A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

Jared

Enfrente de mí había una cabra encendiendo un fuego.

Me aparté hacia atrás, desconcertado y sintiendo cómo la cabeza me daba vueltas.

Esto no podía ser real y, sin embargo, sentía que lo era.

A pesar de la oscuridad, vislumbré su espeso pelaje anaranjado y el aro dorado que colgaba de una de sus orejas.

Un sudor frío me recorrió la espalda. Alcé la mano para restregarme los ojos y conseguir que el animal desapareciera de mi vista, pero todo se mantuvo igual.

Al ver mi expresión de confusión, la cabra puso los ojos en blanco y bramó algo que no llegué a comprender.

¿Acaso tenía cara de hablar el lenguaje de su especie?

¿Cómo esperaba que le respondiera? Tampoco quería parecer descortés, así que lo intenté de todos modos.

Apreté los párpados y visualicé en mi mente el mensaje que quería transmitirle: «Buenas noches, mi nombre es Jared Brooks».

Educación ante todo. Seguido de esto, abrí los ojos y solté un « ¡

beee!» que hizo que la cabra abriera su hocico y se pusiera roja de ira. Madre mía, a saber qué le había dicho. Seguro que había sido un maleducado y la había insultado. Encima de que me estaba ayudando.

—Salvar tu patética existencia ha sido la peor idea que he tenido en mucho tiempo —bramó la cabra.

Joder, ahora que sabía que no conocía su lengua, ella había tenido la amabilidad de utilizar la mía para que pudiéramos comunicarnos.

¿Cómo era posible? Intenté darle las gracias, pero al parecer la lengua se me había pegado al paladar y no podía articular palabra.

Así que probé de nuevo con un balido más largo y seguro.

Estaba convencido de que esta vez funcionaría.

La cabra, como única respuesta, soltó un rugido de desesperación y furia que me acojonó vivo. Mierda. ¿Y si en vez de salvarme ahora me embestía con sus cuernos? Empecé a reírme al imaginarlo, pero la gravedad del asunto acabó consiguiendo que me detuviera en seco.

Si ya me dolía cada extremo de mi cuerpo y casi ni me podía mover, ¿cómo iba a escapar de ese animal hambriento?

Seguro que estaba preparando el fuego para asarme en él.

Dios, ¿cómo había sido tan estúpido de pensar que me ayudaría?

Siempre me pasaba lo mismo, confiaba ciegamente en las personas —en este caso, en las cabras— y después me apuñalaban por la espalda.

Ahogué una exclamación de sorpresa.

Tenía que defenderme como fuera.

Palpé el suelo con las manos temblorosas hasta que localicé algunas piedras sueltas. Cogí la más pesada, aprovechando que la cabra se había dado la vuelta y parecía estar ocupada. El fuego se avivó y supe que primero tendría que derrotarla a ella.

Fruncí el ceño. Un momento, ¿pero las cabras no eran herbívoras? Levanté una mano y, en vez de dedos, de mis brazos sobresalían pobladas ramas de árbol. Solté un alarido y, sin pensarlo dos veces, le lancé la piedra a la cabeza. Por supuesto, fallé y le di en el culo.

La cabra, en vez de hacer « ¡

beee!», gritó.

—¿¡Pero a ti qué coño te pasa!?

¿Encima de que me iba a comer se ponía borde conmigo? Alucinaba con lo injusta que era la situación. La cabra se cansó de mis tonterías y corrió hacia mí. No tuve tiempo ni fuerzas para reaccionar antes de que me diera un golpe en la cabeza y todo se volviera oscuro.

Una vez más.

Sentía cómo innumerables tentáculos oscuros se aferraban a mis piernas y me impedían alcanzar la superficie.

Me arañaban con desesperación y por más que gritara no podía deshacerme de ellos.

En medio de mi agonía, mi mente fue sacudida por fogonazos de recuerdos que alimentaron el caos y, al mismo tiempo me otorgaron algo de claridad.

Mis sentidos se removieron junto con mi cuerpo, que empezó a percibir la frialdad del suelo en el que estaba tendido.

Vislumbré la cara salpicada de sangre del Ignis que enterró su espada en la parte superior de mi pierna, perforando cada centímetro del músculo; el impacto de mi caída seguido del alarido de pánico de Zoey; el silencio que dejaron los seres de fuego al desaparecer con mis amigos hundiéndose en mi pecho; el sonido hueco de unos pasos rodeando el charco rojo que se había formado bajo mi cuerpo y después unas suaves manos arrastrándome; muchas palabras obscenas dirigidas a mí.

Alguien me había encontrado, ¿pero quién?

¿Y por qué no estaba muerto? Intenté hacer memoria, captar cualquier detalle del que tirar para identificar a mi salvador. Pero todo estaba borroso, excepto…

Un dulce olor a vainilla me alcanzó y me guio de vuelta hacia la realidad.

Con un esfuerzo que me dejó casi sin aliento despegué los párpados.

Tardé unos segundos en enfocar la vista y cuando lo hice mi cuerpo se tensó de forma automática.

Esta vez no había una cabra haciendo fuego, pero esa imagen casi parecía más real que el rostro que estaba viendo.

Ahora sí que debía estar delirando por la fiebre.

Si creía que el animal iba a matarme… Ella podría hacerme algo mucho peor.

Las sombras que nos rodeaban parecieron encogerse ante la figura que se alzaba delante de mí.

Una sonrisa depredadora me dio la bienvenida.