A un Paso de Odiarte Capítulo 13 Mismo Equipo #2
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Capítulo 13 Mismo Equipo #2

La frase fue un dardo envenenado dirigido directamente al orgullo de Sienna, pero sus ojos no se apartaron de David.

Fue un golpe bajo, fríamente calculado. David sintió cómo los músculos de su mandíbula se convertían en piedra bajo la piel.

Lo que más detestaba de Ethan no era su arrogancia descolorida, sino el placer sádico que experimentaba al remover heridas ajenas; disfrutaba hacer daño y lo hacía sabiendo con precisión quirúrgica dónde presionar para hacer sangrar.

Evelyn intervino con voz firme antes de que la violencia física estallara en la mesa.

— ¿Saben qué? Ya es suficiente de tu numerito —sentenció, y su voz heló el ambiente—. Nadie en esta mesa va a permitir que arruines nuestra noche con tus frustraciones.

—Tan valiente como siempre, Taylor —Ethan desvió su atención hacia ella, entornando los ojos—. Me pregunto si tu querido padre sabrá que estás aquí, confraternizando tan alegremente con el enemigo jurado de su firma. —Su mirada se desplazó de forma maliciosa hacia James.

Scarlett se apresuró a secundar el ataque, ansiosa por encajar en su nuevo papel de esposa de sociedad.

—Es verdad, Ethan. Yo pensaba que los Hale y los Taylor ni siquiera podían respirar el mismo aire sin intentar demandarse mutuamente en un tribunal. Qué escándalo.

Evelyn rodó los ojos con fastidio, manteniendo la barbilla en alto.

—Lo que piense mi padre dejó de importarme hace mucho tiempo, Scarlett.

Sin embargo, James notó el sutil y casi imperceptible estremecimiento en los hombros de Evelyn.

La conocía demasiado bien, con una precisión que los seis años de distancia no habían logrado mermar; sabía perfectamente que las amenazas sobre su padre sí le importaban, y probablemente mucho más de lo que su orgullo le permitiría admitir en público.

Sienna decidió retomar el control de la conversación antes de que los parásitos continuaran atacando a su amiga.

—Yo, en cambio, me alegro muchísimo de que ustedes dos hayan terminado juntos —declaró Sienna, con una cortesía letal.

Scarlett arqueó una ceja, visiblemente desconfiada.

—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber por qué?

—Por supuesto —Sienna tomó tranquilamente su copa de vino, dándole un sorbo pausado—. Porque estoy convencida de que estar casados el uno con el otro es el castigo divino perfecto para ambos.

Evelyn soltó una carcajada limpia que resonó en el área. Incluso James tuvo que desviar la vista para ocultar la sonrisa que amenazaba con romper su máscara de hielo. Scarlett se puso completamente rígida, ofendida, pero Ethan pareció encontrar un retorcido entretenimiento en la humillación.

—Sigues teniendo el mismo carácter, Sienna—comentó él.

Al girarse hacia David, la falsa amabilidad desapareció de su rostro. Lo observó con una frialdad cargada de resentimiento.

—Felicidades por el contrato con los Celtics , Blake. —su voz rezumaba un veneno espeso, una envidia mal disimulada—.

— Pero recuerda...en este mundo, ganar no siempre significa ganar. Al final del día, te sigues quedando con las sobras.

David sintió una oleada de calor recorrerle las venas y estuvo a punto de ponerse de pie para cerrarle la boca de un puño, pero una mano firme e implacable apareció de inmediato sobre su antebrazo, frenándolo en el acto. James.

—No le des exactamente lo que vino a buscar —le advirtió James en un susurro tenso.

Durante unos segundos que parecieron eternos, nadie en el restaurante se atrevió a respirar. Ethan observó la mano de James sobre el brazo de David y sonrió con lentitud, saboreando lo cerca que había estado de hacerlos perder los estribos en público.

—Nos vemos, amigos —soltó Ethan, dándose la media vuelta junto a Scarlett.

Ambos se deslizaron entre las mesas, dejando tras de sí una estela de soberbia barata y una sonrisa de triunfo artificial.

Cuando los Pritchard finalmente se marcharon, en la mesa quedó instalado algo mucho peor que la rabia: un silencio sepulcral, espeso, incómodo y sumamente difícil de ignorar.

Los cuatro continuaron con la cena de forma mecánica, pero la fluidez de la conversación desapareció por completo.

Los cubiertos chocaban contra la porcelana de los platos con una sincronía ruidosa, las copas se levantaban para humedecer labios secos y nadie parecía tener el valor de romper la barrera de sus propios pensamientos.

Hasta que Evelyn decidió que ya había sido suficiente tortura psicológica para una sola noche. Dejó la servilleta sobre la mesa y miró a Sienna.

—Creo que es hora de irnos a casa.

Sienna levantó la vista, mostrando unos ojos cargados de una gratitud inmensa hacia su amiga.

—Sí. Yo también lo creo.

David no discutió la moción. Se limitó a deslizar su tarjeta sobre la cuenta y se puso de pie, ajustándose el saco del traje gris.

—Las acompañamos al estacionamiento —anunció con tono plano.

—No es necesario, de verdad —respondió Sienna de inmediato, intentando cortar cualquier contacto posterior—. Podemos ir solas.

—Sí lo es —esta vez fue James quien habló, y su voz no admitió réplicas. Su mirada se dirigió fijamente hacia Evelyn—. A menos, claro, que caminar junto a nosotros pueda causarles problemas.

Evelyn entendió perfectamente el significado oculto, la punzada de ironía y reproche que James había escondido en la frase. Sostuvo su mirada unos instantes antes de ceder.

—Está bien.

Caminaron juntos los pocos metros que separaban la calidez del restaurante de la acera exterior, a través del sendero iluminado por la luna.

Al tratarse de Fan Pier, los vehículos de lujo de ambos esperaban alineados justo al frente, bajo la estricta custodia del servicio de valet parking del lugar.

El aire de la noche se sentía gélido mientras esperaban a que el empleado trajera los coches.

Nadie parecía tener prisa por articular una despedida definitiva; o tal vez todos la tenían.

El primer auto en ser entregado por el valet fue el de Evelyn.

David se volvió hacia Sienna, acortando la distancia justa para hablarle con una formalidad descorazonadora.

—Te llamaré en el transcurso de esta semana —su voz volvió a ser esa línea estrictamente profesional y distante que a ella le desgarraba el alma—. Tenemos que coordinar los detalles con el juez y fijar la fecha exacta de la boda.

El corazón de Sienna se encogió en su pecho, experimentando una opresión física. Seguía odiando con toda su alma escuchar esa palabra en sus labios, pronunciada con la misma frialdad con la que se discute una junta de accionistas, y no el futuro de sus vidas.

—Estaré esperando tu llamada —fue todo lo que su orgullo le permitió formular.

David se limitó a asentir con la cabeza. Nada más. Ni un roce, ni una promesa.

Mientras tanto, a escasos pasos de distancia, James y Evelyn simplemente se observaban en silencio.

Se miraban fijamente, como dos personas que todavía recordaban con perfecta nitidez el camino de regreso a casa, pero que, tras seis años de mentiras y orgullo, ya no tenían la menor idea de cómo volver a recorrerlo juntos.