A un Paso de Odiarte Capítulo 12 Ventaja Emocional #4
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Capítulo 12 Ventaja Emocional #4

Evelyn avanzó y le tomó la mano con fuerza, transmitiéndole su calidez.

—Tranquila. Recuerda la estrategia: en cuanto descubramos quién es ese infeliz, Oliver interpondrá la objeción por coacción. No tienes ninguna obligación legal de firmar nada.

Todos los presentes se congregaron alrededor de la mesa de caoba de la sala principal. El silencio era espeso. Segundos después, las pesadas puertas dobles se abrieron de par en par.

Olivia West entró primero, manteniendo su paso firme y ejecutivo. Y justo detrás de ella… aparecieron David Blake y James Hale.

El tiempo se detuvo en seco en la habitación. Seis años. Seis malditos años de ausencias, mentiras y silencios sepulcrales se estrellaron contra las paredes del despacho.

Sienna dejó de respirar por completo. Sintió un impacto físico tan brutal en el pecho que, por puro instinto de supervivencia, subió una mano hacia su pecho y apretó con fuerza, a través de la tela de su blusa, el viejo relicario de plata que llevaba oculto bajo el traje, anudado secretamente a su cuello.

El frío del metal contra su piel fue lo único que le impidió desmayarse ante la imponente realidad que tenía enfrente.

David estaba completamente distinto. Más alto, más imponente y peligrosamente atractivo.

El traje oscuro, cortado a la medida exacta de su anatomía de atleta, resaltaba la imponente amplitud de sus hombros.

Su rostro había perdido por completo la suavidad de la adolescencia; ahora estaba gobernado por líneas rectas, maduras y severas.

Pero fueron sus ojos… Esos ojos verde azulados que una vez habían sido su único faro de honestidad y paz en el mundo, los que terminaron de destruirla.

Ya no quedaba ternura en ellos. La miraban con una indiferencia gélida, letal, como si estuviera frente a una completa desconocida.

Evelyn fue la primera en reaccionar. Haciendo acopio de toda la dignidad que le quedaba, intentó disimular el cúmulo de sensaciones asfixiantes que la invadieron al volver a ver a James después de tanto tiempo. Cruzó los brazos y forzó una sonrisa cargada de ironía.

—Vaya… —soltó Evelyn, rompiendo el silencio de la sala—. Quién lo diría. Otra vez reunidos como en los viejos tiempos. Una gran familia.

Olivia West, percibiendo de inmediato la corriente de electricidad y odio que flotaba en el aire, tomó la carpeta del fideicomiso y habló con perfecta neutralidad profesional:

—Señorita Bloom, le presento formalmente al socio mayoritario y dueño del cincuenta y cinco por ciento de las acciones de Bloom en entrevistas pospartido, en portadas de revistas de moda y en anuncios espectaculares gigantescos que adornaban las avenidas principales de Boston desde su fichaje con los Celtics .

Incluso —y ese era un secreto que se llevaría a la tumba— había viajado dos veces en secreto hasta Oklahoma junto a Evelyn solo para verlo jugar desde el anonimato.

Estuvo presente en la semifinal contra los Denver Nuggets y, meses después, en la mítica final donde el Oklahoma City Thunder se coronó campeón.

Claro que David jamás se enteró de su presencia. Ella se había sentado en las filas más altas del estadio, camuflada entre una marea de miles de fanáticos, aplaudiendo en silencio con las lágrimas quemándole los ojos, amándolo desde la más absoluta y dolorosa lejanía.

Pero ahora el mito se había desvanecido para dejar en su lugar al hombre de carne y hueso.

Estaba frente a ella, real. Era mucho más alto de lo que su memoria recordaba, o tal vez era que su sola presencia física ocupaba demasiado espacio en la habitación.

Los años de disciplina en la NBA habían transformado la elegancia natural del David adolescente en una masculinidad imponente y peligrosa.

Ya no quedaba rastro de aquellos rizos suaves que ella solía acariciar con la mirada; ahora llevaba el cabello corto, con un degradado prolijo a los lados que endurecía sus facciones.

El imponente reloj de titanio y platino que destellaba en su muñeca izquierda dejaba en claro que el chico becado de Andover había quedado enterrado en el pasado.

David también la examinaba, y por una fracción de segundo, el tiempo retrocedió con la violencia de un latigazo.

Sienna había cambiado. Mucho. La belleza dulce de la adolescencia se había madurado en una sofisticación elegante, serena y profundamente peligrosa.

Su cabello negro y brillante caía liso hasta la mitad de la espalda, y el traje de oficina realzaba la delicadeza de su silueta.

Pero no fue su aspecto lo que le asestó el golpe más duro a David.

Fue su mirada. Seguía teniendo esos ojos azulados capaces de desarmar cada una de las defensas que él había construido con tanto esmero en los últimos seis años.

Su corazón traicionero reaccionó exactamente igual que en el gimnasio de la escuela: demasiado rápido, demasiado fuerte.