Capítulo 11 En Cancha Ajena #3
—¿Y ahora resulta que quieres hablar conmigo, Evelyn? — La miró fijamente a los ojos, quitándose cualquier máscara para revelar puro desprecio—. Bueno, no tengo absolutamente nada más que decirte. Por lo que a mí respecta, lo nuestro se acabó.
Sienna intervino antes de que Evelyn se desplomara por completo ante el rechazo.
— ¡James, detente! ¿Dónde está David? Necesito saberlo.
El nombre de su amigo solo sirvió para endurecer aún más las facciones de James. Sus ojos se volvieron dos ranuras de pura hostilidad.
—Jamás en tu maldita vida voy a decirte dónde está David, Sienna —escupió.
—James, te lo suplico… —la voz de Sienna se quebró, dando un paso hacia él con las manos suplicantes—. Todo lo que pasó anoche fue un terrible malentendido…
James soltó una carcajada amarga.
—Claro, un malentendido. Qué conveniente —los observó a ambas con un desprecio absoluto, barriéndolas con la mirada—. Y supongo que también fue un hermoso malentendido que Evelyn se estuviera besando con Oliver Miller. No pienso escuchar una sola mentira más viniendo de ustedes.
James se giró de golpe, dispuesto a subirse a su auto y desaparecer de sus vidas para siempre.
Sin embargo, a mitad de camino se detuvo en seco.
Se pasó una mano por el cabello, tomó aire y regresó a su vehículo.
Abrió la portezuela del copiloto, estiró el brazo y sacó una pequeña caja de madera de su interior.
Caminó de vuelta hacia ellas y, con una violencia contenida, lanzó la caja directamente hacia Sienna. Ella apenas logró atraparla entre sus manos temblorosas.
—Toma esto —sentenció James, con una voz que temblaba de pura rabia contenida—. A ver si viendo lo que hay ahí dentro terminas de entender, de una buena vez, el tamaño del daño que le hiciste a mi amigo.
La voz de James tembló esta vez, arrastrando una dolorosa mezcla de rabia y profunda tristeza. Desvió sus ojos inyectados en sangre hacia Evelyn, clavándole una mirada que ella no le conocía.
—Y tú… —hizo una pausa, tragándose el nudo que le asfixiaba la garganta—. A mí déjame en paz de una maldita vez. No te molestes en inventar más excusas, porque al igual que tú… yo ya estoy saliendo con alguien más.
Fue una mentira. Una mentira cruel, desesperada y perfectamente calculada para devolver el golpe que creía haber recibido. Evelyn sintió que el aire desaparecía de sus pulmones, dándose cuenta de que su idea de alejarlo había funcionado demasiado bien, incinerando el último puente que los unía.
James dio un paso atrás, barriendo a ambas con una última mirada cargada de desprecio, y soltó la frase que terminó de demolerlas:
—Definitivamente son tal para cual. Vayan a buscar a otros tontos de quienes burlarse.
Sin darles una sola oportunidad de replicar, James subió a su auto, encendió el motor con un rugido violento y aceleró a fondo.
El coche deportivo se alejó a toda velocidad, perdiéndose en la curva de la carretera secundaria.
El eco del motor desapareció rápidamente, instalando en la orilla del camino un silencio insoportable y helado.
Evelyn fue la primera en quebrarse por completo.
Se cubrió el rostro con ambas manos mientras las lágrimas escapaban sin ningún control entre sus dedos.
Sin embargo, Sienna apenas podía respirar; sus ojos estaban fijos en la pequeña caja de madera que James le había arrojado al pecho.
Con los dedos entumecidos y temblorosos, retiró la tapa.
Allí estaba un hermoso relicario de plata envejecida, con una lágrima de piedra lunar destellando débilmente bajo la luz del día.
Presionó el mecanismo lateral y el objeto se abrió con un chasquido suave.
Al mirar el ala derecha, sus ojos recorrieron las palabras grabadas con una caligrafía milimétrica y eterna:
"Sienna…Solo tú habitas en mi corazón. Te amo”
Las lágrimas desbordaron sus ojos inmediatamente, cayendo como gotas pesadas sobre el metal precioso. David la amaba. La amaba con una devoción pura y honesta. Y ella, por culpa de las cadenas de su propia familia, lo había perdido sin siquiera haber tenido la oportunidad de despedirse.
Completamente destruidas, las dos subieron al coche en silencio.
No había palabras capaces de llenar ese vacío, ni promesas que pudieran remendar algo que se había roto de forma tan definitiva.
Sienna encendió el motor de manera mecánica, con la mirada perdida en el parabrisas, sin saber hacia dónde conducir, cuando el repentino timbre de su teléfono celular rompió la pesadez del ambiente.
Contestó con torpeza, limpiándose una lágrima de la mejilla, esperando escuchar la voz airada de su madre o una burla de Luca.
Pero la voz al otro lado de la línea pertenecía a un policía: un tono solemne y formal que le heló la sangre desde el primer segundo.
Había habido un accidente en la autopista.
Un camión de carga. Su padre, Donald Bloom, había muerto en el acto.
El teléfono se le resbaló de las manos, golpeó la consola del coche antes de caer al suelo. Sienna sintió un vacío negro y ensordecedor abrirse en su estómago, como si el universo entero se hubiera arrancado de su eje para derrumbarse sobre ella.
La última mirada de amor y tristeza que su padre le había dado en el despacho antes de marcharse se transformó en una dolorosa despedida eterna. Ya no había abogados, ya no había divorcio, ya no había un futuro donde él pudiera ser feliz. Todo se había terminado.
Evelyn, al ver la palidez mortal en el rostro de su amiga y escuchar su respiración entrecortada, reaccionó por instinto y la abrazó de inmediato, cruzando el espacio entre los asientos.
La estrechó contra su pecho con una fuerza desesperada, aunque ella misma apenas tuviera las energías necesarias para sostenerse en pie.
Y mientras ambas lloraban desconsoladamente dentro de ese coche detenido al borde de la carretera, rodeadas por la tragedia, comprendieron una terrible y absoluta verdad: ahora solo se tenían la una a la otra.