Capítulo 16 Último Cuarto #3
Cuando el clímax finalmente cedió y la respiración de ambos comenzó a estabilizarse en el silencio del cuarto, la realidad cayó sobre los hombros de David con el peso de una condena perpetua.
Sienna respiraba de forma agitada debajo de él, con los ojos fijos en el techo y una lágrima silenciosa rodándole por la sien.
David se incorporó lentamente sobre los codos y fue entonces cuando vio la mancha escarlata de sangre fresca sobre la sábana blanca.
El corazón de la superestrella de la NBA se detuvo de forma literal en su pecho.
El aire se le congeló en la garganta. No.
No puede ser. Miró el rostro pálido de Sienna, luego volvió a clavar la vista en la evidencia de la cama y la verdad le asestó un golpe demoledor en el cerebro, destruyendo cada una de las certezas sobre las que había edificado su odio.
—Tú… —su voz brotó en un hilo roto, irreconocible—. Esto no es posible, Sienna… Tú y Ethan…
Sienna cerró los ojos con lentitud, sintiéndose demasiado exhausta, demasiado rota por dentro como para seguir defendiendo su inocencia.
— ¿Que si era virgen, David? —preguntó en un susurro plano, abriendo los ojos para mirarlo con una fijeza que lo desnudó—. Sí, lo era. Hasta hace cinco minutos, lo era.
El silencio que se instaló en la habitación tras la confirmación fue devastador.
Un abismo negro se tragó el orgullo de David de golpe, dejándole una culpa tan violenta que le revolvió el estómago.
De pronto, todo encajaba, Ethan Pritchard le había mentido en la llamada telefónica del baile. Sienna nunca se había entregado a él.
David se apartó de ella de inmediato, horrorizado de su propia brutalidad, sintiéndose el monstruo más grande de Boston. Se sentó en el borde del colchón y se pasó ambas manos por el rostro, hundiéndose los dedos en el cabello con una desesperación salvaje.
—Sienna… Dios mío… ¿qué demonios he hecho?
—la culpa le cayó encima con una violencia insoportable.
No solo se odiaba por haber creído la mentira de Ethan, sino por la forma en que se había dejado arrastrar por la pasión en lugar de haber sido tierno, y por haber perdido tanto tiempo.
Su voz se quebró por completo, al borde del llanto—.
Lo siento… Te juro por mi vida que lo siento tanto.
Sienna negó lentamente con la cabeza, manteniendo la vista en el techo, desprovista de cualquier rastro de rencor o de triunfo. Se incorporó despacio de la cama, recogió sus prendas del suelo y comenzó a vestirse en silencio, dándole la espalda.
Aquel acto de distancia silenciosa destrozó a David muchísimo más que cualquier grito, reclamo o bofetada que ella pudiera propinarle.
Porque Sienna se veía lejana, inalcanzable, marchita.
Se veía como una mujer que, tras años de resistir en la trinchera, finalmente había dejado de esperar cualquier rastro de amor o justicia de su parte.
—Ya no importa, David. Ya es demasiado tarde para las disculpas —sentenció Sienna con una voz gélida. Tomó su bolso de mano del tocador y caminó con paso firme hacia la puerta de la habitación, dispuesta a abandonarlo.
David se levantó de un salto, cruzó el cuarto y la sujetó de la muñeca con un agarre desesperado, temblando por primera vez en toda su vida adulta.
—Por favor, Sienna… mírame —suplicó la superestrella, con los ojos humedecidos y la respiración entrecortada—. Te lo ruego… no te vayas. Esas malditas fotos del club no son lo que parecen. La voz de David tembló por primera vez desde que ella lo conocía.
—Te juro por mi vida que jamás te he sido infiel —añadió en un susurro desesperado, apretándole la muñeca con suavidad pero con un pánico legítimo—. Nunca ha habido otra mujer en mi vida, Sienna. Desde que te conocí, solo has sido tú.
Sienna cerró los ojos con lentitud, intentando evitarlo.
—Ya no importa, David —respondió, y sus palabras salieron descoloridas, apagadas.
—Sí que importa. Importa más que nada en este mundo.
—No. Ya es tarde.
Por fin abrió los ojos y lo miró de frente. Había tanto cansancio acumulado, tanta desilusión y tanta entrega silenciosa en sus pupilas que David sintió un miedo primitivo y helado calarle los huesos.
—Entre nosotros se perdió la confianza, David —sentenció ella con una calma que dolía más que cualquier grito—. O quizá, si somos verdaderamente honestos, nunca existió. Siempre preferiste creer el peor guion sobre mí antes que hacerme una sola pregunta.
David experimentó una fractura real en mitad del pecho. No tenía armas para defenderse de la verdad.
—Por favor… —consiguió articular, pero la fuerza lo abandonó.
Sustituyó el agarre firme por un roce tembloroso, soltándola apenas con la punta de los dedos. Sienna respiró hondo.
—Necesito irme, David. Necesito espacio para respirar.
Y esta vez… David la dejó marchar.
No opuso resistencia, ni amenazó con ejecutar las cláusulas de quiebra de la empresa que la ataban a él. La dejó cruzar el umbral del cuarto porque, en mitad de su propia ruina psicológica, entendió algo horrible y revelador: no quería que Sienna se quedara a su lado por dinero o miedo.
Quería que lo eligiera a él. Al David real. Al chico que la había amado con pureza bajo el cielo de Andover. Y por primera vez en seis años de exilio voluntario, comprendió la verdadera y destructiva magnitud del error que había cometido al jugar a ser su verdugo.
El sonido sordo de la puerta principal al cerrarse resonó por todo el apartamento como la sentencia de un tribunal.
David se quedó completamente solo en la inmensidad de la habitación, rodeado por el desorden de las maletas a medio empacar y las prendas esparcidas por la alfombra.
Clavó la mirada en la mancha escarlata que marcaba la sábana de hilo blanco.
Miró la madera de la puerta cerrada y, finalmente, se enfrentó al vacío absoluto que Sienna había dejado al llevarse su presencia del lugar.
El silencio del apartamento se volvió claustrofóbico.
Se dejó caer en el borde del colchón, hundiéndose el rostro entre las manos mientras el peso de la culpa lo aplastaba de forma implacable. Se odiaba. Se odiaba por haber sido tan ciego, por haber tratado como una transacción mercantil a la única mujer que encendía su corazón.
Pero incluso en medio de toda aquella devastación interna, mientras la lluvia de Boston golpeaba con fuerza los ventanales, hubo una certeza absoluta que David no pudo ignorar.
Ella lo había amado.
Y esta vez… David no pensaba rendirse. El jugador de la NBA que nunca daba un partido por perdido iba a iniciar la verdadera batalla de su vida.
Porque Sienna Bloom seguía siendo su única ancla en un mundo de gloria y soledad.
Y mientras quedara un hilo de aire en sus pulmones, iba a demostrarle que para ellos dos todavía existía un mañana.