Capítulo 18 Sin Estrategia Defensiva
En las semanas posteriores, David intentó acercarse a Sienna de incontables maneras.
Envió arreglos florales a la empresa y le escribió notas cargadas de una vulnerabilidad que jamás había poseído.
Hizo llamadas que se fueron directo al buzón y envió mensajes de textos que quedaron en vistos en la pantalla.
Sienna se mantuvo firme detrás de un muro de silencio, evitándolo de forma sistemática.
David comprendió finalmente, con el corazón destrozado, que tras las humillaciones, el perdón no era algo que se pudiera forzar.
Lo mejor para ella era darle su espacio absoluto y concederle lo que legítimamente merecía: el divorcio.
Aunque tomar esa decisión lo estuviera matando lentamente por dentro.
Aquella noche, James apareció sin avisar en el departamento.
Evelyn abrió la puerta y, al verlo, la tensión que cargaba en los hombros se disolvió; su expresión se suavizó por completo.
James la tomó de la cintura y le dio un beso breve.
Sin embargo, esa noche había algo profundamente distinto en él.
Llevaba una carpeta de piel negra bajo el brazo y un semblante severo, casi fúnebre, que encendió las alarmas de Evelyn.
— ¿Pasó algo? —preguntó ella en un susurro, apartándose para dejarlo entrar.
James exhaló un suspiro pesado, cansado, antes de responder.
—Necesito hablar con Sienna.
Sienna apareció desde la sala un segundo después, sosteniendo una taza de té entre las manos. Al ver la imponente silueta de James y la rigidez de su postura, frunció el ceño. Una punzada de angustia helada se instaló directo en su pecho.
— ¿Ha pasado algo? —preguntó Sienna, y su voz delató un leve temblor.
James guardó silencio. Ese segundo de vacilación bastó para que el aire de la habitación se volviera denso, irrespirable.
Luego, caminó con pasos firmes hacia la isla de la cocina.
Depositó la pesada carpeta sobre el mármol oscuro y, tras debatirse internamente con una mirada sombría, la abrió.
Evelyn se tensó a su lado; conocía demasiado bien cada facción de su rostro y sabía que lo que venía iba a doler.
—David me pidió personalmente que te entregara esto, Sienna.
Sienna bajó la vista. En cuanto sus ojos recorrieron el encabezado con tipografía legal, el universo entero pareció detenerse en seco.
Petición de Disolución Matrimonial.
Un vacío negro, ensordecedor y violento se abrió en su estómago mientras el corazón se le desplomaba al piso. Así que David se rendía. Se marchaba de su vida tan fácilmente. Él estaba dispuesto a dejarla ir sin pelear.
El orgullo herido fue muchísimo más rápido que la razón. Sin detenerse a analizar las páginas, ignorando las líneas de texto y las cláusulas, Sienna tomó el bolígrafo de la encimera y estampó su firma con un trazo rápido, violento, casi desesperado. Quería arrancarse esa herida de golpe.
— ¡Sienna, espera! —reaccionó Evelyn, estirando la mano.
Pero ya era demasiado tarde. La tinta estaba puesta.
Evelyn, movida por su instinto profesional, tomó el documento y comenzó a revisar las cláusulas legales a una velocidad vertiginosa. Al avanzar un par de páginas, su rostro se descompuso. Abrió los ojos de par en par, conteniendo la respiración, y levantó la vista hacia James.
— ¿Esto es real, James? —La incredulidad en su voz fue tan cruda que Sienna reaccionó, saliendo de su letargo.
James asintió lentamente, con una seriedad absoluta.
—Completamente real, Ev. Él mismo dictó las condiciones.
—Sienna… mira —susurró Evelyn. Su voz temblaba mientras le extendía los documentos.
Sienna apenas la escuchaba; seguía atrapada en el shock del rechazo, sintiéndose un desecho descartable en el tablero de David.
— ¿Qué pasa? —preguntó con la voz hueca—. Ya firmé, Ev. Ya se terminó.
Evelyn negó con la cabeza de forma efusiva, señalando las líneas del contrato con un dedo tembloroso, obligándola a mirar el papel.
—David te está cediendo absolutamente todo el patrimonio de la transacción, Sienna. Todo.
Sienna sintió que el pulso se le aceleraba de forma violenta, experimentando una opresión física en el pecho que le arrebató el aire de los pulmones. Miró los documentos, incapaz de procesar el giro de la trama.
— ¿De qué estás hablando? No entiendo.
James intervino finalmente. —Así es, Sienna.
David introdujo una enmienda—reveló James, mirándola directamente a los ojos—.
Te cede el cien por ciento las acciones que él había adquirido de Bloom ya no podían seguir escondiéndose cobardemente detrás del orgullo, las viejas heridas o los malditos malentendidos que les habían robado tanto.
Las puertas del ascensor privado se deslizaron lentamente frente al ático.
Sienna aferró la carpeta de piel negra con más fuerza entre sus manos temblorosas mientras avanzaba por el elegante corredor.
La inmensa sala estaba completamente bañada por la luz dorada del sol, que entraba con una fuerza casi irreal por los inmensos ventanales de cristal, iluminando la silueta de David.
Estaba allí, de pie en mitad de la estancia, esperándola.
Su mirada delataba que no había dormido en toda la noche; los rizos ligeramente desordenados y la tensión de sus hombros exponían el calvario de los últimos días.
Al cruzar las miradas, el aire se volvió denso, eléctrico. Había una añoranza pura, un magnetismo herido que flotaba suspendido entre los dos, amenazando con derribar sus últimas defensas.
— ¿Por qué has renunciado a absolutamente todo lo que te pertenece por derecho, David? —la pregunta brotó de los labios de Sienna mucho más rota, vulnerable y desarmada.
Porque la verdadera pregunta que su corazón moría por gritar en mitad de esa sala era otra, una infinitamente más dolorosa: ¿Por qué renuncias a lo nuestro tan fácilmente? ¿Por qué me dejas ir sin más?
David bajó la mirada lentamente, contemplando el hormigón pulido del suelo por un segundo eterno. Cuando volvió a levantar los ojos hacia ella, Sienna descubrió un dolor tan puro, crudo y devastador en sus pupilas que sintió que las fuerzas de sus piernas la abandonaban.
—Porque hice absolutamente todo mal contigo, Sienna —confesó David, y su voz de acero se quebró—. Fui un animal herido que solo pensó en su propia rabia.
Un silencio sepulcral, espeso, cayó entre ambos, borrando el ruido del puerto de Boston.
—Y quiero empezar de nuevo —añadió David en un susurro.
Ella frunció el ceño apenas, conteniendo la respiración, sintiendo que el pecho le daba un vuelco violento. David dio un paso firme hacia delante, cancelando parte de la distancia que los separaba.
—Quiero pedirte que me des otra oportunidad, Sienna —su voz tembló de forma descontrolada—. Pero una oportunidad de verdad.
Se acercó un poco más, lo suficiente para que ella pudiera percibir el aroma amaderado de su loción, despojado de cualquier frialdad corporativa.
—Sin contratos de por medio —continuó él, clavándole la mirada—. Sin chantajes y sin presiones. Te devuelvo todo lo que te pertenece. Quiero que, si decides volver a mirarme, sea única y exclusivamente porque tú realmente quieras hacerlo. No por obligación.
Sienna sintió que el corazón se le desordenaba por completo, latiéndole con una violencia salvaje contra las costillas.
Porque David… el hombre que se había destrozado las manos entrenando, el que había trabajado duramente para reclamar un lugar de oro en la NBA, ahora estaba cediendo gran parte de su fortuna.
—No lo entiendo, David… es demasiado—susurró ella, con las lágrimas asomando finalmente a sus pestañas.
David soltó una pequeña risa amarga, pasándose una mano por el cabello con un ademán de pura frustración.
—Yo tampoco me entendía a mí mismo durante todo este tiempo, Sienna —confesó, barriendo con la mirada la frialdad del lujoso apartamento—.
Todo el maldito dinero que me empeñé en conseguir, los contratos de patrocinio y el campeonato con el Thunder…
lo hice con la estúpida obsesión de demostrarle a Andover que podía estar a tu nivel.
Quería engrandecerme para que nadie de tu estirpe volviera a pisotearme.
—Tú siempre estuviste a mi nivel, David —lo interrumpió Sienna, dando el paso definitivo que eliminó la distancia física entre los dos.
—Y no hablo de cuentas bancarias ni de estatus social. Hablo de que tú eras el único hombre en todo Andover que verdaderamente estaba para mí cuando mi mundo se caía a pedazos. Siempre fuiste tú.
David sostuvo su mirada, y la última barrera de su coraza comenzó a agrietarse, pero el fantasma de los celos dio un último suspiro en su mente.
—Pero, nunca sentí que pudieras elegirme a mí, Sienna. Tú seguías mirando a Ethan Pritchard.