Capítulo 19 Triple en el Último Segundo #2
Rompiendo el último espacio que los separaba, David la acercó en un acto cargado de una intimidad sobrecogedora, como si temiera que ella pudiera disolverse en el aire.
Sus dedos se enredaron en la seda roja de su cintura, anclándola a su pecho.
El beso comenzó como una súplica silenciosa y se transformó en una marea de pasión contenida, dulce y devastadora a la vez.
Bajo la presión de su boca, el pasado se reconcilió con el presente.
Sienna se desarmó por completo, regresando de golpe a sus diecisiete años, a la chica que una vez aguardó la noche entera con el corazón en un hilo, descubriendo que el David que ella conoció seguía siendo suyo.
La cena fue servida poco después con una elegancia impecable.
El gran salón se impregnó del aroma de un solomillo de ternera en reducción de vino de Oporto, acompañado de espárragos glaseados y un puré de patatas trufado que parecía derretirse en el paladar.
Entre copas de un Cabernet Sauvignon perfectamente envejecido, ambos dialogaron con una fluidez que les había sido esquiva durante años.
Se despojaron de las armaduras corporativas y se dedicaron a ponerse al día, uniendo los puentes de las vidas que habían construido a la distancia.
David miró el vaivén del vino en su copa antes de revelar una parte de su vida.
— Me habían aceptado en Harvard, pero también había solicitado plaza en Stanford.
Con todo lo que pasó, agravado por la influencia de mi madre, decidimos irnos.
Años después, cuando Oklahoma City me seleccionó en la primera ronda del draft, las cosas cambiaron drásticamente.
Mi madre optó por no seguir mudándose y se quedó definitivamente en Los Ángeles, comentó, con una sonrisa nostálgica—.
Prefirió volver a sus raíces, cerca de su pueblo natal y de las amistades que la sostuvieron cuando no teníamos nada.
Sienna lo observó con fijeza, conmovida por la calidez de su voz.
— ¿La extrañas? —preguntó con suavidad.
—Cada maldito segundo —respondió él, clavando sus ojos en los de ella—. Pero nos mantenemos en contacto todos los días. Ella sabe todo lo que pasa conmigo. Sabía que vendría a buscarte.
David dejó la copa sobre el mantel, y su semblante se tornó profundamente serio. La luz de las velas talló las líneas de su rostro mientras extendía la mano para buscar la de ella.
—Sienna… necesito pedirte perdón —su voz bajó una octava, cargada de un remordimiento genuino—.
Lamento con el alma no haber estado a tu lado cuando falleció Donald.
Tu padre fue el único hombre en Andover que me miró sin juzgar el color de mi piel ni la pobreza de mis bolsillos. En verdad lo apreciaba muchísimo.
Sienna sintió que un nudo dulce se le instalaba en la garganta. Apretó los dedos de David con firmeza.
—Él también te apreciaba a ti, David. Siempre supo que llegarías lejos.
El clímax dulce de la noche llegó con el postre. Al probar la primera cucharada de un exquisito pastel de chocolate amargo con avellanas tostadas y un toque de sal marina, Sienna entornó los ojos, emitiendo un gemido de pura satisfacción.
—Dios mío, David… este pastel está simplemente sabroso. Es una delicia.
—Lo han traído directamente de Lumière Café —reveló él, con una chispa de triunfo en la mirada—. Sé perfectamente lo mucho que te gustaba.
Sienna se quedó sin aliento.
—Vaya… de verdad has pensado en absolutamente todo, Blake —susurró, desarmada por el nivel de detalle.
Movida por un impulso irrefrenable, Sienna se estiró sobre la mesa.
Le agarró las manos en un profundo gesto de agradecimiento y lo arrastró hacia ella para fundirse en un beso devorador, sellado con la promesa tácita de un futuro compartido.
La noche no pudo haber sido mejor para los dos.
Habían exorcizado a los demonios del pasado en el mismo lugar donde nacieron.
— ¿Estás preparada para lo que falta? —susurró David contra sus labios, con una sonrisa cómplice.
— ¿Aún hay más? —respondió Sienna, con el corazón acelerado.
—Te tengo una última sorpresa.
Caminaron hacia el auto. David condujo apenas tres minutos por las carreteras secundarias de Andover, hasta detenerse justo en el linde del bosque, donde la arboleda se abría paso hacia las aguas tranquilas del lago donde se habían conocido años atrás.
Al bajar del auto, Sienna se llevó una mano a la boca, completamente sorprendida por el espectáculo que se alzaba ante sus ojos.
David había transformado la orilla del lago en un santuario secreto.
Un camino sinuoso, perfectamente iluminado por decenas de faroles de luz cálida y velas protegidas por delicados cilindros de cristal, se extendía sobre la hierba húmeda hasta llegar a una majestuosa carpa estilo glamping.
El interior desprendía un fulgor dorado; alfombras de lana, mantas de piel sintética y una enorme cama repleta de cojines blancos configuraban un refugio de ensueño frente al agua que titilaba bajo la luna.
David la guio de la mano con extrema caballerosidad hasta el interior de la carpa.
El eco del agua golpeando suavemente la orilla envolvía el lugar en una atmósfera de misticismo y entrega pura.
Él se giró hacia ella, tomándola suavemente por los hombros, y la miró con una mezcla de adoración y una devoción contenida que la desarmó por completo.
Entonces, en un movimiento que tomó a Sienna por sorpresa, David se arrodilló lentamente sobre la alfombra.
—Te prometí que iba a tener paciencia, Sienna… que iríamos despacio —murmuró, y su voz bajó a un registro íntimo, cargado de un deseo salvaje pero infinitamente protector—. Pero la verdad es que no quiero estar alejado de ti, ni un solo segundo más.
De su bolsillo, extrajo una pequeña caja de terciopelo. Al abrirla, la luz de las velas arrancó destellos a un hermoso anillo de oro amarillo, coronado por un zafiro profundo en el centro y rodeado de pequeños diamantes que parecían estrellas.
—Creo que no podemos empezar un nuevo capítulo si no hago las cosas como debí hacerlas desde el principio —suplicó, mirándola desde abajo y desnudando su alma—. ¿Quieres ser mi esposa, Sienna? ¿Aceptarías este corazón que, a pesar de la distancia y los errores, solo sabe latir por ti?
Sienna no pudo contener las lágrimas de alegría que comenzaron a rodar libremente por sus mejillas. El pecho le dolió de tanta felicidad acumulada. Con un sollozo ahogado, lo tomó de las manos para obligarlo a levantarse.
—Por supuesto que sí, amor. ¡Un millón de veces sí! —Exclamó, arrojándose a sus brazos—. Te amo con toda mi alma, y no tengo ninguna duda de que quiero pasar el resto de mi vida a tu lado.
Se unieron en un beso ardiente, hambriento y definitivo, dejándose arrastrar por la corriente de la pasión. Sin embargo, David interrumpió el contacto por un segundo, conteniendo el aliento mientras la miraba con una honestidad desgarradora.
—El deseo de tenerte de nuevo en mis brazos, de hacerte sentir segura y de hacerte el amor con toda la delicadeza que te mereces me está consumiendo por dentro. Pero no quiero presionarte. Si aún no estás lista, si prefieres que esperemos, juro que puedo hacerlo. Aguardaré el tiempo que me pidas.
Sienna no lo dejó terminar. Lo calló de golpe, enredando una mano en su nuca para estampar sus labios contra los de él en un nuevo beso abrasador.
David emitió un gemido sordo desde el fondo de su garganta.
La apretó contra su pecho con una firmeza magnética, enterrando el rostro en la curva de su cuello mientras sus manos grandes de atleta descendían por su espalda, memorizando cada línea de su cuerpo.
Con una lentitud reverencial, casi religiosa, sus dedos rozaron el cierre de su vestido rojo.
La tela resbaló como agua, cayendo en un charco de seda a sus pies y dejando al descubierto la perfección de su silueta bajo la luz temblorosa de las velas.
David se detuvo un instante. La adoró con la mirada antes de atreverse a tocarla, memorizando cada línea de su cuerpo, como si contemplara una obra de arte.
Sienna, contagiada por el mismo fuego, estiró las manos y le retiró la chaqueta y la camisa.
Al ver el torso descubierto de David, con los músculos perfectamente esculpidos por las implacables rutinas de la NBA y la piel dorada por el sol, sus ojos azules se llenaron de lujuria.
— ¿Te gusta lo que ves? —preguntó David, con una sonrisa canalla y la respiración rota.
—Me encanta... —susurró ella contra su oído, erizándole la piel—. ¿Y a ti?
—Me has dejado sin palabras —confesó él, con los ojos oscurecidos por el deseo.
Cuando las manos cálidas de David recorrieron la línea de sus caderas, Sienna tembló, cerrando los ojos y aferrándose con fuerza a sus hombros anchos.
Se trasladaron hacia la inmensidad de la cama en un vaivén de caricias pausadas, besos húmedos que sabían a chocolate amargo y avellanas, y promesas de fidelidad eterna susurradas en la penumbra.
David la reclamó con una ternura infinita, cuidando cada roce, transformando el deseo primitivo en una danza de absoluta comunión.
En cada embestida, en cada quejido contenido, sus almas se reconocían y se pertenecían.
Era la jugada perfecta; el campeonato que el destino les había reservado.
Finalmente, la tensión estalló. Sus cuerpos convulsionaron al unísono en un clímax abrumador, ya no había mentiras ni secretos entre ellos; solo el peso de un amor que había sobrevivido a todo.