Capítulo 2
Aria
Una profunda arcada me dobló la espalda en dos.
Mi cuerpo necesitaba expulsar el agonizante dolor que atenazaba cada uno de mis músculos.
Aquel que me retorcía las entrañas, pegajoso y tan abrasivo que me cortaba la respiración.
Uno que jamás había sentido antes pero que se expandía y crecía cada vez que mis pulmones luchaban por alcanzar un ápice del oxígeno que me rodeaba.
Si algo tenía claro, era que el dolor no conocía límites.
Al igual que el amor. Quizás por esa razón la vida en sí misma parecía no tener final; porque se regía por ambos principios.
Y menuda retorcida coincidencia que el dolor siempre naciera del amor; de perderlo o anhelarlo.
O de que mataran a tu madre delante de tus ojos y no pudieras hacer nada para evitarlo.
Si no me hubiera girado hacia Killian los escasos segundos que bastaron para acabar con todo, ese escenario seguiría siendo un miedo más.
Otra pesadilla que se alejaría conforme me lavara los dientes y me preparara para ir a la universidad.
Mi única compañía era la mezcla repulsiva del vómito que llevaba días pegado al suelo y mis necesidades acumuladas en una palangana demasiado
cerca de mí. También me acompañaban la humedad y el frío que se colaba por cada grieta de la poza poco profunda en la que me encontraba.
Por no olvidar los gemidos agónicos que provenían de las celdas contiguas ni los golpes que restauraban el denso silencio.
Pero lo peor, sin lugar a dudas, era el insistente pensamiento de querer escapar.
Y no de la prisión en la que llevaba días cautiva.
Quería escapar del recuerdo de los ojos sin vida de mi madre y del sinfín de buenos momentos que acudían a mi mente con el único propósito de torturarme. No quería pertenecer a ningún sitio. Y aquel pensamiento no me asustó tanto como debería haberlo hecho.
Sentía tanto que un día dejé de sentir. Era imposible dar con el instante exacto en el que ocurrió, pero el alivio me invadió y al fin dejé de ahogarme.
Mis emociones se embotaron y el mundo se convirtió en un sonido de fondo, molesto y con los bordes desdibujados.
Me quedé en pausa, construí una barrera sólida que no me permitiera procesar lo que había ocurrido.
Los Ignis, los Inciertos, Álex e incluso Killian…
Todo formaba parte de un mal sueño que se estaba alargando más de la cuenta.
Y cuanto más me absorbiera la idea, menos sufriría y antes me despertaría mi padre.
Siempre me ocurría lo mismo, se me pegaban las sábanas y me atrapaban de tal forma que acababa saliendo por la puerta con el desayuno en mano y a contrarreloj.
Una vez abriera los ojos, mi vida en Haven Lake sería un amargo recuerdo.
Seguiría en Portland, con el corazón roto, decepcionada con mi madre y llena de incertidumbre cada vez que pensara en el rumbo de mi vida.
Problemas triviales que se arreglarían, no como esto.
Suspiré.
Menos mal que solo era una pesadilla.
El eco débil de mi nombre resonó entre las paredes de la prisión. Rebotó en ellas y la familiaridad que reconocí en la voz se diluyó tan pronto como apareció. ¿Qué más daba? Eso tampoco era real.
Solo tenía que esperar a que me despertaran y entonces todo habría acabado.
«No tardes demasiado, papá».