A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Aproveché la conmoción para observar lo que me rodeaba.

El cielo era muy diferente al de la Tierra; no había nubes y el azul había sido reemplazado por un denso gris que lo cubría todo.

Mi vista quedó empañada por la fina capa de niebla que flotaba en el aire y que, a su vez, se mezclaba con el humo de las chimeneas y con el de varios puestos ambulantes situados en los extremos de la plaza.

Las fachadas de las casas estaban en un estado deplorable, sucias y manchadas por el paso de los años.

La mayoría eran bajas, aunque algunas contaban con más de una planta y sus tejados sobresalían por encima del resto.

Se respiraba una mezcla de leña quemada, comida asada y olor a mierda.

Arrugué la nariz cuando el hedor llegó hasta mis fosas nasales, recordándome que ni siquiera disponían de algo tan corriente como un sistema de alcantarillado.

La imagen era sobrecogedora. Sentía que había viajado en el tiempo a una versión retorcida y mágica de la vida medieval.

O al menos de la que nos habían contado en el instituto.

La ropa que llevaban los Ignis variaba entre túnicas que arrastraban por el terreno árido, vestidos y uniformes de cuero para entrenar, lo cual marcaba la principal diferencia.

En este mundo las mujeres eran tan válidas como los hombres para luchar.

Estaba rodeado de los seres que habían contribuido a acabar con la vida de mi madre y casi me eché a reír de pensar en lo que mi presencia significaba para ellos.

—Os pido un último voto de confianza y lealtad —continuó diciendo el rey del Atharav, y me dirigió una mirada de reproche por mi silencio.

Pero ¿qué esperaba? Ni siquiera conocía sus planes, era un títere con las manos atadas por sus amenazas—.

Sé que unirse a los rebeldes que cuestionan mi forma de gobernar ha sido tentador, sobre todo cuando muchos de vuestros familiares no regresaron a casa tras cumplir su única misión.

Pero os puedo asegurar que todo ha terminado.

—Se giró hacia mí y contuve el aliento, expectante—.

El príncipe perdido ha encontrado el camino a casa.

Y yo he encontrado la forma de romper la maldición.

Ahora sí, estalló el caos.

Hicieron falta varios minutos para que el Dios del Fuego pudiera volver a hablar.

—Mañana, cuando caiga el ocaso, se celebrará en el castillo una presentación oficial y no solo podrán asistir nobles, sino que por azar se elegirán a ciudadanos de toda clase social para que vean con sus propios ojos a la llave que nos permitirá regresar a casa.

Mi corazón se detuvo al ser consciente de lo que implicaban sus palabras. Aria

.

Su nombre era lo que más me atormentaba.

Me estaba volviendo loco al no saber dónde la tenían, qué le estaban haciendo y cómo se encontraba.

Había perdido a su madre y ni siquiera había podido darle un mísero abrazo.

Tenía que estar muerta de miedo, y sola.

Me aliviaba saber que su vida no corría peligro porque la necesitaban, al menos hasta que la usaran para romper la maldición.

Pero había cosas peores que la muerte, y perder a una madre de esa forma…

Yo sabía la clase de dolor que se experimentaba y cada jodido segundo que pasaba sin verla era una tortura.

Hacía tambalear el poco control que poseía sobre mis poderes.

Me había impulsado a acabar con la vida de unos cuantos Ignis días atrás y me ayudaba a ignorar las consecuencias que ahora marcaban mi piel como un recordatorio de lo que podía perder si no elegía con más astucia mis movimientos.

Llevaba un año mentalizándome de lo que me esperaba.

Y durante ese tiempo, mi destino me había acechado como una sombra hambrienta a cada paso que daba.

Me recordaba que, incluso siendo libre, estaba atado a una condena que no tardaría en alcanzarme.

Había dejado de huir hacía mucho tiempo, pero la espera era agónica, así que durante un instante sentí alivio al entrar por fin en el Atharav, en la pesadilla en la que se convertiría mi vida.

Ese alivio fue un espejismo y me hizo sentir como un miserable cada vez que sus nombres acudían a mi mente. Aria, Zoey, Jared e incluso Connor. Tenía que encontrar una manera de arreglar las cosas.

En mitad de aquel gentío que clamaba mi nombre y que celebraba la noticia, me vino a la mente un recuerdo.

Tenía la edad de mi hermano cuando nos preguntaron en la escuela qué queríamos ser de mayores.

Todos habían dado una respuesta casi inmediata: médico, policía, cantante, pastelero e incluso hubo alguien que aseguró querer convertirse en el atracador más famoso y buscado del país.

Recuerdo que me fascinó escuchar aquello, desde luego más que al profesor que tuvo que explicarle lo ilegal que era aquella profesión.

Cuando llegó mi turno, no encontré ninguna respuesta.

Estuve preocupado una semana entera por no saber qué quería ser de mayor.

Pensaba, ¿astronauta o capitán del equipo de los Patriots?

No podía decidirme por mucho que le diera vueltas.

Hasta que se lo conté a mi madre y con una sonrisa tierna me dijo: «¿Por qué escoger?

Puedes ser todo lo que quieras». Recuerdo que esa noche dormí mucho más tranquilo, pensando que los días de partido llevaría el casco de la equipación y el resto de los días el casco para subir al espacio e investigar la existencia de extraterrestres en planetas desconocidos.

En la sombra de esos sueños la verdad estaba oculta y arraigada al motivo de mi nacimiento. De niño, mientras pensaba en todo aquello, ya me definía lo que sería de mayor.

El primer semidiós de la historia, creado para ser el cazador y guardián de la chica por la que había empezado a sentir algo que ni siquiera podía comprender y aún menos saber si era real.

Un príncipe perdido que había regresado al infierno al que siempre había pertenecido.