Capítulo 13 Mismo Equipo
Faltaban menos de quince días para que el acuerdo condicional expirara; trece días exactos, para ser precisos.
Y David Blake no se había comunicado con Sienna ni una sola vez.
Ni una llamada, ni un mensaje, ni una sola fecha propuesta para aquella absurda boda que él mismo había exigido como garantía.
Sienna intentaba convencerse a sí misma, de que aquel silencio no le importaba en absoluto.
Era una mentira miserable; le importaba demasiado.
Por eso agradeció con el alma la invitación de Evelyn para celebrar el final del examen de la barra de abogados.
Necesitaba con urgencia pensar en cualquier cosa que no tuviera el nombre de David Blake.
El restaurante elegido había sido el elegante Mastro's Ocean Club , un santuario de luces tenues y mariscos gourmet ubicado en Back Bay, a pocos minutos del Centro de Convenciones de Boston.
Cuando Sienna llegó, Evelyn ya la esperaba en la mesa, y por primera vez en semanas parecía genuinamente relajada.
—Vaya… —dijo Sienna mientras tomaba asiento—. Esa cara me dice que te fue de maravilla.
Evelyn sonrió, levantando su copa de champaña con elegancia.
—Tendré que esperar hasta octubre para los resultados oficiales, pero, sinceramente, estoy convencida de que arrasé en ese examen.
Sienna levantó su propia copa, chocándola suavemente con la de su amiga.
—No esperaba menos de ti, Ev. —Sonrió de verdad—. Y aunque tu padre jamás tenga la decencia de admitirlo en voz alta, nadie en esta ciudad va a olvidar que Evelyn Taylor es la primera mujer de tu linaje en convertirse en abogada y no cualquier abogada porque sé que serás la mejor.
Evelyn jamás había sido particularmente humilde, por lo que aceptó el cumplido como algo perfectamente razonable, asintiendo con la barbilla en alto.
—Me fascina cómo piensas. Salud por eso.
Aquella noche, ambas lucían espectaculares, atrayendo las miradas de las mesas contiguas.
Sienna llevaba un vestido color rojo vino de satén que abrazaba delicadamente su figura antes de caer en una falda fluida que se movía con suavidad al caminar.
El escote discreto dejaba al descubierto la delicadeza de su clavícula, mientras que su cabello negro caía brillante sobre uno de sus hombros.
El tono del vestido hacía resaltar la intensidad de sus ojos.
Evelyn, por su parte, había optado por un vestido negro ajustado, sofisticado y minimalista.
No necesitaba adornos para llamar la atención; su belleza siempre había sido más afilada que dulce.
Y entonces, los cristales de las copas parecieron congelarse. Ambas se quedaron inmóviles. Al otro lado del restaurante, saliendo del área del bar, estaban David y James.
Los cuatro se observaron fijos durante unos segundos eternos a través de la distancia.
David llevaba un traje gris oscuro perfectamente entallado que resaltaba sus hombros anchos y su imponente complexión de atleta de la NBA.
El reloj de acero y platino en su muñeca probablemente valía más que algunos automóviles deportivos del estacionamiento.
James vestía completamente de negro, luciendo impecable, inaccesible e implacable. Y ambos las estaban mirando.
James fue el primero en reaccionar. Giró ligeramente el cuerpo, tensando los hombros como si contemplara seriamente la posibilidad de dar la vuelta y huir del lugar.
David no. David dibujó una sonrisa gélida en sus labios y caminó directamente hacia la mesa de las chicas, obligando a James a seguirlo.
—Vaya, miren a quiénes tenemos aquí —la voz de David sonó demasiado tranquila, arrastrando las palabras con una seguridad aplastante—. Si es mi futura esposa y su eterna amiga. No cabe duda de que hoy es nuestro día de suerte, James.
Las dos amigas intercambiaron una mirada rápida antes de que Evelyn asumiera el contraataque, forzando una sonrisa corporativa.
—Qué afortunados somos todos, de verdad. El destino es muy caprichoso.
David ignoró la ironía de la frase de inmediato, acomodándose el saco del traje.
— ¿Les importa si nos sentamos? —preguntó. En realidad, no era una petición; era una orden disfrazada de cortesía.
Pocos segundos después, los cuatro estaban compartiendo la misma mesa.
La tensión era tan evidente, tan densa, que hasta el camarero que se acercó a dejar la botella de vino parecía visiblemente incómodo.
Sienna evitó mirar directamente a David, lo cual resultaba una tarea imposible; cada vez que levantaba la vista, terminaba estrellándose contra esos ojos verde azulados que una vez habían sido su único refugio.
Se perdió observando la madurez de su perfil, hasta que Evelyn intervino para salvar la situación con su habitual agilidad mental.
—¿Cómo te fue en el examen de la barra, Hale? —preguntó Evelyn, clavando sus ojos verdes en James.
James sostuvo su copa de whisky, dándole un giro lento al hielo antes de responder.
—Como esperaba. Sin sorpresas. —¿Hizo una breve pausa, intentando que su voz sonara indiferente, aunque no lo consiguió del todo— ¿Y a ti?
—Bien —respondió Evelyn de forma escueta, sosteniéndole el desafío.
James asintió lentamente y, por un efímero segundo, un destello de genuino orgullo brilló en sus facciones antes de volver a ponerse su máscara de frialdad. El silencio regresó a la mesa, pesado como el plomo, hasta que Sienna decidió que ya había tenido suficiente de ese juego psicológico.
—El tiempo se te está acabando, David —dijo Sienna, mirándolo directamente a los ojos—. Solo quedan trece días para que el fideicomiso expire.
David dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco, sin parpadear.
—Descuida, Bloom. Por nada del mundo cometería el error de regalar cien millones de dólares de mi patrimonio porque sí.
El uso de su apellido y el tono mercantil de la frase le asestaron a Sienna un golpe directo en el pecho.
—En algún momento de esta semana te llamará Olivia West para coordinar el papeleo —continuó David con indiferencia—. Firmaremos y listo.
Evelyn intervino de inmediato, arrugando el entrecejo con indignación.
—Una boda no se organiza ni se planifica en menos de quince días, Blake.
David ni siquiera dudó en su respuesta, inclinándose apenas hacia adelante en la mesa.
—Para firmar un simple matrimonio arreglado por conveniencia financiera no hace falta una ceremonia, Taylor. Basta con un juez de paz y dos bolígrafos.
El silencio que siguió a la frase cayó sobre Sienna como un balde de agua helada.
Porque para ella —a pesar del chantaje, de los seis años de distancia y del dolor acumulado— aquello seguía siendo una boda en algún rincón de su corazón herido.
Para él, claramente, no significaba absolutamente nada más que una transacción de bienes.
Sienna forzó una sonrisa mínima; la clase de mueca descolorida que las personas utilizan para contener las lágrimas y evitar derrumbarse en público.
Y entonces, como si la noche no fuera lo suficientemente caótica, el destino decidió que era el momento perfecto para empeorar la situación. Una risa chillona y desagradable rasgó el murmullo del restaurante.
Ethan Pritchard apareció en el pasillo principal de las mesas, acompañado por Scarlett.
Scarlett Pritchard ahora. La antigua novia de Luca había abandonado el barco de los Bloom en cuanto los primeros rumores de la quiebra y la falta de dinero comenzaron a circular en Andover, y poco después se había colgado del brazo de Ethan para asegurar su apellido en la alta sociedad.
Ethan, por su parte, había envejecido a golpes.
Los excesos del pasado finalmente le habían pasado factura de forma implacable: las noches de alcohol y las fiestas interminables habían dejado huella en su rostro, mientras que una cadena de pésimas decisiones personales terminaron por apagar el resto de su brillo.
Seguía conservando los rasgos atractivos que lo hicieron popular en el instituto, pero ahora parecía una versión desgastada, marchita y gris del joven brillante que había prometido ser en Andover.
Las ojeras oscuras le marcaban el rostro, la piel mostraba el desgaste de noches en vela y la arrogancia seguía intacta, a pesar de que nunca pudo convertirse en un jugador profesional y de que tuvo que abandonar el campus universitario tras sufrir una sobredosis que por poco le cuesta la vida en su segundo año.
Lo único verdaderamente exitoso que seguía conservando era el peso de su apellido familiar.
Ethan y Scarlett llegaron hasta la mesa con una familiaridad arrogante, como si todo el lugar les perteneciera por derecho de nacimiento.
Scarlett lucía un vestido dorado excesivamente ajustado y una sonrisa que parecía congelada en su rostro; una máscara perfectamente artificial.
Ethan, por su parte, vestía un traje verde oscuro hecho a la medida que habría resultado impecable de no ser por una hinchazón sutil y oscura bajo sus ojos, delatando los estragos de sus adicciones y las interminables noches de excesos.
Fue Ethan quien rompió el aire primero.
—Mi querida Sienna —la saludó, barriéndola con una mirada descarada de arriba abajo—. Parece que el paso de los años no te ha enseñado la lección básica de mantenerte alejada de aquellos que están por debajo de ti.
Sienna le sostuvo la mirada, sin permitir que sus ojos pestañearan ni una sola vez. Su rostro era una superficie de mármol.
—Una no puede sentarse a escuchar consejos de vida viniendo de personas que nunca han ganado absolutamente nada en la suya —replicó con una calma cortante.
Evelyn estuvo a punto de sonreír abiertamente. Ethan, lejos de ofenderse, soltó una carcajada ronca.
—Siempre tan aguda, Sienna.
—Y tú siempre tan insoportable —respondió ella de inmediato.
La sonrisa de Ethan se volvió más afilada, transformándose en una mueca perversa.
—Curioso. En Andover no decías exactamente lo mismo cuando me perseguías.