Capítulo 14 Cambio de Posesión
El día en que, después de seis años de invierno absoluto, Sienna Bloom finalmente se convertiría en la esposa de David Blake.
Y, sin embargo, no había un solo rastro de la ilusión que alguna vez, en las noches ingenuas, se había atrevido a imaginar.
No había un vestido de encaje blanco. No había arreglos de rosas y peonías.
No había un altar, ni promesas de eternidad.
La noche anterior, David le había enviado un mensaje escueto e impersonal, informándole que todo estaba preparado y que al día siguiente firmarían ante un juez de paz en su propio departamento del Seaport District.
Nada más. Ni una palabra de cortesía, ni una muestra de emoción. Ni siquiera un "nos vemos mañana".
Por eso, al despertar, Sienna decidió que si para David aquel matrimonio era estrictamente un acuerdo comercial, ella desempeñaría su papel a la perfección. Se negó a humillarse vistiendo algo que insinuara romanticismo; iría vestida para una junta de accionistas.
Evelyn la acompañó en calidad de testigo principal.
Ambas salieron del piso de Back Bay luciendo impecables trajes de dos piezas confeccionados a medida, con cortes afilados que funcionaban como armaduras corporativas.
El de Sienna era de un negro sobrio y absoluto; la chaqueta entallada remarcaba la delicadeza de su silueta, mientras que los pantalones de sastre caían sobre unos tacones discretos.
Parecía una implacable Directora General a punto de absorber una empresa competidora. No una novia.
Evelyn, por su parte, lucía igual de intimidante. Su traje negro de corte italiano y su cabello castaño recogido parcialmente en un moño bajo y sofisticado la hacían parecer una socia principal de uno de los bufetes más prestigiosos del país.
El edificio residencial donde vivía David era el epítome del estatus que otorga ser una superestrella de la NBA.
Una imponente torre de cristal y acero arquitectónico que dominaba parte del horizonte de Boston, construida justo en el límite donde la ciudad se encuentra con el océano.
Los inmensos ventanales de la fachada reflejaban las aguas grises del puerto de Boston.
El ascensor privado las condujo directamente, mediante reconocimiento digital, hasta el ático de los últimos niveles.
Cuando las puertas de acero cepillado se deslizaron hacia los lados, Sienna sintió el primer vuelco en el estómago.
El apartamento entero gozaba de una vista panorámica privilegiada sobre el Seaport.
Todo era amplio, de techos altos, minimalistas e impecables.
Se sentía como las páginas de una revista de arquitectura de vanguardia: sofás de diseño escandinavo, pisos de hormigón pulido y una luz natural que entraba a raudales, pero era extrañamente impersonal y frío. Como si nadie viviera allí realmente.
Pero nada la preparó para el sutil insulto que encontró en el interior.
Porque incluso James parecía haber tomado más en serio la formalidad legal de aquella boda que el propio novio.
James vestía una camisa negra de algodón egipcio perfectamente ajustada, con las mangas pulcramente dobladas hasta la mitad de los antebrazos, exponiendo su reloj de alta gama.
Iba sin saco y sin corbata, pero destilaba una elegancia aristocrática y sobria.
Y luego estaba David. Su futuro esposo. El hombre que había inyectado cien millones de dólares para rescatarla.
Vestía una simple sudadera negra de algodón con el logotipo verde de los Boston Celtics en el pecho y unos pantalones deportivos a juego. Una simple sudadera de entrenamiento.
Sienna hizo un esfuerzo monumental, verdaderamente heroico, por mantener el rostro inexpresivo y no reflejar la punzada de decepción que le rasgó el pecho.
Porque, aunque su orgullo se negara a admitirlo en voz alta, una parte muy pequeña y estúpida de su ser había esperado encontrarlo vestido de etiqueta. Aunque fuera por pura apariencia
Lo peor de todo —y lo que más rabia le daba a Sienna— era que la maldita sudadera le sentaba de forma escandalosa.
Resaltaba la anchura de sus hombros y la imponente musculatura de sus brazos de atleta.
Lo hacía ver mucho más atractivo de lo que ella estaba dispuesta a admitir.
Sienna respiró hondo, llenando sus pulmones de aire frío, y descartó de inmediato esa línea de pensamiento traicionero.
David tampoco estaba tan preparado psicológicamente como aparentaba.
Al escuchar los tacones en el pasillo, su mente había anticipado verla entrar con algún tipo de vestido blanco.
No porque le importara la apariencia de la ceremonia, sino porque una parte mezquina y herida de su alma había querido comprobar que poseía el poder suficiente para hacerla ceder, para verla vestida de novia por él.
Pero Sienna apareció vestida para una guerra corporativa.
Fría, distante, sumamente elegante y profesional.
Y eso lo irritó muchísimo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Aunque, si era dolorosamente honesto consigo mismo, Sienna Bloom habría seguido pareciéndole la mujer más hermosa sobre la tierra incluso si viniera envuelta en una manta vieja.
Y aquello representaba un verdadero problema para sus planes de venganza.
Mientras la observaba acomodarse el traje negro, sus pensamientos comenzaron a desviarse hacia territorios poco apropiados para un hombre que se suponía que estaba allí para cobrar una deuda del pasado.
A un costado del ventanal, la otra pareja libraba su propia batalla silenciosa.
James observó a Evelyn. Evelyn observó a James.
Ninguno de los dos parecía feliz por la proximidad forzada.
La incomodidad de la castaña era tan evidente, la forma en que apretaba los puños y evitaba mirarlo a los ojos, que a James casi le resultó adorable.
Los seis años de distancia parecieron evaporarse por un segundo.
James terminó soltando una pequeña risa, pero Evelyn, que tenía los sentidos alerta, la escuchó de inmediato. Le dirigió una mirada cargada de ira.
— ¿Pasa algo que deba saber, Hale? —Preguntó ella con una voz que pretendía ser de hielo—. ¿O es que tengo monos en la cara?
James sonrió de medio lado, sosteniendo su copa con dos dedos.
—Nada, Taylor —la sonrisa se amplió apenas un milímetro, disfrutando de su rabia—. Absolutamente nada. Te ves… impecable.
Aquello solo consiguió que Evelyn apretara más la mandíbula, indignada por la sutil provocación. Sienna decidió intervenir antes de que la tensión de la pareja terminara por estallar en una discusión en mitad de la sala.
—Creo que el juez de paz tiene el tiempo limitado. Deberíamos empezar —sentenció Sienna, dando un paso hacia la mesa central de cristal.
El juez de paz, un hombre mayor de ademanes solemnes que James había contratado a través de los contactos del bufete, asintió en silencio. Todos tomaron asiento en las sillas de cuero minimalistas. La ceremonia civil comenzó.
Mientras escuchaba las formalidades legales, los artículos del código civil de Massachusetts y las cláusulas matrimoniales, Sienna apenas podía concentrarse en las palabras del juez.
El eco de la brisa marina golpeaba los inmensos ventanales del Seaport, musicalizando su angustia.
Seguía preguntándose si estaba tomando la decisión correcta, si aquel matrimonio terminaría por destruirla por completo o si, por el contrario, aquella cercanía forzada le permitiría derribar los muros de David y recuperar al chico que había amado en Andover.
Porque más allá de los cien millones y del estatus familiar…
ella seguía amándolo con la misma intensidad que el primer día.
Y necesitaba creer que todavía existía una rendija de esperanza para ellos.
David mantenía la vista fija en los documentos, simulando una atención meticulosa, pero en realidad estaba luchando una batalla interna completamente diferente.
Cada vez que Sienna levantaba la mirada hacia él, sentía que todas las defensas que había construido en sus años en la NBA se tambaleaban como un castillo de naipes.
Y eso lo enfurecía consigo mismo. Después de la humillación, después de la llamada de Ethan, después de seis años alejado, seguía reaccionando a la sola presencia de esa mujer exactamente igual que cuando era un adolescente becado.
A veces, al notar el sutil temblor en los labios de ella, se preguntaba si Sienna podía sentir algo parecido.
Pero entonces, la parte racional de su mente le recordaba una verdad imposible de ignorar: Sienna Bloom había aceptado firmar un contrato para casarse con el inversionista misterioso mucho antes de saber que se trataba de David Blake.
Se había vendido por dinero a un desconocido.
Y eso era más que suficiente para devolverlo a su fría realidad.
—Procederemos al intercambio de alianzas como símbolo del vínculo civil —anunció la voz pausada del juez.
Llegó el momento de los anillos. Eran dos sencillas alianzas de plata envejecida, lisas, pulidas y sin ningún tipo de adorno.
Nada más. David las había escogido deliberadamente semanas atrás en una joyería común de Boston: sin diamantes, sin ostentación, sin el lujo que él creía que una mujer de la alta sociedad como ella exigiría para sus fotos.
Quería marcar la distancia. Pero lo que David no sabía era que para Sienna el metal era completamente irrelevante; lo único que le importaba era la mano que se lo iba a colocar.
Las manos de Sienna temblaban de forma sutil cuando extendió los dedos sobre la mesa de cristal.
Más de lo que su orgullo estaba dispuesto a admitir.
Cuando David tomó sus dedos con su mano grande y cálida para deslizar la alianza de plata, un impacto eléctrico recorrió el cuerpo de Sienna.
Una corriente silenciosa y abrasadora. El simple y mero roce de la piel de David le provocaba reacciones físicas que su mente no podía controlar.