A un Paso de Odiarte Capítulo 17 Todo Menos un Juego
84%

Capítulo 17 Todo Menos un Juego

Sienna llegó a su antiguo apartamento completamente destrozada.

Tenía los ojos hinchados por el llanto, el pecho extrañamente vacío y esa horrible certeza física de haber perdido algo demasiado importante como para recuperarlo alguna vez.

Había dejado a David, suplicándole, pero el dolor de su desconfianza pesaba más que sus lágrimas.

Sin embargo, en cuanto abrió la puerta principal, el silencio sepulcral del piso la recibió de inmediato.

— ¿Ev? ¿Estás aquí? —llamó, dejando caer el bolso sobre el sofá de cuero.

Nada. Ni un ruido en las habitaciones. Caminó por el pasillo, sintiendo una repentina opresión en el pecho, y volvió a alzar la voz.

— ¿Evelyn?

Ni una sola réplica. Sacó el teléfono móvil de su bolsillo y marcó el número de su amiga con dedos temblorosos.

La grabadora del buzón de voz saltó al tercer tono.

Sienna frunció el ceño. No era normal que la enviara al buzón.

Evelyn siempre contestaba, sin importar la hora o el trabajo.

Una inquietud helada comenzó a ramificarse lentamente por su cuerpo.

Su instinto le advertía que su amiga había cometido una locura.

Mientras tanto, en el extremo opuesto de la ciudad, Evelyn entendía por primera vez en sus veinticuatro años el significado del terror real.

La bodega abandonada en el distrito portuario de Charlestown olía a humedad estancada, gasolina y metal oxidado.

Había ido sola. Impulsiva, desesperada y estúpida.

Tras pasar la tarde revisando los archivos encriptados del disco duro que había sustraído de la firma, descubrió esa dirección repetida en decenas de transacciones sospechosas con empresas pantalla.

No había podido resistir la tentación. Necesitaba comprobar con sus propios ojos hasta dónde llegaban los hilos de sangre de su padre.

Pero los matones de la seguridad la descubrieron antes de que pudiera dar diez pasos en la penumbra.

Ahora permanecía con las manos atadas firmemente a la espalda en una silla metálica.

Tenía el labio inferior roto y una abertura dolorosa sobre la ceja derecha que no dejaba de sangrar, empapándole la pestaña.

Uno de los matones la tomó bruscamente del cabello, obligándola a levantar la cabeza con un tirón violento.

— ¿Quién demonios te mandó a husmear aquí, perra? —escupió el hombre.

Evelyn no respondió. No lo hacía por valentía, no hablaba porque el pánico le había congelado las cuerdas vocales. Tenía la certeza absoluta de que iba a morir en ese suelo mugriento. Y lo peor no era el final físico; lo peor era el peso de todo lo que dejaría inconcluso en el mundo.

James. Dios mío… James.

Descubrió, con el cañón de un arma cerca de su rostro, que nunca había amado a nadie más en su vida.

Y él jamás lo sabría. Moriría creyendo que ella lo despreciaba.

Tampoco tendría la oportunidad de despedirse de Sienna, de pedirle perdón por su impulsividad.

Qué forma tan ridícula y trágica de terminar el guion de su vida.

De pronto, un estrépito violento rasgó el silencio exterior de los muelles. Gritos descontrolados, pasos pesados y, en una fracción de segundo, el caos absoluto explotó dentro de la bodega.

Las puertas de metal cedieron con un impacto ensordecedor.

James apareció en mitad de la penumbra como una tormenta destructiva.

No iba solo; avanzaba junto a Justin Hale, fiscal federal del estado y hermano menor de su padre.

Justin llevaba meses liderando una investigación secreta del FBI contra Richard Taylor, pero James se había enterado demasiado tarde de la magnitud criminal del caso.

Había insistido en unirse a la redada de esa noche porque necesitaba desesperadamente creer que todo era un error de la fiscalía.

Quería salvar el nombre del padre de Evelyn.

Pero cada documento y cada pista solo hundían más al patriarca de los Taylor en el fango.

Sin embargo, en cuanto cruzaron el umbral y James divisó la silueta de Evelyn atada a la silla, el código penal y la prudencia dejaron de existir para él.

Sin embargo, en el momento en que James vio a Evelyn atada a la silla y las marcas de la lucha que había sufrido, su atención cambió por completo.

Aunque estuviera vestida con ropa vieja, con el pelo revuelto y la cara cubierta de sangre, la habría reconocido entre un millón de personas.

Verla golpeada y vulnerable destruyó la última barrera de su cordura.

Ignoró por completo los gritos de su tío ordenándole que mantuviera la posición.

James salió de su escondite hecho una furia ciega, convertido en un animal protector.

Se abalanzó sobre el matón que la sostenía con una violencia brutal que ni él mismo sabía que poseía.

Los impactos de sus puños resonaron secos, brutales, rompiéndole la mandíbula al matón en el acto.

Justin Hale maldijo en voz alta mientras ordenaba por radio adelantar la intervención táctica.

Los agentes federales del SWAT irrumpieron en la bodega con luces tácticas y armas largas.

Hubo gritos de arresto, disparos que rebotaron en el metal y un caos ensordecedor.

Pero Evelyn, en mitad del torbellino, solo tenía ojos para una sola cosa: la silueta de James abriéndose paso hacia ella.

James llegó hasta su silla con la respiración desbocada, con el rostro desencajado por el pánico. Le acunó el rostro herido entre sus manos grandes, temblando visiblemente.

—Evelyn… mírame, por favor —suplicó, con los ojos inyectados en sangre.

Ella parpadeó varias veces, desorientada por la pérdida de sangre y el shock del rescate.

— ¿Ya… ya me morí, James? —alcanzó a susurrar.

James dejó escapar una risa rota, una mezcla violenta de alivio y agonía, mientras sus ojos se llenaban por completo de lágrimas.

—No, mi amor —respondió, apoyando suavemente su frente contra la de ella, respirando su mismo aire—. Soy yo. Todo va a estar bien, te lo prometo.

Le desató las muñecas de la silla de metal con manos temblorosas por el pánico.

En cuanto las cuerdas cedieron y ella intentó ponerse de pie, sus piernas no resistieron el peso y cedieron en el acto.

James la sostuvo de inmediato, atrapándola en el aire y estrechándola contra su pecho con una fuerza tan posesiva como si no pensara volver a soltarla nunca más en lo que le quedaba de vida.

La cargó en vilo fuera de la bodega y la sentó cuidadosamente en el asiento del copiloto de su auto.

Con movimientos rápidos, abrió el botiquín de emergencias y comenzó a limpiar la abertura sobre su ceja, conteniendo el aliento cada vez que ella se quejaba.

James decidió llevarla directamente a su propio apartamento en Seaport; Evelyn intentó rehusarse al principio por orgullo, pero él no pensaba dejarla sola en ese estado de desamparo.

Durante el trayecto en carretera, Evelyn revisó la pantalla de su teléfono.

Tenía decenas de llamadas perdidas de Sienna y un mar de mensajes.

Con los dedos entumecidos, escribió una respuesta rápida: "Estoy bien.

Te explico todo mañana. No te preocupes, por favor" .

Aunque, si era honesta consigo misma, ni ella misma sabía si estaba realmente a salvo de sus propios fantasmas.

En cuanto cruzaron el umbral del apartamento y la puerta encajó en la cerradura, James finalmente explotó. Arrojó las llaves sobre la isla de la cocina y se giró hacia ella con el rostro desencajado.

— ¿En qué demonios estabas pensando, Evelyn? —La pregunta brotó de su garganta en un grito quebrado por la angustia—. ¡Pudieron haberte matado en esa maldita bodega!

Evelyn bajó la mirada, encogiéndose en su sitio.

—No pensé que fuera tan peligroso, James.

— ¡Claro que era peligroso, maldita sea! Y te metiste sola, en mitad de la noche, en el peor distrito de Boston.

—No era tan de noche cuando llegué al lugar —intentó excusarse en un susurro defensivo, incapaz de mirarlo a la ojos.

— ¿Por qué fuiste sola, Evelyn? ¿Por qué no pediste ayuda?

Las lágrimas volvieron a desbordarse lentamente de los ojos de Evelyn.

—Porque descubrí unos archivos ocultos de mi padre, James —su voz se rompió por completo, desnudando su vulnerabilidad—. Descubrí cosas horribles de su firma. Cosas que no tienen retorno y que involucran a la mafia.

James cerró los ojos un instante, asimilando el dolor de la mujer que amaba. Apoyó ambas manos en la encimera de mármol, rindiéndose ante la evidencia.

—Lo sé, Evelyn. Lo sé desde hace semanas.

Ella levantó la cabeza de golpe, con las pupilas dilatadas por la sorpresa.

— ¿Qué? ¿Tú lo sabías?

—Mi tío Justin está a cargo de la investigación federal desde el inicio —confesó James con la voz apagada—.

Aquella última confirmación terminó por destruir el poco mundo que a Evelyn le quedaba en pie.

La realidad la golpeó sin piedad: su padre, el hombre al que había admirado desde niña y por el que se había destrozado las pestañas en Harvard para ser digna de su apellido, era un criminal de la mafia.

Rompió a llorar sin ningún tipo de elegancia aristocrática, sino como una hija herida que acababa de perder el pilar de su existencia.

James cruzó la distancia y la abrazó de inmediato, hundiéndola en su pecho mientras ella se desmoronaba en sollozos desgarradores.

—Lo siento… Dios, lo siento tanto, mi cielo —susurró él contra su cabello, meciéndola en mitad de la cocina.

Evelyn levantó el rostro lentamente, con los ojos brillantes y los labios temblorosos. Rompiendo cualquier barrera de orgullo, se inclinó hacia adelante y lo besó.

James se quedó completamente inmóvil apenas una fracción de segundo, tomado por sorpresa, brutalmente tentado por el sabor de sus labios. Pero la madurez y el miedo a herirla lo obligaron a separarse de forma suave, sosteniéndola por los hombros.