A un Paso de Odiarte Capítulo 16 Último Cuarto #2
80%

Capítulo 16 Último Cuarto #2

Evelyn asintió apenas con la cabeza, intentando regular su respiración.

Sienna la volvió a abrazar con fuerza, mirando las luces de Boston a través del cristal del ventanal.

Pero mientras la estrechaba en la penumbra del departamento, una certeza helada se instaló en la mente de ambas: aquello ya no era una simple y dolorosa disputa familiar.

Acababan de cruzar la línea hacia un territorio criminal donde un solo paso en falso de Evelyn podía costarle, literalmente, la vida. Y el único hombre en todo Boston con el poder institucional y legal para proteger a Evelyn del monstruo de Richard Taylor, es el mismo que jura odiarla: James Hale.

Sienna llegó al ático de Seaport completamente agotada, arrastrando los pies como si el peso del mundo entero descansara sobre sus hombros.

Las paredes metálicas y pulidas del ascensor privado le devolvían un reflejo demacrado, desprovisto de la altivez ejecutiva de los días anteriores.

Por primera vez en mucho tiempo, experimentaba un pánico helado que le atenazaba el estómago.

No temía por su propio futuro, sino por el de Evelyn.

Conocía demasiado bien a su mejor amiga; sabía que detrás de su fachada de abogada analítica habitaba una mujer impulsiva, perfectamente capaz de inmolar su vida y desafiar a la mafia de Boston si creía que era lo correcto.

Al cruzar el umbral del departamento, descubrió que David estaba sentado en la penumbra de la sala, con una lámpara de lectura iluminando unos documentos sobre sus rodillas.

Levantó la vista en cuanto escuchó el clic de la cerradura, y algo en la palidez fantasmal de Sienna hizo que frunciera el ceño de inmediato.

— ¿Te sucede algo? —La pregunta brotó de sus labios antes de que su orgullo pudiera frenarla. Sonó más suave de lo habitual, teñida de una preocupación legítima.

Pero Sienna estaba demasiado drenada emocionalmente como para descifrar los matices de su voz.

—Nada en lo que tú puedas ayudarme, Blake —respondió en un susurro, sin siquiera dignarse a mirarlo.

Siguió de largo, perdiéndose por la penumbra del pasillo que conducía a su habitación.

David observó el vacío que dejaba a su paso, experimentando una punzada de incomodidad desconocida en el pecho.

Aquella distancia física ya no se sentía como el altivo orgullo de una Bloom; se sentía como una tristeza sepulcral, como la resignación de quien ya no espera nada de la vida.

Al día siguiente, tras una extenuante y tensa reunión en la empresa, Sienna regresó temprano al ático. El silencio del lugar era un monstruo que le oprimía el pecho, así que encendió el televisor de la sala con el único propósito de romper el vacío con ruido de fondo.

Fue entonces cuando su universo entero se detuvo en seco.

En la inmensa pantalla de alta definición apareció la figura de David.

Las imágenes pertenecían a la sección VIP de un club exclusivo de Boston.

Una mujer de cabello castaño y curvas pronunciadas estaba prácticamente encima de él, rodeándole el cuello con los brazos mientras le besaba la base de la mandíbula.

Las cámaras de los paparazis captaron el segundo exacto en el que las manos grandes de David la sujetaban por la cintura.

El titular en letras gigantes amarillas parpadeó con crueldad: "¿LA SUPERESTRELLA DE LOS CELTICS, DAVID BLAKE, DEJA POR FIN LA SOLTERÍA?"

Sienna sintió un impacto seco en el estómago, como si algo vital dentro de ella terminara de romperse en mil pedazos sangrientos.

Se quedó estática durante varios segundos, absorbiendo la humillación, destrozándose en el más absoluto silencio de la sala.

Había soportado su contrato, el desalojo de la mansión de su familia, su indiferencia helada en los pasillos y las sospechas hirientes sobre Olivia West. Había tolerado noches enteras de soledad forzada.

Pero aquello… aquello cruzaba la frontera de lo digerible.

Porque aunque David insistiera en repetir que su matrimonio era una simple transacción de bienes, ante la ley seguían casados. Llevaba su apellido.

Las lágrimas desbordaron sus ojos, pero no eran lágrimas de debilidad; eran gotas de una rabia hirviente. Rabia contra la farsa que aceptaba cada mañana, rabia contra él por pisotear su dignidad y rabia contra sí misma por seguir amándolo a pesar del suplicio.

Se dirigió directamente a su habitación con paso firme.

Abrió las puertas del armario de par en par y comenzó a arrancar sus prendas de los ganchos con movimientos bruscos, casi violentos.

Empezó a doblar y meter la ropa en las maletas de forma mecánica, utilizando la tarea como el único anclaje para no caer de rodillas al suelo.

No iba a convertirse en su madre Katharine.

No iba a ser la esposa de adorno que tolera las infidelidades silenciosas de su marido con tal de conservar un estatus social.

Si perdía la constructora y el legado de su padre por romper el fideicomiso, que así fuera; pero su dignidad tenía un límite inquebrantable.

Estaba forcejeando para cerrar el cierre de la primera maleta cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe.

—Sienna —la voz de David sonó agitada, entrecortada, como si hubiera llegado hasta el apartamento corriendo. Tenía el rostro desencajado—. Tenemos que hablar de algo importante.

Sienna soltó una risa amarga, desprovista de cualquier pizca de humor, sin molestarse en girar el cuerpo.

— ¿Sobre qué exactamente, Blake? —Tomó otra chaqueta del armario—. ¿Vas a darme un reporte corporativo sobre las preciosas imágenes de tu infidelidad que circulan por toda la ciudad?

—Eso no es lo que parece, carajo —replicó David, dando dos pasos desesperados hacia el interior de la habitación.

Sienna se giró de golpe, plantándose frente a él. El dolor puro, la humillación y el desamparo que brillaron en sus ojos azulados provocaron que el pecho de David se comprimiera con una violencia física que le quitó el aliento.

—No me interesa tu maldita explicación —su voz tembló apenas una fracción, recuperando el control de inmediato—. Ya me quedó jodidamente claro el lugar de desecho que ocupo en tu nueva vida de superestrella. —Señaló las maletas abiertas sobre la alfombra—. Así que me marcho.

La sangre abandonó el rostro de David en un segundo, dejándolo lívido.

No. La palabra explotó dentro de su mente con una fuerza brutal y aterradora.

Mantener las distancias en habitaciones separadas para proteger su orgullo herido era una cosa; pero verla empacar, asimilar que iba a cruzar esa puerta y que la perdería para siempre en el mundo real, era un abismo que su alma no estaba dispuesta a soportar.

El miedo a su ausencia destruyó seis años de barreras en un parpadeo.

David cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas imponentes, acorralándola contra el borde de la cama.

—No te vas a ir, Sienna. No te lo voy a permitir.

—Observa cómo lo hago, Blake. Quítate de mi camino.

—Vas a perder la empresa. Lo perderás todo si incumples el prenupcial —amenazó, usando su última línea de defensa con desesperación.

— ¡Me importa un comino la empresa y el dinero! ¡Ya no me importa nada si tengo que arrastrarme por ello! —gritó ella, golpeándolo con la mirada.

Aquella confesión lo desarmó por completo. Por primera vez en seis años, David entendió que Sienna Bloom no era como su madre Katharine; estaba verdaderamente dispuesta a quedarse en la calle antes que perder su dignidad por él. Y él simplemente prefería morir antes que verla marchar.

La besó.

Fue un acto salvaje, desprovisto de cualquier raciocinio, de cualquier rastro de orgullo ensayado. La tomó del rostro con ambas manos, hundiéndose en sus labios con toda la desesperación, la furia y el amor hambriento que llevaba reprimiendo desde la noche de la graduación.

Sienna intentó apartarlo al principio. Luchó contra su imponente complexión física, golpeándole el pecho con los puños cerrados, queriendo odiarlo con cada célula de su cuerpo por tanta humillación.

Pero David era su debilidad más grande, el único hombre que encendía su alma.

En cuanto él profundizó el contacto, atrapándole el labio inferior con una ternura desesperada, las fuerzas de Sienna flaquearon y cedió por completo.

El universo entero desapareció alrededor.

La rabia y el dolor de los años de exilio quedaron reducidos al choque brutal y magnético de sus bocas.

David la besaba como un náufrago que por fin encuentra tierra firme, como alguien que había pasado demasiado tiempo muriéndose de sed en el desierto.

Sienna respondió con la misma intensidad devoradora, aferrándose a la tela de su sudadera, porque llevaba una vida entera soñando con ese maldito encuentro.

David la recostó con suavidad sobre la cama, en mitad del caos de la ropa a medio empacar.

Las respiraciones agitadas y profundas llenaban el silencio de la habitación como una melodía de guerra y entrega.

Las manos les temblaban al despojarse de la ropa, las emociones explotaban demasiado rápido para ser contenidas por la razón.

Y cuando finalmente el deseo los arrastró por completo y se unieron en un solo cuerpo, David se detuvo de golpe, con el pulso desbocado y la mente en blanco, algo no encajaba con el pasado que lo había atormentado durante seis años.

Al reclamarla , sintió la inocencia intacta de su cuerpo, una barrera que él jamás esperó encontrar, seguida por el temblor involuntario en los muslos de Sienna y, sobre todo, el pequeño y ahogado gemido de dolor que ella derramó contra su cuello.

El instinto de posesión se mezcló con una culpa feroz, pero la marea de la pasión era demasiado violenta para frenar el impacto. Lo arrastró de forma brutal y desesperada, obligándolo a reclamar cada segundo perdido, como si intentara sellar una tregua con la piel.