A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Killian

Nos tenía cogidos por los huevos. Llegué a esa conclusión tras horas dando vueltas por la habitación en la que me mantenían cautivo.

Pero claro, una cosa era pensarlo y otra dejar que el Dios del Fuego nos utilizara como meros peones sin oponer ni un mínimo de resistencia.

Ya había puesto a prueba su paciencia y, en consecuencia, esta vez cinco Ignis patrullaban mi puerta.

Muy sensato por su parte teniendo en cuenta la última vez que tuvieron la brillante idea de subestimarme.

A Connor también lo arrastraron hacia una de las habitaciones contiguas, pero Zoey seguía en los calabozos.

La mirada del Guardián antes de que nos obligaran a marcharnos me contrajo el pecho.

Me vi reflejado en su impotencia.

Había perdido la cuenta de las veces que estuve a punto de derribar la puñetera puerta para salir a buscar a Aria.

Estaba dispuesto a sacudir los cimientos del Atharav si así lograba encontrarla.

El problema es que había conseguido hacerlos temblar, y no había sido buena idea.

Por eso, cada vez que mi poder se acumulaba en mis manos, intentaba calmarme con respiraciones profundas, imaginando las consecuencias que sufrirían todos si me dejaba llevar por la rabia y el miedo.

Si algo le ocurría a Eric o a mi abuela, Aria jamás me lo perdonaría, y yo desde luego que tampoco.

Pero me estaba matando pensar en ella.

La última vez que la había visto estaba en shock

por la muerte de Nora, y sus manos… Apreté los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Sus palmas se habían llenado de quemaduras por el empujón que le había dado al Ignis para acabar con su vida.

Esperaba que sus poderes sobrenaturales aceleraran la regeneración y disminuyeran su dolor.

Cuando la conocí, descubrí lo valiente e insensata que podía llegar a ser, pero en los últimos días que habíamos pasado juntos me había resultado imposible apartar los ojos de ella, incluso cuando estaba cabreado.

Y las cosas que habíamos hecho en la cueva…

Mierda. Había sido lo más excitante que había hecho con una diferencia ridícula.

Pero cada vez que mi mente se distraía con esos momentos —que era con más frecuencia de la que me gustaría admitir— una sombra de duda los empañaba.

No sabía si lo que estaba empezando a surgir entre nosotros era real o producto del hechizo que el Dios del Fuego usó para entrelazar nuestras vidas.

Aun así, no podía olvidar las últimas semanas; fingir que la noche del motel no había sucedido, cuando me abrí a ella y la estreché entre mis brazos, y mucho menos fingir que no conocía el sabor afrutado de su piel y los gemidos que habían escapado de sus labios cuando mis dedos…

Un revuelo repentino me distrajo. Me deslicé de la cama y pegué mi oreja a la puerta para escuchar mejor.

El sonido de las botas contra el suelo se entremezcló con el de las armas golpeando la tela de los uniformes.

Las órdenes que daban los superiores retumbaban por el pasillo y denotaban urgencia.

Algo había ocurrido e intuía que no podía ser bueno cuando se estaba armando la tercera guerra mundial ahí fuera.

Un nudo de anticipación se asentó en mi estómago.

¿Y si Aria había logrado escapar y me estaba buscando?

No tuve tiempo de actuar en consecuencia cuando, sin previo aviso, la puerta se abrió y por poco me pegó en la cara.

Tuve que echarme hacia atrás para esquivarla.

«Reflejos cortesía de ser hijo del Dios del Fuego, muchas gracias».

Me distancié de las dos figuras que se adentraron en la habitación, tan solo alumbradas por la chimenea y las lámparas de aceite que mantenían el ambiente lúgubre del castillo.

Me tensé de inmediato, pero no hicieron otra cosa salvo observarme mientras mi mirada saltaba de uno a otro.

El chico, que debía rondar mi edad, compartía mi altura.

No era demasiado corpulento, pero estaba seguro de que bajo su traje de cuero se escondían músculos fibrosos.

Al igual que la chica, que tenía el pelo azabache recogido en una tensa y larga coleta que endurecía aún más sus facciones.

Y que debía dificultarle el flujo sanguíneo al cerebro, como mínimo.

Los dos transmitían la misma sensación de peligro, pero como no había desobedecido —aún— ninguna norma estúpida del rey, supuse que estaban allí para hacer de niñeros.

«De puta madre».

—¿Quién osa interrumpir el más que merecido descanso del príncipe que ha encontrado al fin su camino a casa? —canturreé, y me dirigí con paso despreocupado hacia la cama.

Si quería escapar, debía mostrar el máximo desinterés posible. Así que de un salto me recosté sobre el colchón de plumas, en el lado más próximo a la puerta y con las manos por debajo de la cabeza. Mis labios se curvaron en una sonrisa torcida.

El Dios del Fuego me necesitaba y poner al límite la paciencia de sus guardias era un juego al que estaba más que dispuesto a jugar.

No había desobedecido ninguna de sus reglas, así que tenía bandera verde para hacerlo.

Además, enfadar a la gente estaba en mi lista imaginaria de pasatiempos favoritos.

Por debajo de mirarle las piernas a Aria sin que se diera cuenta y de hacerla rabiar hasta que perdía los nervios y me gritaba, que era, sin duda, mi segundo favorito.

No era el momento adecuado para recordar cuál era el primero.

La pareja intercambió una mirada que no pude descifrar y se posicionaron a los pies de la enorme cama de matrimonio.

Se cruzaron de brazos con una impasibilidad que me resultó forzada.

Tras unos segundos en los que el silencio inundó la estancia, comprendí que ninguno iba a hablar abiertamente de lo que estaba ocurriendo en el exterior.

«Qué sorpresa». Sin embargo, sus muros inquebrantables no tardaron en resquebrajarse.

El chico parecía algo más nervioso, pero ella, en cambio, parecía estar bañada en una fría furia que me descolocó.

¿Me acababa de ver por primera vez y ya me odiaba?

No solía causar esa impresión en las chicas, pero después de mi primer encuentro con Aria y la actitud de esa mujer que parecía ansiar mi muerte, tal vez debería replantearme ciertas cosas.

—¿Problemas en vuestro paraíso siniestro? —pregunté, haciendo un leve gesto hacia la puerta—. ¿O la fiesta de mañana se ha adelantado y han cancelado mi invitación? Sería una verdadera lástima.

—No estamos aquí para responder a tus preguntas —respondió ella con voz acerada.

Acercó su mano al cinturón donde descansaban varias dagas esperando a ser usadas.

—¿Y entonces para qué habéis alterado mi momento de paz?

—Nos han ordenado vigilarte —respondió el chico, y apretó la boca en cuanto vio la satisfacción que iluminó mi rostro.

—Vaya, tu amigo acaba de responderme a una —comenté con suficiencia.

El chico abrió mucho los ojos al tiempo en que ella lo observaba con desaprobación y después mudaba su expresión a una mucho más letal. Fue una promesa de muerte, estaba seguro de que era ese

tipo de mirada.

—Mantén tu sucia boca cerrada si no quieres que te la cierre yo —espetó, ignorando a su compañero—. Y créeme, no quieres que lo haga.

—Sería más divertido que esta conversación tan insulsa.

Apretó los dientes y pude ver cómo su pecho se hinchaba con una respiración profunda.

—Será mejor que no la cabrees —susurró el chico.

Podría haber gritado y no supondría ninguna diferencia.

—Desde que ha entrado por la puerta esa batalla estaba perdida —susurré, siguiéndole el rollo.

—Continúa con tu descanso de principito y no te muevas de esa cama —ordenó ella con hastío, y se deslizó como una serpiente hacia la puerta.

Su compañero imitó sus movimientos y se colocó a su lado.

En un par de ocasiones sus ojos se desplazaron hacia mí y se apartaron con rapidez, como si temiera que lo pillaran haciendo algo malo.

Me daba la sensación de que buscaba las respuestas que el rey no había dado con sus vagas explicaciones.

Una profecía completamente inventada no podía sostenerse como si nada, salvo que nadie se atreviera a abrir la boca para formular preguntas.

Yo tenía muchas de esas, pero ni de coña soltarían prenda.

Necesitaba saber qué estaba ocurriendo y la habitación, a pesar de su tamaño, parecía estrecharse a cada segundo de incertidumbre, robándome el oxígeno.

Hice el amago de sacar el móvil para comprobar la hora y maldije cuando recordé que allí ni si quiera sabían lo que era la electricidad.

Solo hacía falta echar un vistazo alrededor para comprobarlo.

Tanto las paredes como el suelo estaban hechos de piedra, y justo enfrente de la cama se hallaba la chimenea con dos sillones de terciopelo rojo a un lado.

Encima de esta relucía el escudo del Atharav, que también aparecía en los carruajes y anuncios oficiales del reino.

Dos espadas cruzadas y encima de ellas una flor extraña. A diferentes alturas, sus pétalos arrugados eran de un tono rojizo que perdía intensidad conforme se aproximaba al centro.

Aproveché esa tensa calma para estudiar mejor a los guardias.

El rostro de ella era afilado, y tenía las cejas gruesas y tan oscuras como su pelo, y destacaban en comparación con la fina línea que formaban sus labios.

Su tez era más morena que la del chico y las orejas adornadas con un sinfín de pendientes reforzaban su dura apariencia.

Una punzada de dolor me retorció el pecho al recordar a Jared, sus numerosos piercings

, sus gafas de sol y esa personalidad que no dejaba a nadie indiferente.