—Tanto que hoy podría llegar a ser el mejor día de mi vida. —Chasqueé la lengua—. Aunque compite con el día en que me secuestraste. Creo que ese podría ser mi momento favorito de padre e hijo.
El rey ignoró mi ironía y me lanzó una larga mirada.
—Lo mejor está por llegar.
—Qué me dices… —respondí alzando las cejas en un falso gesto de sorpresa—. No creo que pueda soportar la espera.
—Solo venía para recordarte que tienes un hermano que pagará las consecuencias si esta noche no sale tal y como he previsto.
Apreté los dientes y esperé unos segundos, controlando mis ganas de matarlo por mencionar a Eric.
—¿Y se supone que tengo que adivinar cuáles son tus expectativas? —Una sonrisa irónica tiró de mis labios—. Temo no estar a la altura de tus maquiavélicos planes.
—Tan solo tienes que bailar y asegurarte de cumplir con tu único propósito vital.
Deslicé la vista hasta la pista de baile donde una orquesta tocaba para algunos Ignis que parecían pasárselo bien.
—Bueno, eso de propósito vital suena un poco extremista.
Los ojos del Dios del Fuego refulgieron mientras alzaba la cabeza.
—Contrólala.
Supe que estaba hablando de ella, pero no hubo tiempo para preguntas.
Cada vela que alumbraba el salón se apagó.
La oscuridad se expandió y, tras las exclamaciones ahogadas de los invitados, el sonido de unos tacones repiqueteó por el salón.
Un paso.
Otro.
Otro.
Otro.
Y entonces, el centro de la escalera se iluminó.