A un Paso de Odiarte Capítulo 19 Triple en el Último Segundo
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Capítulo 19 Triple en el Último Segundo

El día de la cita llegó. A las siete en punto de la noche, el imponente Range Rover negro se detuvo sin hacer ruido frente al edificio de Back Bay donde Sienna compartía piso con Evelyn. Ella ya lo esperaba junto al porche, resguardándose del frío otoño de Boston.

David descendió del asiento del conductor y el tiempo pareció ralentizarse.

Lucía sencillamente impecable. Llevaba un traje azul oscuro hecho a la medida que remarcaba sus hombros anchos, combinado con una camisa blanca impoluta.

Su corte de cabello estaba perfectamente cuidado, dejando ver esos pequeños rizos rebeldes que a Sienna siempre le habían parecido sumamente sexis.

Al verla aproximarse, David se quedó completamente petrificado a mitad de la acera.

El aire abandonó sus pulmones. Sienna llevaba un vestido largo de satén rojo carmín que se ceñía a su silueta como una segunda piel, revelando un sexy y pronunciado escote en la espalda.

Su cabello castaño estaba recogido en un delicado chignon , dejando caer algunos mechones sueltos que enmarcaban la delicadeza de su cuello.

—Vaya… —articuló David, con la voz notablemente ronca—. ¿Piensas matarme antes de que empiece la noche, Bloom?

Sienna esbozó una pequeña sonrisa llena de picardía, disfrutando del efecto que causaba en él.

—Tú tampoco te quedas atrás, Blake. Estás sumamente atractivo.

Se regalaron un beso corto, un roce cargado de anticipación, antes de que David, comportándose como todo un caballero de la vieja escuela, le abriera la puerta del copiloto. Una vez que el vehículo se incorporó al tráfico de la ciudad, Sienna no pudo contener su curiosidad por más tiempo.

— ¿Vas a decirme finalmente a dónde vamos?

—No —la respuesta de David llegó tranquila, acompañada de una sonrisa enigmática—. De hecho, necesito que te coloques esto.

Sienna giró la cabeza y descubrió un pañuelo de seda negra en las manos del deportista.

—No entiendo tanto misterio, David.

—Sé paciente, preciosa —le pidió él, tomando su mano. Te prometí que te iba a sorprender.

—Eso espero, Blake —replicó ella en un tono jocoso, dejándose vendar los ojos.

El resto del trayecto transcurrió en un silencio extrañamente cómodo, arrullados por el ronroneo del motor y el sonido lejano de la autopista. Sienna sentía la calidez de los dedos de David entrelazados con los suyos. Poco a poco, el bullicio de Boston fue desapareciendo.

Cuando el vehículo finalmente se detuvo, el silencio de la noche era absoluto. David apagó el motor, rodeó el auto y le abrió la puerta a Sienna con extrema delicadeza.

—Sígueme. Confía en mí, yo te guiaré —susurró cerca de su oído.

Sienna descendió lentamente, poniendo toda su fe en los pasos firmes del hombre que la sostenía por la cintura. Caminaron, subiendo unos escalones que le resultaron extrañamente familiares. David se detuvo detrás de ella y, con un movimiento suave, le retiró el pañuelo de seda.

Al parpadear el imponente y antiguo salón principal de Phillips Academy Andover se alzaba frente a ella, majestuoso, elegante. David empujó la elegante puerta de madera y el mundo real se detuvo por completo.

El histórico salón de la graduación había sido transformado por completo en un escenario de ensueño.

Cientos de luces tenues y cálidas colgaban suspendidas desde el altísimo techo, titilando como un cielo estrellado artificial.

El aroma a rosas flotaba en el aire, desprendido de elegantes arreglos florales de un estilo sobrio y puramente otoñal.

En el centro del majestuoso espacio, brillando bajo el reflejo dorado de las lámparas de araña, se encontraba una pista de baile completamente vacía.

Y al fondo, una orquesta de cámara afinaba sus instrumentos en silencio.

No había fotógrafos. No había profesores. No había más invitados. Solo estaban ellos dos en la inmensidad del lugar.

Sienna sintió que el corazón comenzaba a latirle a una velocidad desbocada, amenazando con salirse de su pecho. Las lágrimas nublaron su vista de inmediato.

—David… ¿Qué es todo esto…? —consiguió articular en un susurro ahogado.

David permaneció a su lado, contemplándola en silencio durante unos segundos eternos, absorbiendo cada facción de su rostro iluminado por la luz dorada. Cuando habló, su voz sonó más baja, despojada de cualquier orgullo, cargada de una vulnerabilidad absoluta.

—Nuestro baile de graduación, Sienna. La noche que las mentiras nos robaron.

El aire desapareció por completo de los pulmones de Sienna. Los ojos comenzaron a arderle con fuerza y las lágrimas amenazaron con desbordarse. David desvió la mirada hacia la pista vacía, con una timidez que Sienna no le veía desde los diecisiete años.

—Pensé que era jodidamente injusto que nunca hubiéramos tenido nuestro propio baile —confesó él, rascándose la nuca—. Nos merecíamos esto.

—Me has dejado completamente sin palabras, David… —alcanzó a decir ella, con un hilo de voz quebrado por la emoción.

—Espero que no sea así —replicó él, girándose de frente hacia ella, y sus ojos verde como la turquesa brillaron con una intensidad devoradora—. Porque todavía tienes que contestarme una pregunta muy importante.

Con una lentitud deliberada, David metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta sastre y extrajo la pequeña caja de madera.

Al abrirla, reveló el viejo relicario de plata envejecida, el mismo que él nunca pudo entregarle en persona la noche del baile y que ella, cegada por el dolor, le había devuelto semanas atrás.

David se plantó frente a ella, desnudando su alma por completo.

—Sienna Bloom… ¿Me aceptarías oficialmente como tu novio?

—suplicó, con la voz temblando apenas—. Sé que han pasado demasiadas cosas entre nosotros y que tenemos un largo camino por reconstruir sobre las cenizas del pasado.

Pero te juro por mi vida, que no he dejado de amarte ni un solo segundo de estos seis malditos años.

David se detuvo un instante, tragando saliva con dificultad, y se llevó una mano al centro del pecho, justo sobre los latidos desbocados de su corazón.

—Tu rostro me ha acompañado cada noche a la distancia, Sienna.

En el silencio cuando el dolor de tu supuesta traición me asfixiaba, cerraba los ojos y solo te veía a ti.

Pasé tanto tiempo intentando defender mi corazón de ti, construyendo barreras para que no anotaras, que no me di cuenta de que el juego ya estaba ganado desde el primer día que te vi en el lago.

Y este corazón… este corazón te pertenece de forma irrevocable.

Desde ese día quedé condenado. Solo quería correr hacia ti, abrazarte y jurarte que te daría el universo entero, incluso cuando en mis bolsillos no tenía absolutamente nada que ofrecerte más que mis ganas de protegerte.

Te amo, Sienna. No quiero más distancia, ni más tiempos extra. Juguemos este partido para siempre.

El corazón de Sienna se rindió por completo ante él, desmoronándose ante la pureza de las palabras que debió haber escuchado seis años atrás en ese mismo instituto.

— Sí, mil veces sí, sí quiero ser tu novia, David —respondió Sienna entre lágrimas, con el alma al descubierto—.

Porque he descubierto que mi corazón tampoco aprendió nunca a latir sin ti, y cuando me miras así, con el corazón en la mano, entiendo que contigo no hay riesgo de perder.

Si tu corazón me pertenece, el mío se fue contigo y jamás regresó.

Quiero que ya no tengas dudas de que te amo David Blake y que he extrañado tu sonrisa con una desesperación que me corroía los huesos.

David esbozó una sonrisa deslumbrante, la más limpia que Sienna le hubiera visto jamás.

Con manos firmes pero suaves, rodeó su cuello para colocarle el relicario de plata, rozándole la piel con los dedos, provocándole un escalofrío.

En cuanto el metal descansó sobre su pecho, David la tomó del rostro y la besó con una pasión contenida, un beso largo y profundo que selló su nuevo comienzo sobre los escombros del pasado.

Al separarse, la orquesta comenzó a tocar una melodía lenta, pausada y sumamente romántica. Los violines inundaron el salón con una melancolía que se transformaba en triunfo.

— ¿Ahora me concedes este baile, señorita Bloom? —preguntó David, extendiendo la mano con una reverencia perfecta.

Sienna asintió con los ojos completamente mojados por las lágrimas de felicidad. Sonrió con el alma al descubierto y colocó lentamente su mano sobre la de él.

Ambos se dirigieron al centro de la pista flotante, fundiéndose en un abrazo perfecto.

Se movieron al compás de la música en una danza fluida, pausada y simétrica, que no dejaba la menor duda de que sus cuerpos y sus vidas estaban hechos para pertenecerse el uno al otro.

Sienna apoyó la cabeza en su hombro, respirando su aroma.

— ¿Reservaste todo el salón para nosotros? —preguntó ella, acariciándole la nuca.

David soltó una respiración baja, una pequeña risa cargada de ironía.

—Andover prácticamente me abrió las puertas de par en par en cuanto llamé al director. Supongo que son las ventajas de ser una estrella de la NBA.

Había una sutil burla en su voz, porque ambos recordaban a la perfección al chico becado que una vez caminó por esos mismos pasillos de ladrillo sintiéndose un paria, un intruso fuera de lugar en el mundo de los ricos.

Ahora, el mismo colegio elitista parecía postrarse a sus pies, dispuesto a entregarle lo que quisiera con tal de retener su nombre.

—Gracias, —susurró Sienna, mirándolo a los ojos con una devoción absoluta—. No me esperaba algo tan hermoso. Jamás lo voy a olvidar.

David la estrechó un poco más contra su cuerpo, acortando cualquier rastro de distancia, y la miró fijamente a las pupilas.

— ¿Eso significa que cumplí con tus expectativas, preciosa?

—Las superaste por completo, —sentenció Sienna, sellando sus palabras con una sonrisa radiante y el corazón latiendo al unísono con el de él.