A un Paso de Odiarte Capítulo 15 Regla no Escrita #2
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Capítulo 15 Regla no Escrita #2

—¿Los Hale? Por favor, Sienna. James me detesta con cada célula de su cuerpo. Para él, soy una traidora que lo cambió por Oliver Miller a las veinticuatro horas de dejarlo. Además, lo alejé para protegerlo; no voy a ponerlo en medio de una guerra contra mi padre.

—Yo no creo que te odie, Ev. De verdad que no.

— ¿Ah, no? ¿Y en qué te basas para decir eso?

Sienna le sostuvo la mirada con una seriedad absoluta, desnudando la verdad que había captado en la sala de juntas días atrás.

—Lo he visto mirarte cuando tú estás distraída o de espaldas, Evelyn.

He visto cómo se le tensa el cuerpo entero cuando estás cerca.

En sus ojos no hay odio; sigue habiendo un cariño y una frustración que lo está consumiendo vivo.

Quizá ya es el momento de que vuelvas a hablar con él y le cuentes la verdad sobre el montaje que hiciste con Oliver para alejarlo.

— ¿Para qué, Sienna? ¿Para qué pasar por esa humillación otra vez?

—Evelyn negó lentamente con la cabeza, y sus ojos se llenaron de un brillo espeso—.

Mírate a ti misma como espejo. Has intentado hablar con David, estabas dispuesta a abrirle el corazón y él ni siquiera se molestó en escucharte.

Francamente… yo no tengo las fuerzas necesarias para volver a soportar ese mismo desprecio viniendo del hombre que amo.

Prefiero el exilio antes que su lástima o su rencor.

Sienna no supo qué responder. El silencio volvió a instalarse en el departamento, pero esta vez era un silencio compartido. Dos mujeres de veinticuatro años, herederas de apellidos influyentes, atrapadas en las redes de un pasado que se negaba a morir.

Mientras tanto, en el mismo complejo residencial de Seaport, pero unas plantas más abajo...

David estaba sentado en el sofá de piel del departamento de James, con la mirada perdida en un vaso de whisky intacto.

—Todavía no puedo creer que seas tan cobarde, hermano —comentó James, sirviéndose un trago mientras negaba con la cabeza, genuinamente divertido—. Te escondes aquí, exactamente un piso abajo de tu propio apartamento, solo para no tener que cruzarte con tu esposa.

David se recostó contra el respaldo, soltando una exhalación frustrada.

—Ya sé que me lo advertiste, James.

— ¿Sobre qué exactamente? Tengo una lista larga.

—Sobre lo jodidamente difícil que sería resistirme a ella teniéndola tan cerca —confesó David, pasándose una mano por el cabello—. Tenías toda la razón. Me estoy volviendo loco.

En el silencio del piso, el recuerdo del primer día lo asaltó con la fuerza de un latigazo: Sienna de pie en su sala, mirándolo con esos ojos azules que solían desarmarlo.

Recordó la rigidez de su propia voz cuando le explicó que dormirían en habitaciones separadas y que llevarían vidas independientes.

—Por una fracción de segundo, cuando me dio la espalda… juro que pensé que estaba decepcionada por no compartir la cama conmigo —admitió en un susurro.

James soltó una carcajada limpia, apoyándose en la barra de la cocina.

—Eso no suena descabellado, David. Es tu esposa ante la ley. Y aunque insistas en llamarlo un matrimonio arreglado, tú eres su esposo. Además, medio país está enamorado de la nueva superestrella de los Celtics ; no veo por qué ella iba a ser la excepción. Quizá sienta algo de pasión por ti.

David negó con la cabeza de inmediato, endureciendo las facciones de su rostro. Reconstruyó el muro de piedra en un segundo.

—No voy a volver a cometer el mismo error estúpido de Andover, James. Los Bloom no tienen corazón; solo aman el dinero, el estatus y el apellido. Ella se casó conmigo por los cien millones de dólares, nada más.

James guardó un silencio prudencial, midiendo la amargura de su amigo, antes de hablar.

—Por cierto. Olivia llamó.

David levantó la vista, enderezando la espalda.

— ¿Y bien?

Una sonrisa lenta, cargada de una oscura satisfacción, se dibujó en los labios de James.

—La mansión Bloom ya es de tu propiedad, David.

El silencio en el departamento se volvió absoluto, espeso.

—Así que ahora sí —James levantó su copa a modo de saludo—. Tu venganza está servida en bandeja de plata, hermano.

David permaneció inmóvil, clavando sus ojos verde azulados en los rascacielos de Boston.

En su mente se proyectó el rostro de Katharine Bloom; recordó cada insulto despectivo, cada mirada de asco en el porche.

Le habían quitado la dignidad cuando no tenía nada.

Ahora, él iba a quitarles lo último que les quedaba.

—Mañana a primera hora, Olivia irá personalmente a la residencia para notificar el desalojo legal —añadió James.

—No irá sola. Yo voy con ella.

James arqueó una ceja, visiblemente sorprendido.

— ¿De verdad piensas presentarte en esa casa, David?

La sonrisa que asomó a los labios de David no tuvo nada de amable; fue la mueca de un verdugo.

—Por nada del mundo me perdería la expresión de Katharine Bloom cuando descubra que el mestizo muerto de hambre se quedó con su preciado palacio.

Por primera vez en seis años de lealtad incondicional, James sintió un vuelco en el estómago; la venganza de su amigo estaba cruzando una línea demasiado peligrosa.

A la mañana siguiente, el cielo de Andover amaneció encapotado, amenazando tormenta. David Blake se presentó en los portones de la imponente mansión Bloom acompañado de Olivia West.

La abogada lucía impecable y letal, armada con tacones negros, un traje sastre color marfil perfectamente entallado y el cabello rubio recogido en una coleta alta y tirante.

Su rostro reflejaba esa calma profesional que advertía que nada sobre la tierra era capaz de alterarla.

David, por su parte, vestía un traje estilo italiano azul oscuro confeccionado a la medida.

Iba sin cámaras, sin prensa y sin la brillante armadura de la superestrella de la NBA.

Esa mañana no iba el deportista; iba el hombre herido.

Iba David Blake, el nuevo dueño legítimo de esa mansión.

La enorme residencia de Andover se alzaba exactamente igual que en sus recuerdos: majestuosa, orgullosa y arrogante. Igual que su propietaria.

Fue la mismísima Katharine Bloom quien abrió la puerta principal, alertada por el ruido.

Lucía un vestido de diseñador, el cabello perfectamente estilizado y la misma altivez aristocrática de siempre, como si la quiebra familiar fuera un invento.

Sus ojos recorrieron la imponente estampa de David con lentitud y, de inmediato, dibujó una sonrisa cargada de veneno.

—Vaya, vaya… —arrastró las palabras con un desprecio imposible de camuflar—. ¿Qué es lo que trae por aquí a mi querido e inesperado yerno? ¿Sienna te dejó salir a pasear?

David no se inmutó. No pestañeó, ni permitió que la rabia alterara sus facciones. Con un movimiento sutil de la cabeza, le dio la entrada a su abogada. Olivia dio un paso al frente, abriendo su maletín.

—Señora Bloom, buenos días —su voz sonó firme, profesional y cortante—. Soy Olivia West, representante legal del señor David Blake.

Katharine se cruzó de brazos, sosteniéndole la mirada con soberbia.

—Eso ya lo sé, abogada. ¿Y qué con eso?

Olivia desprendió el sello del fajo de documentos y se los extendió.

—El señor Blake ha adquirido la totalidad de los títulos de deuda y las ejecuciones bancarias de esta propiedad. Él es el único propietario legal de esta residencia y de los terrenos circundantes.

Por primera vez desde que la conocía, David vio vacilar el barniz de seguridad de Katharine Bloom. La palidez le robó el color de las mejillas.

—¿Qué ridiculez estás diciendo? —balbuceó.

—Y como una muestra de cortesía por el vínculo civil que ahora lo une a su hija —continuó Olivia, implacable—, mi cliente ha decidido otorgarle un plazo humanitario de quince días para desalojar por completo la propiedad antes de proceder con la fuerza pública.

El silencio que siguió a la notificación fue devastador. Entonces, estalló la tormenta.

— ¡Eso es una mentira! ¡Es imposible! —El grito de Katharine resonó con eco en las paredes del gran vestíbulo de mármol—. ¡Este miserable muerto de hambre no puede quedarse con mi casa! ¡No tiene el maldito derecho!

David experimentó una satisfacción oscura y ardiente recorriéndole el pecho. Durante centenares de noches de entrenamiento en Oklahoma había visualizado ese instante exacto, y ahora estaba ocurriendo justo frente a sus ojos.

— ¡LUCA! ¡LUCA, VEN AQUÍ DE INMEDIATO! —bramó Katharine, perdiendo los estribos por completo.

Unos segundos después, Luca apareció bajando las escaleras a toda prisa, acomodándose un reloj.

—¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué gritas? —Miró a su madre, luego fijó la vista en David y comprendió en un segundo que el agua les había llegado al cuello—. ¿Qué demonios haces aquí, Blake? ¿Qué le estás haciendo a mi madre? —avanzó un paso, amenazante.

Olivia West se interpuso en su línea de visión con una mirada glacial que congeló al joven.

—Le sugiero que modere el tono y cuide sus ademanes, señor Bloom —sentenció la abogada—. Está hablando con el dueño legítimo de este inmueble. Mida sus palabras si no quiere pasar la noche en una celda por desacato.

Luca abrió la boca, pero no fue capaz de articular una sola palabra. El color desapareció de su rostro. A diferencia de su madre, Luca conocía la contabilidad fraudulenta de la firma y sabía perfectamente lo que significaba ese fajo de papeles. La mansión estaba perdida.

Katharine giró la cabeza hacia su hijo, tomándolo del brazo con una desesperación salvaje.

—Dile que está mintiendo, Luca. Por el amor de Dios, dile que es una trampa de este infeliz. Dile que seguimos pagando la hipoteca de Andover al banco.

Luca bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos a su madre. Ese simple y cobarde gesto fue la confirmación del desastre.

—Luca… respóndeme —suplicó Katharine, con la voz temblando.

—Mamá… lo siento —consiguió murmurar Luca, dando un paso atrás—. Perdimos los derechos de la casa hace meses. El banco vendió la cartera vencida en la bolsa para recuperar el capital.