A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

El olor a cera quemada de los candelabros que iluminaban el pasillo me alcanzó.

A pesar de ser media tarde, las ventanas eran tan pequeñas que apenas entraba luz, lo cual le confería un aspecto todavía más lúgubre.

¿Sería para evitar que las flechas atravesaran su interior?

¿Pero qué enemigos podían tener los Ignis?

¿Aquello que se hallaba oculto en el Bosque de las Bestias?

No parecía que el rey fuera a hablarme así como así de sus enemigos, así que probé con sus aliados.

—¿Dónde está la Diosa de la Tierra?

Noté cómo los Ignis se erguían, uno incluso tropezó de puro nerviosismo. El rey no mostró sorpresa alguna ante la mención de su reina, lo cual desentonaba de forma sospechosa con la reacción de sus guardias.

—Indispuesta —se limitó a decir.

Alcé una ceja.

—No sabía que los Dioses pudieran enfermar.

—Ese es un tema que no te incumbe —objetó, y su voz se tornó dura—. ¿O es que acaso te apetece conocer a tu nueva mamá

***

Inspiré hondo ante su provocación y lo miré con repugnancia.

—Si es igual que tú, desde luego que no —escupí.

—Nadie se parece a mí.

Una pequeña risa seca se escapó de entre mis dientes.

—Por suerte.

La conversación terminó en cuanto alcanzamos unas escaleras.

Los guardias apostados a sus lados me decían que el acceso estaba restringido.

Por suerte nos acompañaba su querido rey.

Me jugaría el cuello a que aquellos pasadizos no conducirían a una bonita sala de reuniones en la que pasar el rato.

A medida que descendíamos tenía más claro que era otra entrada a las mazmorras, diferente a la que había encontrado yo cuando se me fue la puñetera cabeza.

De nuevo tuve que poner toda mi atención en no tropezarme con los escalones irregulares, lo cual supuse que no se debía al desgaste causado por el paso del tiempo, sino a un diseño estratégico para dificultar la huida de los presos.

Había jugado a demasiados videojuegos. Maldije en silencio ante el recuerdo de aquella noche en la que había logrado escapar y bajar allí, para luego ser capturado. Otra vez

.

—Imagino que estos pasadizos te resultarán familiares —canturreó el rey una vez alcanzamos el nivel inferior.

Mis ganas de acabar con su miserable existencia batían récords cada vez que abría la boca.

Un mal presentimiento se instaló en mi estómago en cuanto avisté las primeras celdas.

Estaban a ambos lados del pasillo y no tenían ni camas, tan solo un cubo para que los prisioneros hicieran sus necesidades.

Había bultos asustados en las esquinas y, en algunas, Ignis rebeldes o Inciertos secuestrados a la espera de conocer su ascendencia para morir por pertenecer a la especie enemiga o, en el caso contrario, empezar a trabajar para quienes los habían torturado.

Me pregunté si fue sobre esos charcos de humedad donde Aria vio a Álex.

Un terror frío y profundo me invadió al imaginarla allí, sola y asustada entre cuerpos moribundos.

Busqué con urgencia una cabeza de pelo castaño claro y unos ojos verdes que habían pasado a resultarme demasiado familiares; una chispa de calidez en medio de los fríos horrores que se vivían entre las sucias paredes cubiertas de musgo.

Pero no había ni rastro de Aria. Y con semejante cantidad de celdas, bien podría tardar horas en encontrarla.

A no ser que el regalo que me estaba esperando fuera ella.

No sabía qué sentir al respecto porque no me fiaba ni un pelo del Dios del Fuego.

Lo quería lo más lejos posible de ella, aunque eso significara que yo tampoco pudiera verla.

Tuve que respirar por la boca y parpadear varias veces para ahuyentar el olor putrefacto que espesaba el ambiente.

De repente, un llanto agudo resonó por encima de las súplicas y lamentos que daban vida a una sinfonía de desesperación.

El rey, que iba en cabeza, se giró hacia mí para señalarme con la mano la celda a la que debía entrar.

Esta era diferente al resto ya que no tenía barrotes, sino paredes de piedra que cubrían el habitáculo y lo aislaban de ojos curiosos.

Dejé de respirar cuando mis ojos descubrieron lo que había en su interior.

Me quedé inmóvil en el umbral de la puerta.

Zoey y Connor me observaron con un gesto marcado por el horror y el alivio, ambos atados a la pared con cadenas de acero oxidado.

Supe que el llanto procedía de ella al ver su rostro cubierto de lágrimas.

Tenía los labios agrietados y los dos estaban cubiertos de sangre seca.

Seguían con los mismos uniformes de combate que Beatrice nos consiguió en el Abismo, solo que ahora estaban hechos jirones y cubiertos de suciedad.

No quería que el rey se diera cuenta de la mentira que había dicho cuando me pillaron buscando a alguien en los calabozos.

—Os he estado buscando.

Mi voz sonó ronca a causa de la rabia que me produjo verlos en esas condiciones.

Al instante me sentí culpable por decir aquello, pero no podía dejar que el Dios del Fuego supiera el interés real que tenía por Aria y que aquella noche me había escapado para, sobre todo, buscarla a ella.

Eso nos convertiría a ambos en una debilidad para el otro, y ya nos habíamos delatado suficiente en las Cuevas Cushendun.

—Te alegrará saber que los sigo manteniendo con vida —dijo el rey adentrándose en la estancia.

Lo seguí con determinación.

—Suéltalos.

—Poco a poco, hijo mío. Antes os revelaré, al fin, qué espero de vosotros. Las consecuencias de cualquier tipo de desobediencia son sencillas: la Incierta muere —adoptó un tono falso de lástima—. Ahora que su hermano está pudriéndose bajo tierra tampoco tiene tanto valor.

—Voy a matarte —aseguró Zoey con la voz desgastada.

Su mirada estaba clavada en el rey, y aunque se la veía rota, supe que encontraría la fuerza necesaria para hacerlo.

—¿Y si resulta ser una Ignis? —mascullé, buscando algún modo de mantenerla a salvo.

—No seas ridículo —respondió el rey, ganándose una risa cómplice de uno de los guardias—. Podemos prescindir de su vida teniendo en cuenta que disponemos de la llave que romperá la maldición.

«No preguntes por ella. No preguntes por ella».

—¿Dónde está? —preguntó Connor, y le agradecí con la mirada que hubiera sido él quien lo hiciera, como si de algún modo comprendiera mis limitaciones y quisiera ayudarme.

—Todo a su debido tiempo —dijo con calma, y clavó la vista en mí—. Recuerda que tú fuiste creado para controlar su poder y manejarla según te ordene yo. —Con un gesto de la cabeza señaló a Connor—. Y tú serás el encargado de enseñarles a usar su magia.

—¿Y por qué no manejas tú a la llave?

Me asqueó referirme a ella como si fuera un mero objeto, pero no quería ni que escuchara su nombre.

—Yo no tengo permitido luchar en las Anuales, pero ten por seguro que, si pudiera, sería yo mismo quien la arrastraría de los pelos si se resistiera. Tampoco puedo fiarme de los guardias porque no conocemos los límites de su poder, al igual que tampoco los tuyos.

—¿Y si no soy capaz de controlarla? ¿Y si mi poder no despierta para entonces?

Sabía que no contaría con esa suerte. El proceso había comenzado en la Tierra, en un momento muy inoportuno. Desde entonces había sufrido otras crisis, cada vez más dolorosas.

—Si algo tengo claro, es que eso no va a ocurrir.

Puedo sentirlo, estás a punto —dijo entornando los ojos—.

Y ahí es donde entra el Guardián, que para el resto de Ignis será un soldado excepcional que llega desde el norte del Atharav a Ígnea para entrenar al príncipe perdido y a la llave.

—Su expresión se volvió dura como el acero—.

Solo vosotros y mis guardias de confianza conoceréis su verdadera naturaleza.

Intercambié con Zoey una mirada confusa.

—¿Y yo qué gano con todo esto? —preguntó Connor.

—Sigue siendo sencillo: tu libertad y la vida de la chica de la que estás enamorado.

El más racional de nuestro grupo escupió a los pies del Dios del Fuego.

—Cuando los Guardianes descubran lo que estás haciendo, se lo comunicarán al Gran Hacedor y os impondrá un castigo aún peor que este infierno.

Las palabras de Connor sonaron tan seguras que no parecían una amenaza, sino un presagio.

Al segundo un Ignis lo cogió del cuello y le dio tal puñetazo que le partió el labio inferior, cubriendo su cara de sangre.

Zoey chilló y yo me abalancé para intentar detener al agresor, pero no llegué demasiado lejos.

Dos pares de brazos me aprisionaron contra la pared con un golpe tan fuerte que me nubló la vista y me inmovilizó por completo.

Connor volvió a escupir al suelo, pero esta vez sangre. No mostró ni un ápice de dolor.

—Nadie se va a enterar —respondió el Dios del Fuego con una impasibilidad que me heló la sangre—.

Llevo planeando esto demasiados años y ninguno de vosotros os interpondréis en mi camino.

No me importa matar a quien sea para conseguirlo.

—Arrastró su mirada hacia Zoey—. Creo que esta última parte ha quedado bastante clara.

Por vuestro patético numerito en la Tierra sé que tenéis un objetivo en común…

Así que en todo momento estaréis vigilados.

Madre mía. A este señor le encantaba escucharse hablar. «Seguro que alguna vez ha pensado en hacer un podcast

».

—No esperaba que la llave de la maldición buscara el mismo Vestigio Original que yo —prosiguió, dirigiéndose a nadie en particular—.

Me ha facilitado mucho el trabajo, lo único que lamento es la muerte de la bella Antheia.

Tengo la sensación de que podría haberme sido de gran utilidad.

Lástima que cualquier información que tuviera en su poder haya muerto con ella.

En eso se equivocaba, más o menos.

El sobre que me había dejado Nora —Antheia— antes de morir contenía las verdades que no había alcanzado a pronunciar.

Una punzada de dolor me atravesó al recordar cómo había descubierto que la información que había guardado con tanto cuidado había desaparecido una vez me encerraron en uno de los aposentos.

Su último aliento de verdad había desaparecido.

Y me negaba a creer que había perdido su carta.

Alguien me la había robado

.

Pero… ¿quién?