A un Paso de Odiarte Capítulo 16 Último Cuarto
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Capítulo 16 Último Cuarto

Los días pasaron con una crueldad metódica.

La majestuosa mansión Bloom en Andover fue finalmente desalojada bajo la fría supervisión de los abogados.

Katharine y Luca se mudaron a las afueras, a una propiedad infinitamente más pequeña, discreta y gris.

No había allí jardines extensos, ni salones revestidos de mármol, ni retratos familiares colgados con arrogancia sobre las paredes para recordarles un linaje que ya no poseían.

Fiel a su naturaleza, Katharine no dejó de culpar a Sienna ni un solo segundo por la desgracia.

—Si no hubieras metido a ese arribista muerto de hambre en nuestras vidas, nada de esto habría ocurrido —escupió Katharine, de pie en mitad de la pequeña sala que miraba con el asco de quien contempla una celda de castigo.

Sienna la escuchó con la espalda recta, sosteniendo su bolso con firmeza. Ya no le temblaban las manos.

—Te recuerdo, mamá, que la persona que firmó las hipotecas y ocultó los desfalcos bancarios fue Luca —respondió con una calma gélida que le había costado años de lágrimas aprender—. El único que despilfarró el patrimonio de papá hasta dejarnos en la calle fue él.

Luca, hundido en un sillón de tela barata en la esquina, soltó una risa seca y cobarde, apartando la mirada.

—Claro. Qué fácil. Ahora resulta que toda la maldita culpa de la quiebra es mía.

Sienna lo miró con un cansancio infinito, despojada de cualquier rastro de afecto fraternal.

—No toda, Luca. Solo la que te corresponde por tu incompetencia.

Katharine apretó los labios, transformando su rostro en una máscara de amargura.

—Es muy sencillo para ti juzgarnos, Sienna. Al fin y al cabo, tú no eres la que va a tener que pudrirse viviendo en esta miserable casa de clase media.

—Yo sigo luchando cada día en la oficina por el cuarenta y cinco por ciento que nos queda de las acciones —replicó Sienna, y su voz vibró con una madurez aplastante—.

Sigo destruyéndome las pestañas para salvar el proyecto del edificio y mantener vivo el legado de papá.

Esperaba que, por una vez en tu vida, fueras capaz de reconocer eso.

Katharine la barrió con una mirada teñida de un desprecio absoluto.

—Tu padre… Siempre el maldito fantasma de tu padre.

Sienna dio la media vuelta, acomodándose el abrigo.

—Es el momento de alejarme de forma definitiva de todo lo que ustedes representan.

Katharine soltó una carcajada rota que pretendía ser hiriente.

—Vete, huye. No me sorprende de ti. Ese maldito de David Blake logró lo que quería: destruirnos por completo.

Sienna se detuvo en el umbral de la puerta principal, mirando el cielo gris sobre la acera. No se giró al responder:

—No, mamá. Nosotros ya estábamos destruidos. David solo compró las ruinas.

Y salió a la calle, cerrando la puerta detrás de ella. Por primera vez en veinticuatro años, no miró atrás.

Sienna se refugió en el trabajo; era lo único limpio que le quedaba en la vida.

Bajo la estricta y brillante auditoría de los hombres de David, el complejo residencial de lujo en Boston avanzaba mejor que nunca.

Los apartamentos de la torre de cristal se vendían sobre planos a una velocidad vertiginosa, los fondos de inversión llamaban a diario y las secciones de finanzas de los medios de comunicación hablaban del edificio como la apuesta inmobiliaria más sólida del año en Nueva Inglaterra.

Y David Blake, por supuesto, era el motor invisible y visible de todo ese milagro.

En las revistas de deportes y las crónicas de sociedad de Boston, él seguía apareciendo catalogado bajo una etiqueta invariable: Soltero. Disponible. El jugador más deseado de la NBA.

Sienna dejó de corregir mentalmente esa palabra en los titulares: soltero. Al final del día, se dijo con amargura, quizá David lo fuera. No ante la ley de Massachusetts, pero sí en todos los aspectos de la vida que verdaderamente importaban. Para él, ella era invisible.

Aquella tarde, tras una extenuante jornada en la empresa, Sienna regresó al departamento de Evelyn luego de recibir un mensaje urgente.

Al cruzar el umbral, la encontró de pie junto al inmenso ventanal, completamente inmóvil, contemplando las luces de la ciudad con una rigidez física que la alarmó de inmediato.

—Me has dejado jodidamente preocupada con tu mensaje, Ev —dijo Sienna, dejando las llaves sobre la isla de la cocina—. Vine lo más rápido que pude. ¿Qué pasó?

Evelyn giró la cabeza despacio. Cuando la luz de la sala iluminó sus facciones, Sienna vio algo en los ojos de su mejor amiga que jamás, ni en los peores días de Andover, había visto en ella.

Miedo. Un terror puro y paralizante.

A Evelyn le temblaban las manos de forma descontrolada, y no era por el clima de la habitación, que se mantenía perfectamente cálida.

—Nuestra firma de abogados… el bufete de mi familia… es una maldita fachada, Sienna —soltó Evelyn de golpe, como si hubiera pasado horas enteras intentando contener las palabras en la garganta y su cuerpo ya no pudiera soportar el peso del secreto.

Sienna frunció el ceño, dando un paso hacia ella en la sala.

—No entiendo, Ev. Explícate bien. ¿De qué estás hablando?

Evelyn tragó saliva con dificultad, abrazándose a sí misma como si intentara protegerse de un impacto inminente.

—Mi padre… Richard Taylor… si es que todavía tengo el derecho de llamarlo mi padre… está utilizando las cuentas del bufete para lavar dinero de la mafia irlandesa de Boston.

El silencio cayó sobre el departamento con la violencia física de un mazo, extinguiendo cualquier rastro de normalidad.

—Evelyn…—susurró Sienna, sintiendo que el suelo se volvía inestable.

—Dinero sucio, Sienna. Dinero de sangre —insistió Evelyn, y sus ojos verdes se abrieron de par en par, reflejando una angustia desgarradora—.

Hablo de fondos que vienen del tráfico, de extorsiones en los muelles, de gente que desaparece en esta ciudad y de negocios oscuros que nadie en el senado estatal quiere mirar demasiado de cerca.

Mi padre los defiende y limpia sus fortunas a través de nuestra contabilidad.

Sienna negó lentamente con la cabeza, queriendo rechazar la información por instinto.

—Eso… eso no puede ser cierto, Ev. Tu padre es un pilar de la comunidad legal de Massachusetts. Tiene que haber un error.

Evelyn soltó una risa rota, desprovista de cualquier pizca de humor, mientras se llevaba una mano temblorosa a la boca para ahogar un sollozo.

—Ojalá fuera un maldito error, Sienna. Lo vi con mis propios ojos en los servidores restringidos del sótano.

Registros de fideicomisos fantasmas, empresas pantalla registradas en Delaware, transferencias fraccionadas para evadir al fisco.

Había nombres de criminales del sur de Boston que bajo ninguna circunstancia legal deberían estar conectados con Taylor se aferró a los hombros de su amiga con un desespero salvaje, como si todo lo que quedaba en pie de su mundo colapsado estuviera concentrado exclusivamente en ese abrazo en mitad de la sala.

—No sé qué decirte, Ev —susurró Sienna contra su oído, manteniendo la voz firme a pesar del pánico—. No tengo el derecho legal ni moral de decidir por ti una cosa de esta magnitud. Es tu vida y es tu apellido el que está en juego.

Evelyn respiró hondo contra su hombro, rota por dentro, asimilando la cruda realidad de su soledad.

—Lo sé —murmuró.

—Pero escúchame bien —Sienna la separó apenas unos centímetros, tomándola de las mejillas para obligarla a mirarla a los ojos—.

Hagas lo que hagas, y sea cual sea la decisión que tomes con ese disco duro, yo voy a estar pegada a tu lado en la trinchera.

No te voy a dejar sola en este infierno.

Puedes contar conmigo. Siempre. Como lo prometimos en Andover.