A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Prólogo #2
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Prólogo #2

Quería saber más de los Ignis, de su vida en el Atharav, de su entrenamiento, los alimentos que crecían en su tierra y cómo eran los días en un destierro en el que el agua escaseaba y no existía el viento.

También quería descubrir cómo era la pareja de dioses que causaba terror entre las calles del Helheim.

Nuestro encuentro también despertó tu curiosidad en torno a mí.

Quizás por eso, en la siguiente Anual terminamos de nuevo en aquella cueva escondida.

No pretendimos que fue casualidad lo que movió nuestros pies hacia el otro.

Dimos rienda suelta a la curiosidad y fue entonces cuando comenzó todo.

Hablamos tanto como pudimos y años después nos besábamos tanto como podíamos.

Había Anuales en las que nos veíamos durante apenas minutos y otras en las que pasábamos horas juntos, hablando de cómo había ido nuestro año y qué cosas habíamos aprendido de nosotros mismos que el otro no supiera.

A través de ti me descubrí; me empecé a interesar por libros que no fueran tratados de guerra, pensé a qué me gustaría dedicar mis días si no tuviera que entrenar cada segundo que no pasaba, comiendo o recuperando fuerzas.

Contigo mi vida no estaba en pausa hasta que rompiéramos la maldición.

Contigo la vida podía ser bonita incluso encerrada en el Helheim, esperando a que pudiéramos volver a reencontrarnos.

Te conocí durante diez años o diez días, según se quiera ver.

Las cartas que escribíamos durante el tiempo que pasábamos separados y que después nos entregábamos me servían para sobrevivir.

Cuando el día llegaba a su fin leía una y de alguna forma era como si escuchara tu dulce voz y tus brazos me sostuvieran hasta que el sueño me alcanzaba.

Como si hubiese experimentado una jornada rutinaria en el Atharav, contigo y con tu gente, aquella de la que tanto me hablabas con una sonrisa de cariño dibujada en tus labios.

Mientras tanto, las preguntas que se acumulaban en mi cabeza adquirían un mayor sentido.

¿Era la maldición la que nos encerraba? ¿O eran los Dioses con sus estrictas normas los que conseguían que cada día se convirtiera en un infierno?

¿Se podría llegar a ser feliz en el Helheim si fuéramos libres para ser lo que quisiéramos y no meros guerreros destinados a morir?

Empecé a alegrarme cuando ninguna de nuestras especies rompía la maldición, porque eso significaba que al año siguiente volvería a reunirme contigo.

¿Acaso mi egoísmo me convertía en un monstruo?

Así que, movida por ese sentimiento de vergüenza, te conté mi nuevo propósito, uno tan descabellado que te resultó complicado creer que hablaba en serio.

¿Y si nadie lograba salir de la Cueva Ishtar porque los Kaelis y los Ignis debían entrar juntos?

¿Y si todo había sido un juego del Gran Hacedor para que aprendiéramos a dejar el odio a un lado y trabajáramos codo con codo?

Me convertí en la soñadora que jamás me habían permitido ser.

Y me esforcé durante dos años, al igual que tú, en dar con el modo de romper la maldición para liberar a ambas especies.

Para que, de alguna forma, se nos concediera el perdón y el Gran Hacedor comprendiera que la armonía entre los Ignis y los Kaelis podía alcanzarse de nuevo, tal y como nos había sucedido a ti y a mí.

Sabes bien en cuántas bibliotecas prohibidas me colé mientras mi familia pensaba que estaba en mis aposentos, en cuántos entrenamientos quedé malherida porque me había pasado toda la noche leyendo manuscritos.

La mayoría habían sido escritos por los antepasados que convivieron con los humanos para después ser desterrados a dos infiernos diseñados para el sufrimiento y la esclavitud.

Lo que descubrí me dejó semanas sin dormir.

Sin apenas comer.

Y sin poder siquiera mirar a los ojos de cada uno de los Kaelis con los que me cruzaba.

La sospecha que crecía en mi interior me horrorizó de tal manera que tuve que idear un plan para que pudiéramos escapar en caso de ser cierta, pero no tendría tiempo para contártelo.

El año anterior habíamos planeado cómo entrar juntos en la Cueva Ishtar, seguros de que así la maldición se rompería.

Nuestro mayor temor era que al regresar a la Tierra, un lugar tan inmenso, no encontráramos con la forma de dar con el otro.

Para asegurarme de que aquello no ocurriera, usé uno de mis descubrimientos: los Vestigios Originales, las coronas de los Dioses que guardan en la Tierra los últimos resquicios de su poder.

La última Anual que pasamos juntos fue el día más feliz y triste de mi vida.

Tenía que darte las cartas y decirte que, por algún milagro, estaba esperando una hija tuya.

Nos dimos la mano y nos acercamos juntos a la Cueva Ishtar.

Todos los guerreros, tanto Ignis como Kaelis, enmudecieron.

Lo que no esperaba era que te quedaras atrás para impedir el paso a tus compañeros Ignis y que yo lograra entrar.

No tuve que buscar una llave porque la tenía dentro de mí: era nuestra hija.

La salvación de mi especie y la condena de la tuya era una criatura por cuya sangre corría la magia de los cuatro elementos.

¿Qué se supone que debía hacer?

Al adentrarme en la Cueva Ishtar, mis peores sospechas se cumplieron y tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida.

Hui a la Tierra con una identidad diferente y me escondí entre los humanos haciéndome pasar por una Guardiana. Mi única esperanza era que, a través de las cartas, encontraras la forma de regresar a mi lado.

Cada noche te esperé bajo las estrellas. Y cada noche mi corazón se rompía un poco más, aunque en el fondo siempre supe que jamás regresarías. Que nunca la conocerías.

Era injusto que nuestra historia hubiera dado paso a la revelación tan horrible con la que cargaba. Una por la que había dejado creer a mi familia que estaba muerta, que no había logrado romper la maldición cuando la realidad era que podría haberlo hecho, pero no quise.

Una revelación que me obligó a engañar a nuestra hija para protegerla.

Cada vez que miro a Aria quiero creer que te estoy viendo, que entre las motas verdes de sus ojos se encuentran los pocos pedacitos que me quedan de ti.

Puede que deje este mundo llena de temor, pero deslumbrada por la fuerza con la que brilla Aria: la estrella que creamos y dejamos a nuestro paso.

Una que podría alumbrar la oscuridad de la maldición si logra usar la verdad con la valentía que siempre me ha faltado a mí y que siempre te ha sobrado a ti.

Quizás me equivoque al esperarte bajo las estrellas.

Quizás te tendría que haber buscado encima de ellas.

Siempre tuya,

Antheia