Capítulo 14 Cambio de Posesión #2
Cuando llegó su turno, Sienna tomó la mano de David para repetir el proceso.
Y entonces fue él quien sintió el latigazo de esa reacción traicionera, instantánea e irritante.
Su cuerpo la reconocía de inmediato, recordaba el encaje perfecto de sus manos, aunque su cerebro y su orgullo insistieran en negarlo con rabia.
Finalmente, llegó el momento definitivo del papeleo. El juez de paz extendió el acta matrimonial sobre la mesa y declaró formalmente válido el matrimonio ante la ley del estado.
David tomó la pluma primero. Sin dudar, con un trazo rápido y firme, estampó su firma sobre el documento oficial. Lo hizo con una fijeza en los ojos que hacía parecer que estaba firmando su propia condena a muerte, o la de ella.
Sienna no se permitió pensar. Sabía que si dudaba un solo segundo, saldría corriendo. Tomó el bolígrafo con los dedos aún entumecidos y, justo al lado de la firma de David, estampó la suya.
Luego llegó el turno de los testigos. Evelyn se acercó al documento, sosteniendo la pluma, pero antes de apoyar la pluma, se detuvo y miró a Sienna fijamente.
Fue una mirada silenciosa, profunda e intensamente cargada de significado.
Evelyn la observaba como si aún quisiera ofrecerle una última oportunidad invisible para echarse atrás, para tirar todo por la ventana y alejarse de todo; como si una sola palabra de Sienna bastara para que Evelyn la llevara lejos de Boston y la protegiera de la tormenta de David.
Sienna sostuvo la mirada de su mejor amiga, percibiendo el salvavidas implícito.
Era lo que quería, era lo que su mente necesitaba para sentirse a salvo…
pero bajó la vista hacia la firma de David y apretó el relicario oculto en su cuello.
No iba a huir. Entonces, Evelyn soltó un suspiro casi imperceptible y firmó el acta.
James se adelantó inmediatamente después, estampando su firma como segundo testigo con una caligrafía impecable.
Pocos minutos más tarde, tras organizar los documentos legales en su maletín, James se encargó de acompañar al juez de paz hacia el ascensor privado.
El silencio volvió a adueñarse de la inmensidad del departamento de Seaport. David y Sienna se quedaron de pie, frente a frente, separados por la mesa de cristal y por una realidad imposible de ignorar a partir de ese segundo.
Ahora, ante la ley, eran marido y mujer.
—Tienes suerte, Blake.
La voz de Evelyn rasgó la pesadez del aire justo cuando las puertas del ascensor terminaban de cerrarse tras la salida del juez.
Todos giraron la cabeza hacia ella. La castaña mantenía la espalda impecablemente recta y los ojos fijos en David, desafiándolo.
No había una sola pizca de humor ni de cortesía en sus facciones.
—Te acabas de casar con la mejor mujer que he conocido en toda mi vida —sentenció Evelyn, dando un paso al frente.
Sienna cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de la lealtad de su amiga.
—Ev, por favor…
—No, Sienna. Déjame hablar —la interrumpió, sin apartar la vista del atleta—. Más que mi mejor amiga, es mi hermana. Y quiero que te quede algo jodidamente claro desde hoy. Si le haces daño, yo misma me voy a encargar de que lo pagues muy caro. Me da igual quién seas ahora.
El ambiente en el ático se volvió sofocante. James contuvo el aliento, pero David sostuvo la mirada de Evelyn sin inmutarse, con la misma frialdad con la que enfrentaba la presión en el último segundo de un partido de la NBA.
—No tienes absolutamente nada de qué preocuparte, Taylor —respondió David. Su tono fue una línea plana, tan distante y descorazonadora como lo había sido durante toda la mañana—. Aquí todos somos adultos.
Desvió una mirada gélida hacia los documentos firmados que descansaban sobre la mesa de cristal.
—Y todos en esta habitación sabemos que hemos firmado estos papeles estrictamente por negocios.
Aquella frase atravesó el pecho de Sienna con el filo de un cuchillo. David continuó, implacable:
—No cabe duda de que ambas familias saldremos ampliamente beneficiadas de esta transacción financiera.
La palabra transacción resonó en la mente de Sienna como un eco sucio. Lo dijo con el mismo desapego con el que un magnate compra una franquicia o adquiere una propiedad de lujo. No como un hombre que se acaba de casar.
Sienna bajó ligeramente la mirada, clavando las uñas en las palmas de sus manos para ocultar el brillo traicionero que amenazaba con empañar sus ojos. Se juró a sí misma que no iba a llorar. No delante de él. No le daría el placer de verla sangrar.
James, detectando que la cuerda estaba a punto de romperse, intervino rápidamente para aliviar la presión, caminando hacia la barra.
—Creo que esta unión formal amerita un brindis.
—Por supuesto —coincidió David, tomando una de las copas de cristal que James le ofrecía—. Habrá muchas cosas que celebrar a partir de ahora.
James lo observó de reojo mientras servía el champán. Conocía demasiado bien a su amigo como para saber que esa indiferencia era solo una fachada para protegerse.
—Por los nuevos comienzos —añadió James, levantando su copa hacia Evelyn.
El cristal chocó con un sonido agudo, pero nadie en ese ático parecía realmente feliz. El vino quemó las gargantas, pero no logró disipar el frío de la habitación.
Minutos después, Evelyn fue la primera en tomar su bolso de sastre, ansiosa por huir de la presencia de James.
—Bueno… —Evelyn miró a Sienna con los ojos suavizados—. ¿Te quedas aquí o vienes conmigo al departamento?
Sienna giró la cabeza lentamente hacia David, obligándolo a mirarla.
—Eso depende enteramente de mi esposo —soltó Sienna.
La palabra esposo flotó en el aire, pesada, extraña y cargada de un magnetismo peligroso.
David tuvo que hacer un esfuerzo monumental, un control mental verdaderamente heroico, para mantener la compostura.
Escuchar ese título en los labios de Sienna provocó un vuelco violento en su estómago, una descarga de electricidad que su orgullo se negó a analizar.
—Es mejor que regreses con Evelyn esta noche —decretó David, forzando un tono neutral y corporativo—. Mañana por la mañana enviaré a un equipo de mudanza para ayudarte a recoger tus cosas.
Sienna apretó la mandíbula, sintiendo que su orgullo herido se rebelaba.
—No es necesario que envíes a nadie.
—Sí lo es, Sienna.
—Puedo organizar mis maletas y mi traslado perfectamente sola —insistió ella, dando un paso al frente.
—No lo dudo en absoluto. Pero se harán las cosas a mi manera.
Finalmente, Sienna tomó su bolso de mano y caminó hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo, lo miró por última vez y le dedicó una sonrisa sarcástica.
—Hasta mañana… esposo.
David levantó la cabeza de golpe. Durante una fracción de segundo, el chico de Andover estuvo a punto de romper la armadura de la superestrella.
Estuvo a punto de dar tres zancadas, sujetarla del brazo, pedirle que se quedara y exigirle que le explicara por qué lo había destruido hace seis años.
Pero el orgullo ganó la batalla. El momento pasó.
David guardó silencio y ella cruzó la puerta.
El sonido de la puerta al cerrarse resonó por todo el apartamento minimalista como un disparo.
Y solo entonces, cuando el eco se extinguió, David volvió a respirar, soltando el aire que había retenido en los pulmones.
James observó a su amigo durante unos segundos eternos, analizando su postura derrotada. Luego, negó lentamente con la cabeza y caminó hacia el ventanal que daba al puerto.
—Creo, hermano mío… que acabas de comprar tu propio infierno —comentó James con un hilo de voz amarga.
David soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de alegría.
—Probablemente tengas razón.
James tomó un sorbo largo de su copa, mirando la lluvia golpear el cristal.
—Yo no podría hacerlo, David. Te lo juro. Yo no podría vivir bajo el mismo techo con Evelyn, verla caminar por los pasillos cada maldita mañana y obligarme a no tocarla.
David levantó una ceja, mirándolo de reojo.
— ¿No?
—Ni remotamente —confesó James, dejándose caer pesadamente en el sofá de cuero, luciendo exhausto—.
Hoy, mientras firmábamos esos malditos papeles, lo único en lo que mi estúpida mente podía pensar era en cómo se sentiría tenerla cerca.
Cómo sería volver a tocar su piel. Dormir a su lado.
Despertar y ver su rostro en la almohada.
Los años no han cambiado absolutamente nada, David. Nada.
David apretó los puños, clavando la mirada en el horizonte gris de Seaport. Comprendía ese infierno con una exactitud milimétrica, porque él estaba condenado exactamente al mismo suplicio desde que Sienna había entrado por esa puerta vestida de negro.
—A mí me pasa exactamente lo mismo con Sienna —la confesión brotó de sus labios de forma abrupta, cruda, antes de que su orgullo pudiera frenarla.
James lo miró, genuinamente sorprendido por la vulnerabilidad de su amigo. David soltó una exhalación frustrada y pasó una mano por su cabello corto, endureciendo sus facciones de golpe, reconstruyendo el muro de piedra.