A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Killian

La plaza se vació en cuanto el Dios del Fuego dio por finalizado el comunicado.

Los Ignis, impacientes por compartir la noticia, se dispersaron por las calles tan rápido como aparecieron, a excepción de un par de grupos que nos esperaban a las puertas del carruaje para mostrar, una vez más, la gratitud que sentían hacia su rey.

El ambiente de celebración me daba ganas de gritar.

No quería empatizar con su dolor y mucho menos sentirme conmovido por la esperanza con la que brillaban sus ojos.

Me observaban con una mezcla de curiosidad y devoción.

Como si yo, junto con el rey del Atharav, fuera su salvador.

Apreté la mandíbula y seguí a los guardias, que me alejaban de las calles atestadas de Ignis.

El mal presentimiento que me perseguía desde que el Dios del Fuego desveló sus intenciones se agravó.

A pesar de mis esfuerzos por evadirme, por el rabillo del ojo vi cómo el rey se paraba cada vez que uno de sus súbditos se arrodillaba ante él.

Algunos incluso lo hacían con lágrimas y con sus hijos en brazos.

Por más que no quisiera, en el fondo entendía su alivio, y más viendo a esos niños inocentes que, de no ser por Aria, perderían sus vidas luchando por una causa cada vez más imposible.

Traté de ignorar el sentimiento de empatía que me causaban esos monstruos, porque reconocer que existía una posibilidad de que no todos fueran iguales lo volvía todo más complicado.

Y se interponía en mi plan de salir de ahí en cuanto pudiera. Sin mirar atrás.

Los asesinos de mi madre también se asemejaron una vez a esos niños inocentes.

Y fueron manos como aquellas, que jugaban y abrazaban a sus padres, las que, años después, rajaron su cuello y se empaparon de la sangre de la persona a la que más amaba.

Ahora amenazaban la seguridad de Eric, habían matado a Jared y mantenían secuestrados a Zoey, Connor y Aria.

No podía empatizar con ellos. Ni muerto lo haría.

Me di cuenta de que ya había subido al carruaje una vez la puerta se cerró y los caballos relincharon y se pusieron en marcha. El rey se sentaba frente a mí, rodeado, al igual que yo, por dos guardias.

Con la pequeña diferencia de que a mí me apuntaban con sus espadas, siempre atentos a cada uno de mis movimientos. «Qué feo estaba eso de amenazar a su príncipe perdido».

No debía tentar a la suerte, pero aun así esbocé una sonrisa irónica.

Después de todo, seguía teniendo poder si los intimidaba tanto como para que, en presencia del todopoderoso Dios del Fuego, siguieran amenazándome y vigilándome.

El gruñido de los Ignis al percibir mi burla no hizo sino agrandarla aún más.

Al menos hasta que la cara de Eric ocupó mis pensamientos y se me borró de un plumazo todo rastro de sonrisa.

«Killian, joder, no puedes seguir siendo un idiota engreído cuando te tienen cogido por las pelotas».

Apreté la mandíbula y volví a ser el observador que trazaba un mapa mental de este infierno para así poder escapar de él. Fue fácil, solo tuve que mirar por la ventanilla que mostraba el paisaje desolado que nos rodeaba.

El reino maldito —también conocido como Atharav— estaba entre las altas montañas de un infierno que en nada se parecía al descrito por las diferentes religiones que movían la Tierra.

El cielo ofrecía la luz justa para distinguir la noche del día, lo cual era jodidamente agobiante en comparación con un día soleado en Haven Lake.

El Gran Hacedor, sin duda, se lució creando aquel mundo como castigo.

El castillo de piedra oscura estaba en la cumbre de la montaña más alta.

El pueblo se quedó a los pies, en una ladera extensa que subía al castillo por una larga cuesta.

Los Ignis que vivían en el castillo mostraban su superioridad y al mismo tiempo se alejaban de sus enemigos.

El pueblo servía como escudo en caso de ataque.

Era repugnante. El camino que serpenteaba hacia el castillo se perdía entre una niebla cada vez más densa conforme ascendíamos a la enorme estructura de ladrillo que era mi nuevo hogar.

Aunque «hogar» era el último término que utilizaría para nombrar lo que ese lugar significaba para mí.

Un bosque de árboles enormes y secos poblaba las montañas y engullía el reino. Sus profundidades quedaban ocultas por la bruma que atravesábamos.

Entendí entonces la falta de recursos que provocaba la muerte de los Ignis cada día y que motivaba a luchar a los miles de guerreros que todos los años intentaban romper la maldición. El reino se estaba pudriendo.

—Tengo que reconocer que tu buen comportamiento me ha sorprendido.

La voz del Dios del Fuego activó todas mis alertas. Desvié la vista hasta él, que me observaba con un plan brillando en sus ojos grisáceos. Uno que todavía no había tenido el placer de escuchar y que me moría por conocer.

Mi mirada se afiló y mis labios formaron una línea tensa.

—Lo dices como si hubiera tenido otras opciones —contesté con aspereza.

—Siempre las tenemos. Pero comprendo que te niegues a reconocer esa verdad. —Una mueca retorcida curvó su sonrisa—. Sería equivalente a reconocer la cobardía con la que estás actuando.

Sus palabras me alcanzaron como un navajazo. Me removí en el asiento de piel y tuve que morderme el interior de la mejilla hasta saborear mi sangre para mantener a raya la rabia que calentó mi cuerpo.

«No dejes que te provoque, joder».

—¿Insinúas que debería haberme rebelado? —pregunté con frialdad.

Corté de raíz el sentimiento de culpa que me invadió cuando percibí una oleada de satisfacción en su expresión.

Entonces recordé las experiencias de los días anteriores y la amenaza que latía con cada una de mis pulsaciones: «La próxima vez será tu hermanito el que pague las consecuencias».

Estaba manipulándome, haciéndome sentir mal por cumplir sus normas aun sabiendo que me tenía contra las cuerdas. Hijo de puta.

—Hoy has demostrado ser más listo de lo que pensaba, teniendo en cuenta tus recientes acciones —comentó asintiendo levemente—. Me alegro de que entiendas que trabajar a mi lado, aunque no sea tu única opción, sí

es la más beneficiosa. —Hizo una pausa en la que la tensión se hizo palpable—. Tanto para ti como para Eric.

La rabia deformó mi rostro.

—No vuelvas a pronunciar su nombre.

Al instante tenía la espada de uno de los guardias en mi cuello. La sangre no tardó en formar un pequeño río sobre mi piel.

—Hay mucho en lo que trabajar todavía. Empezando por tu comportamiento. —Aseveró su tono—. Mi sangre corre por tus venas, no puedo consentir que muestres sino veneración hacia mí.

Apreté los puños y me incliné aún más hacia él, ignorando el dolor que sentí cuando apreté la garganta contra la espada. Me importaba una mierda.

—Dime qué quieres de mí y déjate de tonterías.

—Tienes que cultivar la paciencia. —Chistó con desaprobación, y su expresión se tiñó de una falsa amabilidad que crispó mis nervios—. Pero tranquilo, queda muy poco para que lo descubras. Cuando lleguemos al castillo tengo un pequeño regalo para ti. Para agradecerte lo bien que te has portado hoy.

Me sostuvo la mirada y se acomodó en su asiento con una tranquilidad meditada. Supe, desde que las palabras salieron de su asquerosa boca, que aquel regalo estaba envenenado. Y aun así pensé en ella, en que al fin podría verla y comprobar si estaba bien.

Temía mi reacción si de alguna jodida forma me enteraba de que le habían puesto una mano encima. Esperaba que el odio que sentía hacia ellos no ganara al amor que sentía hacia Eric.

Y a lo que fuera que sentía por Aria.

Los caballos se detuvieron a la espera de que el castillo se abriera ante nosotros.

Uno de los muchos guardias apostados en la muralla dio aviso del regreso del rey.

Al instante, las rejas de hierro que cubrían la entrada con forma de arco se elevaron.

Atravesamos las sólidas murallas hasta el patio de armas, donde me instaron a bajar.

Todo era nuevo para mí, ya que desde mi llegada —o más bien, mi secuestro— me habían mantenido encerrado en una de las habitaciones del castillo.

El contraste de vivir en una ciudad modernizada y luego quedar atrapado en este mundo medieval era disparatado, por lo que me era imposible fingir desinterés ante lo que me rodeaba.

En la extensión de tierra árida que atravesábamos, instruían a mujeres y hombres Ignis, que entrenaban tanto sus poderes elementales como su manejo de las armas.

Nos cruzamos con un sinfín de sirvientes que agacharon sus cabezas ante el rey.

También lanzaban miradas furtivas en mi dirección, puesto que aún desconocían mi verdadera identidad.

No tardarían en descubrirla después del discursito que había dado el Dios del Fuego.

Mundo sobrenatural o no, los cotilleos siempre volaban.

—Como puedes ver, los Ignis disponemos de una gran cantidad de soldados que entrenan cada día para luchar en las Anuales —explicó el monstruo que me había engendrado, mientras caminaba a mi lado junto con algunos guardias que vigilaban nuestras espaldas—. Dentro de poco, tú estarás entre ellos.

Lo dejó caer como si nada, deseando que preguntara. O que protestara.

Me mordí la lengua. Intuía que eso no era todo, y que el regalo hacia el que nos dirigíamos me daría más respuestas.

Dejamos atrás el patio y al entrar al castillo nos dio la bienvenida un inmenso vestíbulo que terminaba en una enorme escalera que conducía a la planta de arriba, donde debían encontrarse las habitaciones.

Nos dirigimos, sin embargo, hacia la izquierda.

La humedad impregnaba las paredes cubiertas de grietas y se pegaba a mi piel.

Estaba deseando quitarme el puto disfraz que me habían obligado a llevar.

Debería haber valorado más mis fieles y cómodos pantalones grises. Ahora los echaba de menos.