Capítulo 17 Todo Menos un Juego #2
—No hagas esto ahora, Evelyn —su respiración era errática, inestable—. Estás herida, estás en shock por lo de la bodega. Y además… —apretó la mandíbula, y el fantasma del pasado tiñó su voz de amargura— tú preferiste quedarte con Oliver Miller. Elegiste tu bando.
Aquella acusación provocó que Evelyn negara con la cabeza de forma desesperada, tomándolo de las solapas de la chaqueta.
—Jamás, James. Te juro por mi vida que jamás lo preferí a él —sus ojos se llenaron de una urgencia salvaje—. Jamás preferiría a nadie en este mundo sobre ti.
James se quedó rígido, mirándola fijamente.
—Pero…
— ¡Lo sé! Sé perfectamente lo que viste —lo interrumpió ella, con la voz rota por el llanto—. Monté toda esa maldita escena con Oliver porque era la única forma que encontré para apartarte de mí.
James frunció el ceño, completamente desconcertado, mientras Evelyn terminaba por confesar el secreto que había guardado durante seis años en el pecho: las amenazas de su padre si insistía en estar con él y la asfixiante presión familia por ser mejor que su hermano.
—Acepté alejarme de ti porque fui lo suficientemente ingenua como para creer que podría seguir adelante.
Pensé que nuestro amor no bastaría para enfrentar a nuestras familias.
Pero no hubo un solo día de estos seis años, James, ni uno solo en el que no te amara.
Lo intenté, te juro que lo intenté, pero jamás dejé de hacerlo, James.
Dio un paso hacia él, eliminando cualquier rastro de distancia física.
—No ha habido una sola noche en Boston en la que mi mente no regresara a ti.
Y hoy… cuando sentí el frío del arma y el matón me arrastró del cabello…
—su voz se quebró por completo, volviéndose un hilo trágico—.
Tú fuiste mi primer y único pensamiento.
No podía irme de este mundo sin decirte que te amo. Te amo de una forma que me asusta.
Aquella confesión terminó por demoler la última línea de defensa que quedaba en el alma de James. El orgullo de los Hale se convirtió en polvo. La atrajo hacia sí con una desesperación implacable y la besó.
Pero esta vez fue un beso completamente distinto. Fue el beso de un hombre que finalmente recuperaba una parte vital y sagrada de su propia existencia.
—Te amo, Evelyn —susurró él, rozando sus labios, con una voz profunda y herida—. Y odio con toda mi alma que me hayas apartado de tu lado de esa manera.
La besó otra vez con desesperación, mezclando el sabor de sus lágrimas con la certeza de que, finalmente, estaba de regreso.
—Odio que no hayas tenido la maldita confianza de decirme la verdad para pelear juntos contra tu padre —susurró, apoyando su frente contra la de ella mientras le acunaba las mejillas con una delicadeza infinita—.
Pero ya pasé demasiado tiempo en el infierno como para seguir arrastrando reproches y rencores, Ev.
La miró a los ojos como si contemplarla viva, en mitad de su sala, fuera el milagro más grande del universo.
—Te necesito en mi vida para poder respirar —su voz se quebró por primera vez en la noche, revelando su absoluta rendición—. Lo entendí con terror esta noche en los muelles cuando pensé que te perdía para siempre. No concibo un mundo donde tú no estés.
Evelyn volvió a sellar sus labios con los de él, y esta vez, el último rastro de orgullo y distancia se disolvió en el aire.
La ropa desapareció lentamente entre caricias contenidas durante seis largos años.
No había apuro, pero sí una urgencia feroz; la necesidad absoluta de recuperarse mutuamente en mitad de la tormenta.
James recorrió la piel de Evelyn con una devoción reverencial, deteniéndose en cada espacio como si con sus manos pudiera borrar las cicatrices emocionales y convencerla de que seguía siendo amada.
Evelyn, por su parte, se aferró a la solidez de su pecho, hundiéndose en su calor con el alivio de quien finalmente encuentra un refugio seguro después de haber pasado una vida entera perdida en la intemperie.
Hicieron el amor con una mezcla abrumadora de ternura y hambre contenida, liberando todo el sentimiento que se había acumulado en el silencio de sus respectivas soledades.
Cada caricia, cada mirada en la penumbra y cada beso profundo se sintieron como una disculpa silenciosa por todos los años desperdiciados.
Esa noche no durmieron demasiado. Pasaron las horas entrelazados en la cama, recuperando en susurros y caricias todo aquello que alguna vez creyeron haber perdido para siempre.
A la mañana siguiente, Evelyn intentó comer el desayuno que James había preparado meticulosamente, pero fue un esfuerzo inútil.
El nudo amargo en su garganta apenas le permitía tomar pequeños sorbos de su café.
La cocina del lujoso apartamento de Seaport estaba completamente bañada por la cálida luz del sol, y por primera vez en seis años, había despertado resguardada entre los brazos de James.
Volvía a sentirse amada, protegida y completa.
Y precisamente por eso, tenía un miedo espantoso.
James dejó una taza de porcelana frente a ella, rodeó la isla de mármol y se sentó enfrente, observándola con fijeza. La conocía demasiado bien. Estaba demasiado silenciosa. Demasiado lejos en sus propios pensamientos.
— ¿En qué estás pensando, Ev? —preguntó con suavidad.
Evelyn levantó la vista lentamente, y la sombra de angustia en sus ojos verdes bastó para que James supiera que no iba a gustarle la respuesta.
—He estado reflexionando mejor las cosas, James —confesó en un susurro—.
James dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco, poniéndose rígido en su asiento.
—No me gusta ni un poco cómo empieza esa maldita frase.
Ella forzó una pequeña sonrisa descolorida, cargada de una infinita tristeza.
—Lo nuestro ahora es más imposible que nunca, James.
Míranos. Mi apellido y mi familia van a quedar completamente enterrados en el lodo en cuanto los agentes federales arresten a mi padre.
Los periódicos locales van a destruir lo que queda de nosotros.
En los juzgados todos van a señalarme, voy a convertirme en la hija de un mafioso. No tengo futuro en esta ciudad.
James la observó fijamente, con una mezcla de indignación y absoluto desprecio por las convenciones sociales.
— ¿Y se puede saber por qué diablos me debería importar eso a mí?
Evelyn soltó una pequeña risa incrédula, limpiándose una lágrima rezagada.
— ¿Que por qué? James, tu familia… El estatus de los Hale…
—Si de verdad le importo a mi familia, van a tener que aceptar mi felicidad —James la cortó en seco, levantándose de golpe.
Rodeó la mesa con pasos firmes, se arrodilló frente a ella y le acunó el rostro con fuerza—.
Te equivocas por completo si crees que voy a permitir que escapes otra vez.
No voy a dejar que destruyas lo que volvimos a levantar. No te vas a ir, Evelyn.
Evelyn sintió que el llanto la desbordaba de nuevo, conmovida por su ferocidad.
—Es que no entiendes el escándalo que se viene…
—Claro que lo entiendo —su voz se suavizó por completo, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Entiendo que estás muerta de miedo. Pero también entiendo una verdad inamovible: mi vida no tiene ningún sentido si tú no estás en ella. Y me importa un demonio el FBI, tu padre o el resto de Boston.
Evelyn cerró los ojos, reclinando la cabeza sobre sus manos, porque en su propio infierno, James era su faro de luz.
La dolorosa intimidad del momento fue interrumpida por el timbre del apartamento, que sonó con una insistencia neurótica. James frunció el ceño, poniéndose de pie de mala gana.
— ¿Quién demonios será a estas horas de la mañana?
Cuando abrió la puerta, se topó de frente con David.
Bastó una sola mirada a la silueta de su amigo para comprender que no había pegado el ojo en toda la noche.
Llevaba el cabello completamente desordenado, ojeras profundamente marcadas bajo los ojos y esa expresión devastada, vacía y gris de quien acababa de perder lo más importante en su vida.
Sin embargo, David apenas reparó en James. Su atención cayó de inmediato sobre la figura de Evelyn, sentada en la barra de la cocina. Al notar la gasa sobre su ceja, los moretones en los brazos y el labio partido, la rigidez del atleta se evaporó, sustituida por un shock absoluto.
— ¿Qué te pasó, Evelyn? —Preguntó, entrando al apartamento a paso rápido, ignorando cualquier saludo—. ¿Dónde está Sienna? ¿Ella está bien?
Evelyn intercambió una mirada cargada de significado con James antes de responder, manteniendo la voz firme.
—Sienna está a salvo en el apartamento—hizo una breve pausa—. Anoche me escribió un mensaje diciendo que iba a quedarse allí.
David soltó una larga exhalación agotada, como si le hubieran quitado un peso del pecho, y se dejó caer en uno de los taburetes.
—Pero ahora explícame qué demonios le hiciste a mi amiga —exigió Evelyn, cruzándose de brazos con evidente molestia.
—Son tantas cosas las que pasaron anoche…
que no tengo la menor idea de por dónde empezar —confesó, pasándose ambas manos por el rostro con una culpa que le asfixiaba la voz—.
Me casé con ella por despecho. Lo hice para vengarme de lo que creí que me había hecho la noche de la graduación. Quería verla pagar.
Evelyn soltó una risa amarga y cortante, cruzándose de brazos con indignación.
— ¿Y tú todavía sigues creyendo en esa maldita farsa, David? ¿De verdad eres tan ciego?
David levantó la mirada de golpe, desconcertado por el ataque. Evelyn dio un paso hacia él, implacable:
—Si hubieras tenido la decencia de escuchar a Sienna una sola vez, en lugar de escudarte en tus estúpidos contratos de negocios, todo se habría arreglado hace una eternidad.
James guardó un silencio sepulcral a un costado de la barra, profundamente intrigado.