A un Paso de Odiarte Epílogo
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Epílogo

Las semanas subsiguientes transcurrieron como un torbellino de éxito y redención.

La pretemporada de la NBA había comenzado en Boston, y los titulares deportivos ya no solo hablaban de los espectaculares triples o la agilidad de David Blake en la duela.

Ahora, los dos enamorados no dejaban de exhibirse ante los ojos del mundo.

Sienna se convirtió en una constante en la primera fila del TD Garden, deslumbrante y segura.

La prensa rosa y los fanáticos finalmente conocían la identidad de la misteriosa mujer que había conquistado de forma irrevocable el corazón de la superestrella; todos entendieron por qué, a lo largo de su meteórica carrera, a David jamás se le vio acompañado de ninguna otra modelo o celebridad.

Mientras tanto, en el mundo legal de Boston, otra victoria se consolidaba. Evelyn y James finalmente habían recibido las notificaciones oficiales: ambos habían aprobado el temido examen de la barra de abogados. El camino estaba despejado para unir sus vidas en el plano legal y personal.

James, fiel a su estilo impetuoso y decidido, no había querido esperar un segundo más.

Semanas antes, había aparecido en el departamento con una caja de terciopelo azul que resguardaba un imponente diamante de corte esmeralda.

Según sus propias palabras, ya habían perdido demasiado tiempo separados.

La propuesta había ocurrido en una cena estrictamente privada, sobre una terraza iluminada por hileras de luces tenues frente al puerto de Boston.

Solo ellos dos, con la brisa del Atlántico de testigo y James arrodillado frente a Evelyn como si no existiera nadie más en el universo.

Ahora, el gran día no pertenecía a una sola reina, sino a dos.

El lugar elegido era un impresionante santuario de cristal y diseño vanguardista suspendido sobre los rascacielos de la ciudad.

Sus inmensas paredes de cristal de más de seis metros de altura ofrecían una panorámica inigualable del puerto y los muelles de la ciudad, teñidos por los tonos violetas y dorados del atardecer.

A su vez, miles de orquídeas blancas y estructuras geométricas de oro pulido delimitaban el altar.

Las dos mejores amigas estaban a minutos de dar el paso definitivo.

Para Evelyn, significaba el inicio de una vida legítima lejos de la sombra de su padre, convertida en una Hale.

Para Sienna y David, aquella velada no requería una firma legal; su matrimonio civil forzado nunca llegó a disolverse.

En lugar de destruirlo, decidieron transformarlo.

Esa tarde, en una ceremonia civil ante la crema y nata de la sociedad de Massachusetts, bendecirían su unión bajo la pureza de la verdad, libres de chantajes.

Frente al espejo, las dos se contemplaron en silencio.

Evelyn lucía sencillamente espectacular.

Su vestido era una obra maestra de la alta costura atemporal: una silueta de cuello alto y mangas largas confeccionadas en un intrincado encaje francés que parecía tatuado sobre su piel.

La caída limpia de la seda, en un deslumbrante tono marfil, esculpía su cintura con precisión antes de abrirse en una cola imponente.

A su lado, Sienna también lucía espectacular.

Su diseño era pura poesía moderna: un elegante escote de hombros caídos que dejaba al descubierto sus clavículas con una delicadeza abrumadora.

El corpiño, bordado minuciosamente a mano con micropedrería y cristales invisibles, destellaba como un cielo estrellado artificial sobre una falda de tul de seda que flotaba a cada uno de sus pasos.

Contra su pecho, brillando con luz propia, descansaba el viejo relicario de plata que David le había obsequiado.

—Tengo miedo, Sienna. Mucho miedo —confesó Evelyn de repente, y su mano tembló levemente.

Sienna dejó su copa de champán sobre la mesa auxiliar y se giró hacia ella con zancadas firmes. Le tomó las manos con una calidez protectora.

— ¿Miedo de qué, Ev?

Evelyn tragó saliva, con los ojos empañados.

—Tengo miedo de que todo esto sea un maldito sueño. He pasado por tanto dolor con el colapso de mi familia que tengo un pánico irracional a despertar en la penumbra.

Sienna esbozó una sonrisa llena de una certeza inquebrantable y le acomodó suavemente las capas del velo de tul marfil.

—No vas a despertar en ningún infierno, Ev. James te ama con una devoción que asusta. Se enfrentó a la opinión pública y a los periódicos por ti. Y mira cómo es la vida… tu suegro Henry Hale está encantado porque la firma no solo ganó una hija, sino una abogada brillante. No hay nada que temer.

Evelyn dejó escapar una risa limpia, espantando la última sombra de duda.

—Es verdad —admitió—. ¿Y tú? ¿Lista para volver a mirar a tu atleta frente al altar?

Sienna miró su propio reflejo, tocando inconscientemente el zafiro del anillo que David le había entregado en el lago. Una paz absoluta se instaló en sus facciones.

—Nunca he estado más lista en mi vida, Ev.

Sienna le tomó el rostro a su amiga entre las manos, obligándola a mirarla a los ojos con una seriedad que sellaba un pacto eterno.

—Que te quede muy claro de una vez por todas: no es un sueño.

Somos las mujeres más afortunadas y jodidamente bendecidas de todo Boston.

Hemos cumplido cada uno de nuestros sueños de adolescentes, vencimos a los fantasmas que intentaron destruirnos y hoy empezamos una etapa maravillosa juntas como siempre debió ser.

Cuando las puertas minimalistas de cristal esmerilado se abrieron de par en par, el murmullo de la alta sociedad de Boston cesó por completo.

Las luces del salón se atenuaron, dejando que el brillo de la ciudad a través de los ventanales enmarcase el pasillo central, decorado de manera sobria con velas flotantes y arreglos de flores otoñales.

Los acordes modernos de una sección de cuerdas interpretando Perfect de Ed Sheeran vibraron en el pecho de los asistentes.

En ausencia de sus padres, y con los brazos firmemente entrelazados, las dos amigas avanzaron por el pasillo central, acaparando de forma absoluta los flashes de la prensa y las miradas atónitas de la aristocracia.

Al fondo del altar, vestidos con trajes de etiqueta impecables, los esperaban los dos hombres de sus vidas.

James mantenía los ojos fijos en Evelyn, con la mandíbula rígida por la emoción contenida y una respiración acelerada que delataba que ella era su único faro de luz.

Al lado, David lucía imponente. La superestrella de la NBA, el hombre que había escalado desde la pobreza hasta la cima del mundo, observaba a Sienna avanzar hacia él como si el resto del universo se hubiera desvanecido.

Sus pupilas brillaban con pura devoción.

La ceremonia fue un despliegue de emotividad digno de un clásico de la literatura.

James y Evelyn intercambiaron votos con la intensidad de dos abogados que habían defendido su amor, ganando el veredicto definitivo.

Cuando llegó el turno de David y Sienna, el atleta no necesitó leer ningún papel.

Le tomó las manos, atrapando su mirada con una devoción absoluta, y con esa voz íntima y profunda que la hacía temblar, reafirmó su promesa de amarla, protegerla y adorarla en cada segundo del futuro que les pertenecía.

Sienna no se quedó atrás. Con los ojos empañados en lágrimas pero la voz firme, le sostuvo la mirada y prometió ser su refugio incondicional, el lugar seguro al que él siempre regresaría sin importar la dureza del partido o de la vida.

Cuando fueron declarados unidos en matrimonio, el salón estalló en un aplauso cerrado que resonó contra los cristales. Al sellar la unión con besos profundos, hambrientos y cargados de promesas, ambas parejas supieron que, habían ganado el partido más importante de sus vidas.

Minutos más tarde, la música suave envolvía el ambiente mientras los invitados brindaban por la nueva era de las familias Hale y Blake.

Sienna se alejó sigilosamente del bullicio de la pista de baile, caminando hacia una de las terrazas privadas que daba al vacío de la ciudad.

Respiró el aire fresco de la noche, sintiendo el peso reconfortante del relicario y la alianza en su dedo.

Unos pasos firmes y conocidos resonaron a sus espaldas.

David apareció entre la penumbra, desabrochándose el primer botón de su camisa sastre, luciendo increíblemente atractivo bajo la luz de la luna.

Se situó detrás de ella, rodeándole la cintura con sus manos grandes de atleta y atrayéndola contra su robusto pecho.

— ¿Te estás escondiendo de tus propios invitados, señora Blake? —susurró David cerca de su oído, depositando un beso tierno en su hombro descubierto.

Sienna dejó escapar una risa dulce, reclinando la cabeza sobre su hombro, disfrutando de la seguridad de sus brazos.

—Solo necesitaba un segundo para procesar todo esto, David. Mira a tu madre, está tan feliz… Cuánto me alegra que haya venido. Y mira a James y a Evelyn —señaló hacia la terraza, donde sus amigos reían contagiados por la música y la euforia del momento—.Lo logramos. Vencimos las dificultades.

David la estrechó un poco más, inhalando su aroma.

—Te prometí que te daría el universo entero, Sienna, y esto es solo el principio. No me importa nada más que esto. Mi único propósito, mi verdadera victoria en este mundo, será hacerte feliz cada santo día de mi vida.

Sienna sonrió con el alma al descubierto. Se giró lentamente entre sus brazos para quedar de frente a él, obligándolo a mirarla fijamente. Sus ojos azules brillaron con una intensidad nueva, una chispa de absoluta plenitud.

—Tú también eres mi mayor victoria, y espero que lo que tengo que decirte te haga feliz, amor —comenzó ella, y su voz adoptó un matiz misterioso que encendió las alertas del deportista.

David frunció el ceño apenas, divertido.

— ¿Acaso la novia tiene una última jugada bajo la manga?

Sienna tomó la mano grande de David y, con una lentitud reverencial, la deslizó suavemente hacia abajo, posándola con firmeza sobre su vientre, justo por encima de la seda blanca de su vestido de bodas.

—Nuestra familia acaba de ganar su miembro más importante —susurró Sienna, con las lágrimas de alegría desbordando finalmente sus ojos—. Estoy embarazada, David. Un pequeño corazón empezó a latir aquí dentro... Vamos a ser padres.

David se quedó completamente petrificado en mitad del mirador. El aire abandonó sus pulmones por completo y sus pupilas se dilataron en un shock absoluto de felicidad pura. Miró su mano sobre el vientre de su esposa y luego levantó los ojos hacia ella, con los labios temblando.

—Sienna… ¿Es en serio? —articuló en un hilo de voz ronca, al borde del llanto.

—Completamente en serio, mi amor —respondió ella con una sonrisa radiante.

David emitió un gemido sordo desde el fondo de su garganta, la levantó en vilo por los aires y la estrechó contra su pecho en un abrazo desesperado, devorador y cargado de una gratitud infinita.

Cuando sus pies tocaron el suelo de nuevo, la tomó del rostro con ambas manos y la besó con una pasión salvaje que sabía a un mañana lleno de esperanzas.