Capítulo 17 Todo Menos un Juego #3
—Esa noche del baile, Sienna nunca fue a verse con Ethan—reveló Evelyn, y cada palabra caía en la habitación con el peso de una sentencia—.
Fue emboscada en su propia habitación. Luca, Ethan y Scarlett la ataron de pies y manos a la silla del tocador y le colocaron una mordaza para que no pudiera gritar.
Armaron una maldita trampa telefónica usando a Scarlett para que creyeras lo peor.
Y en cuanto Sienna logró salir de ahí, lo primero que hizo, con el vestido arrugado y llorando, fue correr a buscarte a tu casa.
David sintió que el oxígeno desaparecía por completo del ático. El pulso se le detuvo en las sienes.
— ¿Qué…? —articuló en un hilo de voz, con el rostro pálido—. No… Eso no fue lo que Katharine Bloom me dijo…
— ¡Porque te mintieron en la cara, estúpido!
—continuó Evelyn, y su voz adoptó un matiz más suave pero infinitamente más doloroso—.
Ella fue a buscarte desesperada. Pero tú ya te habías marchado de Andover sin despedirte.
Después, ambas fuimos en el coche a buscar a James a su propiedad para rogarle que nos escuchara.
James bajó la mirada de inmediato, sintiendo que la culpa le perforaba el pecho.
—Ahora mírame a los ojos y dime qué demonios hiciste anoche para que ella te dejara —exigió Evelyn, sacándolo del shock.
David tragó saliva con extrema dificultad, sintiendo que la verdad le quemaba la garganta.
Mientras él se marchaba destrozado, maldiciendo su nombre y planificando una fría venganza creyendo que ella lo había traicionado…
Sienna había estado sufriendo. Había sido atada, asustada, humillada por su propia sangre.
Y él no había estado allí para protegerla.
—Salieron unas malditas fotos en los medios…
—pudo articular apenas, con la voz rota—.
Una mujer se sentó en mis piernas; todo pasó tan rápido que ni siquiera reaccioné.
Juro que intenté quitarla de encima, pero los fotógrafos captaron el ángulo perfecto para vender la nota —David cerró los ojos con fuerza, tragándose el nudo en su garganta—.
Y después de cómo la traté… de la maldita frialdad con la que la castigué, Sienna no tenía ninguna razón para creerme.
Fui un idiota con ella, Evelyn. Me dejé cegar por la rabia, pero la amo.
Y si te hace feliz saberlo, me estoy muriendo por dentro.
El silencio que se instaló en la cocina tras la confesión fue pesado, denso y cargado de una profunda amargura. Evelyn lo observó durante unos segundos eternos, analizando el temblor en las manos del deportista, y luego negó lentamente con la cabeza, implacable.
—No es a mí a la que tienes que convencer de tu amor, Blake —respondió Evelyn, sosteniéndole la mirada—. Te lo advertí. Te dije que te estabas casando con una mujer excepcional. Desperdiciaste tu oportunidad... pero yo también cometí mis propios errores, así que te deseo suerte. La vas a necesitar.
Mientras tanto, en el apartamento de Back Bay, Sienna apenas había sido capaz de dar un sorbo a su taza de café. No había dormido ni un solo minuto de la noche. Tampoco había dejado de llorar. Se sentía vacía, marchita y despojada de su alma.
Fue entonces cuando escuchó el sonido de la puerta principal al abrirse.
Al levantar la vista y ver entrar a Evelyn con el rostro cubierto de moretones y la ceja rota, el dolor personal de Sienna se disolvió en un segundo.
Corrió de inmediato hacia ella, estrechándola entre sus brazos antes siquiera de fijarse en quién venía detrás.
— ¡Evelyn! ¡Dios mío, Ev! —Exclamó, sollozando mientras le examinaba las heridas—. ¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto? Me tenías muerta de miedo.
Evelyn la abrazó de vuelta con fuerza, intentando infundirle un poco de calma a través de una sonrisa forzada.
—Estoy bien, estoy a salvo —susurró contra su oído—. Gracias a James sigo viva.
Sienna se separó abruptamente de su amiga, confundida por la mención del nombre, y recién entonces, al enfocar la entrada del pasillo, notó la presencia de James. Y detrás de él, parado cerca del umbral con el rostro demacrado, estaba David.
La expresión de Sienna cambió de inmediato. El rastro de la fragilidad desapareció de sus facciones, sustituido por una capa de hielo absoluto. Especialmente al clavar sus ojos azules en David.
— ¿Qué haces tú aquí? —preguntó Sienna. El desprecio y la frialdad que vibraron en su voz cortaron el aire de la sala.
David dio un paso hacia el frente, visiblemente temblando.
—Sienna… por favor, te lo ruego —su voz salió completamente rota, desprovista de cualquier altivez de superestrella—. Necesitamos hablar. Evelyn me contó todo lo que pasó la noche de la graduación. Ya sé la verdad.
Sienna soltó una risa amarga, cargada de una desilusión que helaba la sangre, y dio un paso hacia atrás, rechazando su cercanía.
— ¿Ah, sí? ¿Ahora que tu maldito orgullo está satisfecho sí quieres hablar conmigo, David? —Lo señaló con un dedo tembloroso, y sus ojos se empañaron de rabia—. ¿Después de que perdí la cuenta de las veces que te pedí que me escucharas?
David cerró los ojos con fuerza, conteniendo un sollozo que le asfixiaba el pecho.
—Por favor, entiéndeme, Sienna… Tienes que ponerte en mi lugar por un segundo —su voz tembló de forma descontrolada—.
Fue un maldito infierno llegar esa noche a la puerta de tu mansión, con el corazón abierto y creyendo que por fin iba a estar contigo…
solo para tener que escuchar a tu madre Katharine decirme, con esa sonrisa fría, que te habías marchado alegremente a una cita con Ethan Pritchard.
Sienna guardó silencio intentando entender el calvario de David.
—Y después de eso… —David tragó saliva con dificultad, mirándola con una súplica desesperada—.
Después escuché aquella maldita llamada telefónica donde Ethan se burlaba de mí mientras Scarlett gemía de fondo fingiendo ser tú.
Me destruyeron, Sienna. Y para colmo… seis años después, regreso y aceptas casarte con un inversionista completamente desconocido solo por dinero.
Todo encajaba en mi cabeza para odiarte.
— ¡Te equivocas por completo en eso último, Blake!—la voz firme de Evelyn interrumpió la confrontación desde la cocina.
David giró la cabeza, completamente sorprendido por la intervención de la castaña. Evelyn avanzó y se plantó al lado de su amiga.
—Fui yo la que le sugirió a Sienna que fingiera aceptar los términos de ese contrato—reveló Evelyn, clavando sus ojos en James—. Lo hice porque sospeché desde el primer día que ustedes dos estaban detrás. Quería obligarlos a dar la cara.
Sienna dio el último paso hacia David, reduciendo la distancia, obligándolo a mirarla a los ojos y desnudando su alma.
—Si en esa maldita sala de juntas hubiera aparecido cualquier hombre, David…
jamás en mi vida habría estampado mi firma en ese papel —sentenció Sienna, y su voz se quebró—.
Me habría ido a la calle con la frente en alto antes de venderme.
Acepté ese maldito chantaje y firmé ese acuerdo únicamente porque eras tú.
David se quedó completamente inmóvil, como si le hubieran propinado un golpe físico en mitad de la pintura.
—Firmé porque creí con toda la ingenuidad de mi alma que todavía podíamos arreglar lo que Andover nos había quitado —confesó Sienna, y las lágrimas comenzaron a correr libremente por sus mejillas—.
Acepté vivir en habitaciones separadas y soportar tus desprecios porque pensé que, muy en el fondo de esta superestrella de la NBA, quizá todavía quedaba algún rastro del chico de que me miraba en el colegio como si yo fuera la mujer más valiosa de la tierra.
Pero me equivoqué. Me destruiste, David.
David sintió que el pecho se le rompía en mil pedazos. La absoluta nobleza de Sienna lo dejó en evidencia como el verdadero monstruo del guion.
—Y todavía lo eres, Sienna… ¡Te juro que sigues siendo lo único valioso en mi maldita vida! —la confesión brotó de sus labios de forma inmediata, desesperada, dando un paso al frente para intentar tocarla—. No tienes una idea de cuánto te amo, Sienna.
Sienna cerró los ojos con lentitud, permitiendo que la última lágrima rodara por su mejilla. Escuchar esas palabras de amor ahora, tras las humillaciones y posibles infidelidades, dolía. El David que ella amaba ya no existía.
—Ya es demasiado tarde para nosotros, David —sentenció Sienna, con una voz desprovista de cualquier rastro de fuerza.
Se dirigió a su bolso, extrajo una pequeña caja y se la puso en las manos.
—Ten. No me busques más.
David no reaccionó. Sus dedos se cerraron por puro instinto alrededor de la madera mientras la veía alejarse.
Sienna le dio la espalda con una elegancia trágica, avanzó con paso firme hacia el pasillo y cerró la puerta de la habitación.
Dejó a la superestrella de la NBA sepultado bajo los escombros de su propia y destructiva venganza.
David dio un paso al frente tras ver que la puerta de la habitación se cerraba, pero James le puso una mano firme sobre el pecho, deteniéndolo en seco.
—Dale tiempo, hermano —le advirtió en un susurro—. No entres ahí ahora.
David dejó caer los brazos, derrotado. Las piernas le temblaron. Se pasó ambas manos por el rostro, intentando contener el nudo que le quemaba la garganta, hasta que su mirada descendió hacia la caja.
La abrió con dedos torpes. Dentro descansaba el viejo relicario de plata envejecida que él había querido regalarle la fatídica noche de la graduación. Al lado, resplandecía la argolla sencilla de plata con la que la hizo su esposa. Y al fondo, ocultas, tres fotografías.
David frunció el ceño al tomar el papel fotográfico, pero en cuanto reconoció las imágenes, el aire abandonó sus pulmones.
Eran fotos de la semifinal y final de la NBA en Oklahoma.