A un secreto de condenarnos (Incierto 2) Prólogo
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A un secreto de condenarnos (Incierto 2)

A un secreto de condenarnos (Incierto 2)

Por Lidia Castillo

© inepub.com

Prólogo

Antheia

Para Egan.

Llevo años negándome a escribirte por última vez, aferrándome a unos puntos suspensivos que nunca darán paso a una nueva frase.

Me parte el corazón rendirme, aunque en el fondo siempre he sabido que no regresarías a mi lado.

Lo último que deseo es escribir una despedida cuando nuestras cartas tendían puentes entre nosotros y no abrían abismos.

Pero me temo que el secreto que tantos años me ha quitado el sueño está a punto de atraparme.

Por eso escribo esto. Puede que sea mi única oportunidad de decirte adiós recordándote. Siempre haciéndolo.

En el Helheim, el llanto desgarrador de los recién nacidos era un presagio de todas las veces que su tierra les partiría el corazón.

Los nacimientos siempre eran símbolo de esperanza, sin embargo, el sentimiento estaba emponzoñado por la cruda realidad: el destino de esos bebés estaba marcado por la sangre.

Durante esa noche fingíamos que la alegría era genuina, cuando en realidad era un soplo de aire fresco que usábamos para distraernos de la inminente decepción que nos golpeaba año tras año.

Disfrutaba de las noches de celebración, de las cenas que parecían manjares por tener un poco de carne en los platos y de cómo el bajo de los vestidos volaba de tanto bailar.

Pero la fiesta no era tan inocente como podía parecer a ojos ajenos.

Se celebraban las nuevas oportunidades que traían consigo los recién nacidos Kaelis; guerreros frescos que entrenar, más valientes que los antepasados que no lograron atravesar la entrada de la Cueva Ishtar y más fuertes que aquellos que sí lo hicieron, pero que jamás regresaron con la llave que nos liberaría de la maldición.

Es curioso cómo la razón de mi existencia se redujo a conseguir esa llave, y una vez la sostuve entre mis manos, no la usé para liberar a mi pueblo.

Desde que tuve uso de razón el mundo me destripó el transcurso de mi futuro.

No me permitieron imaginar escenarios que nada tuvieran que ver con las Anuales y mucho menos soñar con ser diferente a lo que se esperaba de mí.

Para los Dioses, la creatividad tenía como único propósito encontrar la forma más original de destripar a tu oponente.

Por las noches, antes de dormir, mis padres me arropaban mientras me contaban un cuento que, según ellos, acababa con un «vivieron felices y comieron perdices».

Me narraban la trepidante historia de una pequeña guerrera que destacaba sobre el resto y conseguía entrar a la Cueva Ishtar destruyendo con su poderosa espada a todo Ignis que se interpusiera en su camino.

Naciste para ser mi enemigo.

A los siete años me enseñaron a odiar tu existencia, y a los diez aprendí las diferentes formas de desgarrarte con el filo de una espada.

Mi favorita era partirte el corazón sin imaginar que acabaría haciéndolo de un modo mucho más doloroso.

A los trece seguía entrenando para que mi cuerpo fuera tan veloz que no pudieras salir huyendo, sin saber que al final la que me escondería sería yo.

A los quince me despedí de mis padres con la convicción de que sobreviviría a la Guerra Anual y acabaría con la vida de muchos de los tuyos para así aumentar la gloria de mi reino, aunque no consiguiera liberarnos.

Lo que ocurrió nunca estuvo en mis planes.

A las horas de pisar el Abismo cometí la mayor deshonra posible contra mi pueblo.

Pero también empecé a vivir por el simple placer de hacerlo, no para romper la maldición que nos unía y al mismo tiempo nos alejaba con cada Anual.

Me educaron para que odiarte me resultara tan natural como respirar, pero en ningún momento tuve que aprender a quererte.

Esa fue la lección más bonita que me enseñaste.

Fue fácil hacerlo, tanto que incluso me avergonzaba la profundidad de mis sentimientos.

Conocía las diferentes técnicas de combate cuerpo a cuerpo y de espada en mano, pero no sabía lo que era querer a alguien hasta que te encontré.

O más bien me encontraste. Nunca nos habían hablado del amor, y menos aún de cómo sería enamorarte de tu enemigo.

Al que se supone que debías eliminar.

Era mi primera Anual. El tiempo vibraba de forma diferente en el Abismo, similar al miedo de enfrentarme a una realidad que hasta ese momento se difuminaba en la lejanía y que ahora me estallaba en plena cara.

Nítida. Con los bordes afilados. Los guerreros se desplegaron sobre el terreno y los más fuertes, o más bien los privilegiados que llevaban armaduras, se escudaron detrás de los primeros soldados.

Los principiantes debíamos mostrar nuestra valía en primera fila.

Si no sobrevivíamos a nuestro primer enfrentamiento, no merecíamos seguir respirando y gastando los pocos recursos que abastecían el Helheim.

Las reglas estaban claras.

Hasta que un grito de batalla dio rienda suelta a la violencia de los Ignis que se abalanzaron sobre mí y casi consiguieron rajarme el cuello.

Comprendí aterrorizada que no estaba preparada para quitar una vida y mucho menos para perder la mía.

El muslo me escocía y un chorro de sangre caliente se escurría entre mi piel y la escasa tela protectora que cubría mi cuerpo.

En medio del caos, me escabullí y salí a duras penas del centro del enfrentamiento.

Me ahogaba en mi propio miedo.

La Cueva Isthar se alzaba majestuosa en lo alto de la montaña y quizás fue el mareo producido por el pánico que crecía en la boca de mi estómago, pero juro que la oí susurrar mi nombre.

Fue la única testigo de la trayectoria que mis piernas emprendieron en dirección contraria a la batalla.

La decisión más valiente que tomé fue ser una cobarde.

Rompí con todas las expectativas que habían caído sobre mis hombros desde que de pequeña comprendí el castigo que nos había impuesto el Gran Hacedor.

Por una vez, agradecí sentir miedo, ya que sin él mi cuerpo sería uno más de los Kaelis que yacían inertes, pisados y mutilados en el transcurso de la batalla para después ser arrastrados hasta un foso que ardería hasta convertirlos en cenizas.

Ni siquiera a través de estas atisbaría el cielo del que tanto nos habían hablado, y mucho menos las estrellas que anhelaba ver.

La primera imagen que mi cerebro registró de ti estuvo empañada por las lágrimas que me caían a borbotones de los ojos.

Abrazaba mis rodillas esperando que todo pasara cuanto antes y temiendo el momento en que mi familia se enterara de lo que había hecho.

De lo indigna que había resultado ser. Todo lo contrario a la heroína que ansiaba ser desde pequeña.

Las llamas de tu capa ardieron. Me asusté tanto que me arrastré hacia atrás en un intento inútil de alejarme, pero tú te aproximaste con decisión y apretaste con más fuerza la daga que sostenías.

Mi posición era tan vulnerable y estaba tan angustiada que con un movimiento podrías haberme matado.

Debías hacerlo, porque también a ti te habían inculcado que ser un monstruo era lo correcto.

Nos miramos durante un momento infinito, con una tensión que se podría cortar con un cuchillo.

Entonces bajaste la mirada y negaste con la cabeza.

La daga impactó contra el suelo con un golpe sordo que me sobresaltó.

Te miré conmocionada y me sorprendió la tristeza que advertí en tu rostro.

Dijiste: «Yo tampoco quiero hacerlo», y ante mi cara de estupefacción, te sentaste frente a mí.

Nos observamos durante un tiempo que se consideraría escandaloso, pero fue imposible no hacerlo.

Tus rasgos me cautivaron, y saber que estaba en presencia del villano de los cuentos de mi infancia me fascinó de un modo inapropiado.

Permanecimos en el interior de aquella cueva hasta que todo pasó y tuvimos que regresar, fingiendo que habíamos luchado y finalmente sobrevivido a una persecución.

Lo que compartimos allí no fue el silencio.

Fueron los gritos que provenían del exterior, unos de agresividad y adrenalina, los gemidos de dolor y los aullidos de desesperación de aquellas vidas que tardaban más de la cuenta en apagarse.

Compartimos la decepción de, un año más, haber perdido la oportunidad de liberar a nuestro pueblo para regresar con los humanos y empezar a vivir de una vez por todas.

En nuestro primer encuentro no hubo palabras de agradecimiento ni de despedida, tan solo una mirada significativa que me dejó con una extraña sensación de hormigueo en la piel.

Mentí al regresar a casa y relatar a mi familia, llena de orgullo, cómo había luchado y matado a numerosos Ignis.

También me mentí a mí misma al negar que quería que llegara la siguiente Anual para volver a encontrarme con los ojos verdes que me habían mostrado compasión y bondad.

Me costaba procesar que la primera vez que me había sentido comprendida hubiese sido con un Ignis.

Y ante un hecho tan inaudito se despertó en mí algo peligroso: la curiosidad.

Aquella que nunca me habían dejado explorar.