A un Paso de Odiarte Capítulo 15 Regla no Escrita #4
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Capítulo 15 Regla no Escrita #4

—No juegues conmigo, David —replicó ella, y la voz le tembló ligeramente por la indignación—. Sabes perfectamente de qué estoy hablando. ¿Qué maldita necesidad tenías de comprar justamente esa casa? ¿La casa de mi familia?

David dejó la copa de whisky sobre la mesa de cristal con una lentitud exasperante.

—Pienso tener hijos más adelante —soltó sin parpadear.

Sienna se qué inmóvil en mitad de la sala. La frase fue limpia, sencilla, directa. Y devastadoramente cruel. No dolió porque hablara de descendencia, sino porque dejaba claro que la excluía por completo de cualquier ecuación futura.

—Y quiero que mis futuros hijos crezcan en una residencia con historia —añadió él, cruzándose de brazos.

Sienna experimentó una punzada física en el centro del pecho, como si el aire se hubiera vuelto de plomo, pero se obligó a sostener la barbilla en alto. No iba a doblegarse.

—Hay muchísimas casas con historia en Boston, David. Y en mejores zonas residenciales que Andover.

—Esa en particular me pareció la adecuada para mis planes.

—No —lo confrontó ella, dándole un paso más, desnudando la verdad—. Esa te pareció la conveniente para terminar de destruirnos. Para hacer daño.

David guardó silencio, y esa falta de réplica fue muchísimo peor que una confesión de culpabilidad. Sienna respiró hondo, intentando estabilizar los latidos de su corazón.

—Sé perfectamente que mi familia fue horrible contigo en el pasado.

Sobre todo mi madre. Sé que te hirió. Pero es mi madre, David.

Y a pesar de todo el daño que me ha causado, no puedo sentarme a odiarla.

No puedo dejarla en la calle.  Jamás viviría en esa casa a costa del sufrimiento y la humillación de mi madre.

La mirada del atleta no cambió ni un milímetro. Siguió barriéndola con una indiferencia ensayada.

—Eso habla muy bien de tus valores familiares, Bloom.

—No me hables como si estuviéramos en una maldita junta de accionistas —lo cortó ella, con los ojos empañados en rabia. Sé que estás dolido por lo que pasó el día del baile, pero no todo es como piensas.

David apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se tensaron bajo la piel.

—Cállate, yo sé muy bien lo que pasó, tu propia madre estuvo ahí para restregármelo.

—Pues mintió, quiero que sepas que jamás estuve con Ethan.

David sostuvo su mirada, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con su imponente estatura.

—Eres peor de lo que pensé, Sienna —soltó él, con una calma que resultaba aterradora—. ¿Tienes idea de cuántas veces te llamé? No pierdas el tiempo; no voy a escuchar tus mentiras. Y descuida, no sufras por el destino de tu antigua casa. Jamás pasó por mi mente dejarte vivir ahí.

El silencio que se instaló en el ático fue un vacío asfixiante, gélido. Ella ni siquiera se atrevía a respirar.

—Como te acabo de decir —continuó él, y su voz adoptó un matiz aún más cortante y cruel—, esa propiedad es para cuando decida formar una familia real. Y para eso, como bien sabes, se necesita una intimidad que no he tenido contigo, y que tampoco tengo la menor intención de tener.

—Claro —dijo al fin, y su voz no tembló, lo que la sorprendió incluso a ella misma—. Tienes toda la razón, Blake. Esto es solo un maldito negocio. Disculpa que lo haya olvidado por un segundo.

Se dio la vuelta con elegancia, y se dirigió hacia el pasillo que conducía a su habitación. No corrió, no aceleró el paso, ni permitió que una sola lágrima se deslizara mientras él pudiera verla. No iba a otorgarle el trofeo de su capitulación.

Pero en cuanto cerró la puerta de su cuarto y la cerradura encajó, el oxígeno le faltó en los pulmones.

Entró al baño a ciegas, abrió la llave de la ducha y se sentó en el suelo de mármol, dejando que el torrente de agua caliente cubriera el sonido de sus sollozos desgarradores.

Tenía que dejar de amarlo. Tenía que arrancar ese sentimiento de su pecho antes de que terminara por matarla.

Porque ese nuevo David buscaba su destrucción absoluta, y ella no estaba dispuesta a entregarle también los restos ensangrentados de su corazón.

Al otro lado del apartamento, David permaneció completamente inmóvil en mitad de la sala, con los puños hundidos en los bolsillos de su traje. Había visto cómo la silueta de Sienna desaparecía por el pasillo, arrastrando una fragilidad que lo había golpeado directo en el estómago.

Por un instante —un solo segundo de debilidad absoluta— estuvo a punto de romper la máscara.

Estuvo a punto de correr detrás de ella, derribar la puerta de su habitación, tomarla por los hombros y confesarle que cada una de las palabras que acababa de escupir era una mentira miserable y desesperada.

Quería gritarle que no pensaba en tener hijos con nadie que no fuera ella.

Que no existía otra mujer en su vida, ni en sus noches, ni en sus pensamientos.

Que era incapaz de concebir un futuro o una familia donde no estuviera su rostro.

Quería confesarle que, por más que se había destrozado el cuerpo entrenando en Oklahoma y por más que se escudaba detrás de las crueles palabras para herirla, no había conseguido odiarla ni un solo segundo de estos seis años. Que seguía locamente enamorado de ella.

Pero no se movió de su sitio. Se quedó estático, mirando su propio reflejo en el ventanal.

Porque el orgullo, cuando se alimenta durante años con el veneno del dolor y la traición, se vuelve una cadena infinitamente más pesada que el amor.

David ya no recordaba cómo romper los eslabones, y el miedo a volver a ser destruido por un Bloom lo mantuvo congelado en su propio infierno de cristal.