Capítulo 12 Ventaja Emocional
Seis años y dos meses desde el entierro de Donald Bloom. El mismo tiempo exacto que marcaba la ausencia absoluta de David Blake. Y aunque Sienna jamás lo admitiría en voz alta, ambas pérdidas aún le dolían.
Boston se veía enorme y brillante a través de las ventanas de su departamento en el exclusivo barrio de Back Bay.
Afuera se sentía el calor de una noche de verano, pero la ciudad parecía lejana y fría, un reflejo de su propia vida.
Al mirarse en el vidrio, Sienna casi no se reconoció.
Ya no era la chica rica y consentida de Andover; ahora era la ejecutiva que intentaba con desesperación salvar un imperio familiar en ruinas.
Sienna cerró lentamente el ordenador portátil frente a ella, frotándose los ojos.
Las cifras rojas seguían ahí, implacables.
Cuando se graduó en Economía en Harvard e ingresó oficialmente a la empresa familiar, creyó que su misión sería modernizarla.
Nunca imaginó que su verdadero trabajo sería sostener las vigas mientras el techo colapsaba.
Durante décadas, la firma había sobrevivido gracias al peso aristocrático del apellido, a clientes heredados y a contactos antiguos.
Pero el mercado inmobiliario había cambiado drásticamente, y Luca, quien asumió la dirección general tras la muerte de su padre, había resultado ser un gestor nefasto.
Mientras las nuevas constructoras apostaban por proyectos ambiciosos, modernos y ecológicos, Bloom es la base obligatoria de su apellido.
Evelyn apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón, mirando fijamente el techo con los ojos cargados de frustración.
—A veces descubro cosas en el despacho que van en contra de todo lo que creo. Te juro que en cuanto apruebe el examen de la barra de abogados y tenga la licencia en la mano, me largo de su firma. Y para empeorar todo… ahora insiste en que debería sentar cabeza y casarme.
Sienna dejó escapar una pequeña exhalación, intuyendo la respuesta.
—Déjame adivinar.
Evelyn sonrió sin una pizca de humor.
—Oliver Miller.
Sienna hizo una mueca inmediata de absoluto desagrado.
—Dios mío.
—Sé perfectamente que Oliver me ayudó hace seis años cuando fingimos ser novios para alejar a James, y admito que con el tiempo dejó de caerme mal… pero no me veo casándome con él. Ni en un millón de años.
Sienna respiró profundamente, obligándose a soltar la carga que llevaba arrastrando toda la tarde.
—No quería darte malas noticias hoy, Ev… —La voz se le quebró, traicionándola—. Pero no puedo seguir aportando para los gastos de este departamento. La empresa está quebrada y no hay forma de salvar el proyecto del edificio. No me queda otra opción que empacar.
Evelyn abrió los ojos de inmediato, incorporándose en el sofá para mirarla con total seriedad.
—Lo siento muchísimo, Sienna. Sé perfectamente cuánto significa para ti mantener vivo el legado de tu padre —dijo con empatía real. Y del departamento ni hablemos. Desde el principio te insistí en que esta era tu casa, con o sin dinero. Pero eres jodidamente terca.
Sienna levantó la cabeza de golpe. El orgullo le encendió las mejillas.
—Ni loca, Evelyn. La respuesta es un no rotundo. No voy a aceptar caridad, ni siquiera viniendo de ti.
— ¿Cómo te atreves a hablar de caridad? —Evelyn dio un paso al frente, indignada—. Eres mi hermana. ¿O es que tú me abandonarías si yo estuviera en la calle?
—Por supuesto que no, Ev.
—Entonces no se hable más. —De algo tiene que servir todo el maldito esfuerzo que hago para mantenerme cerca de mi padre y facturar en su despacho —replicó, alzando una ceja con complicidad—.
Además, hicimos un pacto prometimos vivir juntas hasta que una de las dos se casara.
Y a menos que tengas un candidato oculto en el clóset, no pienso dejar que te marches.
Aquello logró arrancarle a Sienna una pequeña sonrisa.
—Sabes perfectamente que mi clóset está vacío.
Evelyn la observó un segundo antes de lanzar la pregunta que flotaba en el ambiente como una palabra prohibida:
— ¿Y cómo te sientes sabiendo que David acaba de firmar un contrato millonario con los Celtics ? Ahora que jugará aquí en Boston… van a estar jodidamente cerca.
El nombre de David cayó en la habitación con el impacto de un mazo. Sienna bajó lentamente la mirada hacia sus manos, descubriendo que, incluso después de seis años de absoluto silencio, escuchar ese nombre seguía doliendo en lo más profundo de su pecho.
—Hace mucho tiempo que perdí cualquier esperanza —susurró, con la voz apenas audible—.
David ahora es una superestrella de la NBA.
Tiene el mundo a sus pies y a todas las mujeres que desee a su alrededor.
—Intentó forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos—.
Y lo más probable es que todavía me odie con la misma intensidad por la mentira que mi hermano inventó aquella noche.
Evelyn negó con la cabeza de inmediato, cruzándose de brazos.
—Deberías obligarte a salir con alguien, Sienna. Faltan pocos meses para que cumplas veinticuatro años y no es normal que no hayas estado con un solo hombre en todo este tiempo. Te estás cerrando al mundo.
Sienna arqueó una ceja, devolviendo el ataque con rapidez.
—Mira quién habla del tema.
Evelyn se enderezó, fingiéndose ofendida.
—Disculpa, pero yo por lo menos tengo experiencia. Al menos lo intenté.
— ¿Te refieres a la cita a ciegas de hace dos años?—le recordó Sienna, soltando una carcajada genuina por primera vez en días—. Te recuerdo que regresaste a las diez de la noche diciendo que preferías la castidad eterna antes que volver a escuchar a un hombre hablar de su colección de yates.
Evelyn hizo una mueca de auténtico horror, recordando el fiasco, y terminó riéndose también, contagiada por la alegría de su amiga.
—Está bien, lo admito. Fue la peor cita de mi vida —concedió Evelyn, suavizando la mirada—. Bueno… quizá no soy el mejor ejemplo viviente de cómo superar un fantasma del pasado.
Sienna sonrió con ternura, mirando las luces de Boston a través del cristal. Sabía que, pasara lo que pasara con sus imperios familiares, al menos se tenían la una a la otra en mitad de la tormenta.
Boston brillaba bajo una lluvia torrencial cuando David Blake entró al despacho privado de James Hale.
El espacio ocupaba uno de los últimos pisos de Hale Corporate : un santuario de mármol oscuro, ventanales inmensos que devoraban el horizonte de la ciudad y muebles minimalistas que gritaban poder silencioso.
En medio de todo ese vacío perfecto, James seguía pareciendo alguien incapaz de descansar.
Sin embargo, al ver entrar a su amigo, una sonrisa legítima rompió la rigidez de sus facciones.
—Vaya… —James se reclinó en su silla ejecutiva—. Todavía no puedo creer que mi querido amigo sea la nueva superestrella millonaria de los Boston Celtics .
—No exageres, James.
James arqueó una ceja, incrédulo.
—Claro. Porque seguramente todos los jugadores firman contratos multimillonarios de entrada, ganan un campeonato de la NBA en Oklahoma y regresan con acuerdos de patrocinio con media industria deportiva. No sabes cuánto me alegra que hayas vuelto, David.