A un Paso de Odiarte Capítulo 15 Regla no Escrita #3
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Capítulo 15 Regla no Escrita #3

El rostro de Katharine Bloom se quedó completamente congelado, como si alguien hubiera apagado las luces de su alma desde el interior.

Su palacio de apariencias se había derrumbado sobre su cabeza.

Pero la humillación duró poco; de inmediato, una furia ciega y descontrolada sustituyó al shock.

Señaló la imponente puerta doble con un dedo tembloroso.

—Fuera de aquí —escupió con un odio puro—. ¡Lárguense de mi casa! ¡Fuera!

Olivia cerró tranquilamente la carpeta de piel, acomodándola en su maletín de diseñador.

—Tienen quince días exactos, señora Bloom. Buenos días.

Katharine ya ni siquiera escuchaba las advertencias de la abogada. Toda su atención, todo el desprecio de su estirpe, estaba concentrado en la figura silenciosa de David, quien permanecía de pie cerca del umbral con las manos metidas en los bolsillos de su traje.

—Disfrútalo mientras puedas, infeliz —soltó Katharine, y su voz tembló con un resentimiento antiguo—.

Quédate con los muebles, con las escrituras, con las acciones de la empresa de mi esposo y con las paredes si eso te hace sentir poderoso.

Pero grábate algo en tu miserable cabeza: nunca vas a ser feliz. Jamás.

David le sostuvo la mirada, con los ojos verde azulados convertidos en dos ranuras de hielo brillante.

— ¿Ah, no? ¿Y se puede saber por qué, señora Bloom?

Una sonrisa amarga, torcida y sumamente venenosa dibujó los labios de la mujer.

—Porque en este mundo aristocrático que tanto te esmeras en pertenecer, existen cosas esenciales que tu dinero de la NBA nunca va a poder comprar — Katharine dio un paso al frente, clavándole la última navaja directo en el corazón—.

Y una de esas cosas es el amor. Mi hija Sienna jamás va a amar a un don nadie como tú.

Se casó contigo por la miseria, para salvarnos.

Te mira con asco. Solo eres su cuenta bancaria.

El silencio que se instaló en el vestíbulo tras la frase fue brutal, gélido y aplastante. Incluso la experimentada Olivia West se tensó en su sitio, mirando de reojo a su cliente.

David sintió algo oscuro, violento y doloroso revolverse en lo más profundo de su estómago.

La frase dio en el blanco, despertando de golpe al chico que había sido humillado en ese mismo porche por no tener un apellido influyente.

Despertó sus peores inseguridades, confirmando el fantasma que lo atormentaba cada noche: que Sienna solo lo toleraba por los cien millones de dólares.

David no respondió. No se rebajó a gritar ni a justificar sus sentimientos ante ese témpano de hielo.

Mantuvo la mandíbula rígida, dio la media vuelta y abandonó la mansión a paso rápido.

Subió al auto en un silencio sepulcral, encendiendo el motor con furia, odiando con cada fibra de su ser la terrible posibilidad de que Katharine Bloom tuviera toda la razón del mundo.

Horas más tarde, Katharine Bloom irrumpió en el despacho de Sienna como una tormenta de hielo, dejando a la secretaria apenas con el tiempo justo para balbucear una disculpa antes de cerrar la puerta.

—Mamá —Sienna se puso de pie de inmediato, dejando de lado los informes sobre el escritorio. Pero algo en la rigidez del rostro de su madre, en la palidez inusual de sus facciones, hizo que se le encogiera el estómago—. ¿Qué ocurrió? ¿Pasó algo con Luca?

Katharine soltó una risa breve, amarga y cargada de un veneno antiguo.

—Siempre lo supe. Sabía perfectamente que me odiabas, Sienna.

Sienna paró el aire por un segundo, parpadeando con una confusión absoluta ante el ataque.

— ¿De qué estás hablando? No entiendo nada.

—Claro que no lo entiendes. Qué conveniente. Supuse que ahora que tú y tu flamante esposo se quedaron con el control absoluto de la empresa, al menos tendrías la decencia de permitirnos conservar la casa. Un mínimo de piedad.

Sienna sintió que las piezas del tablero no encajaban en su mente.

— ¿Qué casa, mamá? Sé clara, por favor.

Katharine la observó con incredulidad, barriéndola con una mirada que pretendía desnudar una supuesta hipocresía.

—No te hagas la tonta conmigo, Sienna. A estas alturas ya deberías saber perfectamente que tu flamante marido compró la mansión de Andover a nuestras espaldas.

El corazón de Sienna se detuvo en seco. La oficina pareció perder el oxígeno. La mansión Bloom. El lugar donde había crecido, el último vestigio físico del imperio que su padre había construido.

Un silencio devastador cayó entre las dos.

— ¿No vas a decir nada? —presionó Katharine, y su voz tembló de pura rabia contenida—.

Esta misma mañana, ese bastardo se presentó en el porche de mi propia casa, acompañado por esa abogada rubia de Hale Corporate que se cree la dueña de Boston, solo para notificarnos de forma oficial que tenemos quince días exactos para desalojar la propiedad antes de usar a la fuerza pública.

Nos echó a la calle, Sienna. Tu esposo nos quitó la casa.

Sienna sintió un impacto invisible en el pecho. David no había regresado al apartamento, pero la cruda realidad era que había viajado a Andover. Había ido a la casa de su infancia, del brazo de Olivia West.

—Mamá —consiguió articular Sienna, y su voz salió en un hilo débil—. Aunque me mires así y te niegues a creerme… te juro por la memoria de mi padre que yo tampoco sabía nada de esto. David no me puso al tanto de sus planes.

Katharine soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier rastro de humor, y se puso de pie lentamente.

—Por supuesto que no te lo consultó, mi vida. Ahora que lo pienso con la cabeza fría… ¿cómo ibas a saberlo tú? —Su mirada se tiñó de una crueldad infinita—. Por lo visto, esa sofisticada abogada tiene mucha más influencia sobre él que tú… y eso que eres la esposa.

El golpe fue directo y letal, incrustándose en las peores inseguridades de Sienna. Le dolió tanto que sintió un vuelco en el estómago, pero se obligó a tragarse el orgullo para no darle a su madre la satisfacción de verla dudar. Ignoró la insinuación sobre Olivia.

—Sé perfectamente que piensas que te guardo rencor —la voz de Sienna se suavizó, buscando un puente de empatía en mitad del desastre—.Pero no es así. Jamás desearía verte pasar por una humillación como esta.

Katharine apartó la mirada hacia el gran ventanal de la constructora. Por un efímero segundo, las defensas cedieron, mostrándola cansada y rota. Solo duró un instante. De inmediato, la dureza del apellido volvió a congelar sus facciones.

—Si realmente es como dices, entonces ve y pídele que nos devuelva las escrituras de la casa —exigió Katharine, volviendo a clavar sus ojos fríos en ella—.

Para algo te sacrificaste casándote con él, ¿no?

Para algo rebajaste el apellido de nuestra familia entregándote a un don nadie. Haz que valga la pena.

Sienna cerró los ojos con fuerza, apretando los puños debajo del escritorio.

—Hablaré con David hoy mismo en cuanto ponga un pie en el departamento —respondió con total sinceridad—. Pero no te voy a prometer un milagro, mamá. Tienes que entender la realidad: yo no tengo absolutamente ninguna influencia sobre él. Para David, esto es sólo negocios.

Katharine sonrió. Y esa sonrisa descolorida y vacía fue muchísimo más dolorosa que cualquier insulto directo que hubiera pronunciado en su vida.

—Entonces mis sospechas son correctas, Sienna —sentenció Katharine, acomodándose el abrigo de piel con una elegancia fantasmal—. Supongo que, en el mundo de los hombres, una amante inteligente siempre va a tener muchísimo más peso y valor que una esposa de adorno.

— ¡Mamá, basta! —exclamó Sienna, sintiendo que las lágrimas amenazaban con desbordarse.

— ¿Quieres saber qué es lo verdaderamente trágico de todo esto, Sienna? —la interrumpió Katharine, deteniéndose justo antes de tocar la manija de la puerta.

Sienna frunció el ceño, conteniendo la respiración.

— ¿Qué?

Katharine se giró despacio. Durante esos breves segundos, despojada del estatus, de la mansión y del dinero, se vio más vulnerable e indefensa que nunca antes en su vida.

—Lo trágico es que, por fin, vas a entender exactamente lo que se siente. Ahora sabes con perfecta nitidez el infierno que yo sentía cuando tu padre estaba pensando en otra mujer. Ahora el karma te devolvió el golpe.

Sin esperar una sola palabra de réplica, Katharine Bloom abrió la puerta y abandonó la oficina a paso rápido, dejando tras de sí un aroma a perfume costoso y el eco de una sentencia brutal.

Sienna permaneció completamente inmóvil en su silla ejecutiva, con la mirada fija en la madera de la puerta cerrada.

Intentaba con desesperación procesar el torbellino de información que acababa de sepultarla.

David. La adquisición de la mansión de Andover.

La presencia constante de Olivia West en los movimientos de su esposo.

¿Será que de verdad existía algo entre ellos dos?

Sienna decidió que esa noche hablaría con David. No importaba si tenía que esperarlo despierta hasta el amanecer. Sin embargo, para su sorpresa, no tuvo que hacerlo. Cuando cruzó el umbral del apartamento, David ya estaba allí.

Permanecía de pie frente a los inmensos ventanales de cristal, no parecía culpable por lo que había hecho en Andover. No parecía siquiera dispuesto a fingir que algo en su agenda merecía una explicación.

—Tenemos que hablar, David.

David no se giró de inmediato. Mantuvo la vista fija en las aguas oscuras del puerto.

—Supongo que tu madre ya te notificó mi nueva adquisición —comentó. Su tono fue sereno. Demasiado pausado, plano y carente de cualquier empatía.

Sienna sintió que una oleada de rabia líquida le subía por el pecho, quemándole la garganta.

— ¿Por qué lo hiciste? —exigió, dando dos pasos firmes hacia él.

David giró al fin, clavándole esos ojos verde azulados que ahora parecían dos témpanos de hielo.

—¿Comprar una propiedad en el mercado inmobiliario? Es lo que hago con mi dinero, Sienna.