Capítulo 1
Killian
El bullicio de los Ignis que se amontonaban en la plaza central traspasó las paredes de piedra del despacho. El sonido se parecía al de una mosca molesta e imposible de atrapar.
A través de las ventanas del carruaje en el que me trasladaron presencié el revuelo que se había formado tras el repentino comunicado, lo cual aumentó la tensión que sentía sobre los hombros.
Aún desconocía las intenciones del Dios del Fuego.
No sabía por qué me arrastraba ante un pueblo que no conocía mi existencia ni cuál sería mi papel ahora que todo se había ido a la jodidísima mierda.
La frialdad se había vuelto mi mejor aliada y era lo único que mantenía a raya mis ansias de perder el control. Tenía que ser cauto y, sobre todo, inteligente.
Todo lo contrario a mi comportamiento de los últimos días.
Analicé mis alrededores con disimulo para comprobar, una vez más, que no había escapatoria posible en la estancia a la que me habían conducido: una pequeña sala abierta al público a través de un balcón redondo.
Las estanterías repletas de libros que cubrían las paredes aumentaban la sensación de asfixia.
Contrastaba con la tranquilidad que desprendía el Dios del Fuego frente al escritorio de madera tras el que llevaba ya un buen rato sentado.
Imaginé distintas formas de matarlo mientras sumergía una pluma en tinta y firmaba unos pergaminos, ignorando la impaciencia que crecía en el exterior.
De repente, como si sintiera la energía violenta de mi mirada, detuvo sus movimientos y con una lentitud estremecedora alzó la cabeza.
Mi respiración se cortó. Nuestros ojos se encontraron y apreté los dientes cuando una sonrisa calculadora deformó sus rasgos duros.
Mantuve el contacto visual y aquel gesto de desafío le provocó una pequeña risa.
Su rostro se volvió tan condescendiente que despertó de un plumazo el poder que habitaba en mi interior y tuve que esforzarme en ignorar el hormigueo que recorrió mi piel.
Una clara señal de las ganas que tenía de borrarle esa expresión de la cara.
O de intentarlo, al menos.
«¿Cómo pudo mi madre enamorarse de este cabrón?».
Ajeno a mis pensamientos, se levantó y se puso en movimiento.
El volumen de los murmullos aumentó de forma exponencial conforme los Ignis advirtieron que una figura emergía del palco.
El suelo pareció retumbar con cada una de sus pisadas hasta que, finalmente, el Dios del Fuego se mostró ante sus súbditos.
Vestía con ostentosos y pulcros ropajes de monarca y lucía una copia de la que fue su corona.
La original formaba parte de los Vestigios Originales que residían en la Tierra.
La que llevaba estaba exenta de poder, pero la paseaba como si fuera la mayor reliquia mágica de la historia, cuando en realidad lo único que hacía era adornar su cabeza.
«Patético».
No hubo ninguna orden de silencio. Solo tuvo que observarlos desde la altura que le proporcionaba el balcón para que presintieran que el mensaje que estaba a punto de transmitir era muy
importante. Todo rastro de sonido se desvaneció y el silencio pareció vibrar, pesado en el ambiente.
El aire estaba cargado de electricidad y tensión, como si el mismo Atharav tuviera conciencia y sintiera que algo estaba a segundos de estallar.
Ninguno de los cientos de Ignis que se amontonaban movió un pelo.
No sabía si aquel comportamiento nacía del respeto o del miedo que sentían hacia su líder.
Desde mi posición, detrás del monarca y rodeado de soldados, mi vista (aunque más desarrollada que la de los humanos) no lograba abarcar la plaza entera.
Esto suponía un inconveniente teniendo en cuenta mi propósito de trazar un mapa mental del Atharav para, con la ayuda de un puto milagro, poder escapar de allí.
Por si de repente cambiaban de idea y les apetecía hacer un sacrificio con mi sangre para guardársela de recuerdo y bañar a sus primogénitos con ella. No me parecía un pensamiento tan
descabellado teniendo en cuenta la existencia de esos seres y el poder que circulaba por mis venas.
La única ventaja de mi posición era que los Ignis, desterrados casi desde el inicio de los tiempos, tampoco podían verme.
Faltaba muy poco para que dejara de ser así.
Cuando habló, la voz del Dios del Fuego sonó firme, pero más cercana de lo que habría esperado.
—Llevamos siglos atrapados en este reino podrido.
—Hizo una pausa para cerciorarse de que cada uno de sus súbditos le prestaba total atención.
O para añadir más dramatismo a su discurso, quién sabe—.
Las estaciones, el sol y las flores se han convertido en una idea utópica cuando antes era todo cuanto nos rodeaba —dijo, y me sorprendió la pena en su voz—.
Sé lo mucho que habéis sacrificado para poder regresar a casa, y aunque algunos hayan dudado de mi implicación en esta causa, hoy os demostraré que yo, a pesar de no poder asistir a las Anuales, también he luchado por vosotros.
—Su tono se volvió más grave y sentido cuando añadió—: Por mi reino, por el Atharav.
No hubo margen para reacciones cuando una voz entre la muchedumbre se alzó por encima del resto.
—¿En serio confiáis en sus palabras? —gritó un hombre, y después soltó una risa seca y macabra que me puso los pelos de punta—. Con razón seguimos atrapados en este infierno.
Esperé que se desatara el caos, que muchos otros levantaran la voz para expresar su acuerdo, pero nada de aquello ocurrió.
Todo se mantuvo en una quietud que me confundió y me impulsó a dar un paso hacia delante para asomarme.
Alcancé a ver lo suficiente antes de que un idiota a mi espalda me cogiera con fuerza del brazo y de un tirón me devolviera a mi sitio.
El joven que había mostrado su inconformidad estaba siendo arrastrado fuera de la plaza, con seguridad hacia el callejón más cercano para sufrir las consecuencias de abrir la boca.
—La culpa de que nadie rompa la maldición es de vuestra ignorancia y estupidez —ladró antes de ser silenciado.
No hacía falta ser un lince para suponer el motivo.
Algo que había aprendido durante los días que llevaba en el Atharav era que la libertad de expresión no estaba muy bien vista. Mi espalda y otras partes de mi cuerpo bien lo sabían.
Tras unos segundos de absoluta tensión, el Dios del Fuego volvió a alzar la voz.
—Seré piadoso con este Indómito porque soy un rey comprensivo y entiendo que el encierro puede llevarnos a ver las cosas desde una perspectiva…
errónea. —Sacudió la cabeza con un paternalismo que me asqueó y adoptó un tono mucho más duro—.
Pero no toleraré ni una sola falta de respeto más.
Quien quiera ser libre de mis leyes tiene el Bosque de las Bestias a su disposición, el único rincón del Atharav que no está sujeto a mi jurisdicción.
Su advertencia despertó aún más el nerviosismo entre el gentío.
¿Qué podía ser peor que vivir bajo el mandato de ese ser despreciable? Estaba claro que entre aquellos árboles habitaban seres más crueles incluso que mi padre. Mi padre
.
Joder.
Su nombre era el único misterio que no me atormentaba.
Para él yo era una herramienta de usar y tirar.
Casi dudé de aquel pensamiento cuando se giró de repente y, con una sonrisa cargada de afecto, hizo un gesto con la cabeza, instándome a dar un paso hacia él.
Hacia la que se suponía que era mi gente.
—La profecía que descubrí hace dos décadas se ha cumplido —comenzó a decir mientras yo me acercaba a su lado.
Apreté los dientes por el esfuerzo que me costó hacerlo tan dócilmente—.
Todo este tiempo os he asegurado que un nuevo integrante de nuestra especie regresaría a casa con un fin que muy pronto descubriréis. Y así ha sido.
Mantuve mi rostro impasible, aunque no tenía ni puñetera idea de lo que estaba hablando.
¿Y por qué la Diosa de la Tierra no estaba junto a él?
La busqué con la mirada, pero no había ni rastro de ella, ni siquiera se había pronunciado su nombre, lo cual era extraño.
No la había visto desde mi llegada y casi nadie la mencionaba. Tan solo entre susurros mal escondidos.
Avancé con seguridad hacia la multitud que me observaba desde abajo.
Muchos se asomaban desde las ventanas de sus casas, puesto que no había hueco para todos.
Ninguno de ellos llevaba capas largas con llamaradas de fuego prendiendo sus bordes como habían hecho los secuaces del rey en la Tierra. Aquí no tenían nada que demostrar.
El Dios del Fuego puso una mano sobre mi hombro y sus ojos centellearon.
—Me honra y llena de orgullo poder presentaros al primer semidiós de la historia.
La noticia dio paso a un sinfín de exclamaciones ahogadas.
Los rostros de la multitud se llenaron de sorpresa al tiempo que los murmullos se convertían en voces que se pisaban.
Observé a la masa de Ignis y algo en mí se retorció.
Parecían tan humanos… Hombres, mujeres y niños me devolvían el gesto de escrutinio.
No me pasó desapercibida la ausencia de ancianos.
Me pregunté qué verían ellos bajo el ropaje oscuro y elegante que me provocaba un horrible picor por todo el cuerpo. Yo me sentía como un puñetero maniquí.
Las amenazas del Dios del Fuego retenían cada célula de mi cuerpo que ansiaba rebelarse y acabar con aquel teatro.
Miré al frente y mis ojos se deslizaron hacia la multitud de viviendas que se agolpaban formando una circunferencia de calles estrechas en torno a la plaza.
Deseé poder ver, de algún modo, la totalidad del reino y los límites del temido bosque.
Durante el camino desde el castillo solo había podido echar un breve vistazo antes de que los ojos de los soldados se cernieran sobre mí, atentos a cualquier movimiento sospechoso.
No quería desvelar mi plan de mierda antes de tiempo, así que fingí desinterés.