A un Paso de Odiarte Capítulo 11 En Cancha Ajena #2
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Capítulo 11 En Cancha Ajena #2

Con delicadeza, la dejó caer sobre el asiento del copiloto, al lado del ramo de rosas rojas.

—Haz lo que quieras con eso —le dijo a James, con un desapego que asustaba—. Yo me voy mañana a primera hora.

James se giró bruscamente hacia él, con los ojos abiertos de par en par.

— ¿Qué? ¿De qué estás hablando?

—Ya no tengo absolutamente nada que hacer en Andover, James —la frase brotó de sus labios completamente vacía, desprovista de rencor, lo que la hacía aún más trágica—. Mi vuelo a California sale a las siete.

James apretó la mandíbula, tragándose el nudo que se le formaba en la garganta. Miró a su compañero, al hermano que la vida le había dado en el instituto, y forzó una sonrisa leve, una última línea de defensa contra la tristeza.

—Odio que te vayas de esta manera, hermano. Aunque… supongo que Stanford se acaba de ganar a un auténtico monstruo en el básquetbol.

David esbozó una pequeña risa sin vida, una mueca gris que desapareció tan rápido como llegó. Antes de abrir la portezuela, sostuvo la mirada de James con una seriedad implacable.

—Prométeme algo, James. Lo digo en serio.

—Lo que quieras, Blake. Dime.

—No le digas a Sienna dónde estoy. No le respondas ningún mensaje si pregunta por mí. Déjalo así.

Se produjo un silencio definitivo entre los dos, el pacto final de una amistad leal.

—Para mí… —la voz de David se quebró apenas una fracción de segundo, revelando la herida sangrante en su pecho, antes de recuperar la compostura—. Para mí, Sienna Bloom nunca existió.

James asintió lentamente, asumiendo el peso de la petición.

—Te lo prometo, David. Tu secreto está a salvo conmigo.

David bajó del auto sin mirar el asiento del copiloto. Cruzó el porche y entró a su casa, cerrando la puerta detrás de él con una firmeza absoluta, decidido a dejar atrás Andover y todo lo que alguna vez creyó posible en el amor.

Era media mañana cuando Luca regresó a la habitación.

Sienna seguía firmemente atada a la silla del tocador.

Tenía el maquillaje corrido, las muñecas adoloridas por el roce de las ligaduras y una rabia sorda consumiéndola viva.

Su hermano cerró la puerta tras de sí con una tranquilidad irritante.

Lo primero que hizo fue acercarse y arrancarle la mordaza de seda de un tirón.

Sienna tomó aire bruscamente, recuperando el aliento mientras tosía.

—Te tengo una excelente noticia, hermanita —soltó Luca, y la sonrisa burlona en su rostro hizo que ella deseara golpearlo con todas sus fuerzas—.

El perdedor de Blake no fue al baile con nadie más.

Así que, como parece estar tan estúpidamente enamorado de ti, tal vez te perdone el desliz de haber pasado la noche con Ethan.

Luca soltó una carcajada estridente antes de continuar con veneno:

—Aunque, siendo sincero, después de oír el brillante espectáculo de Scarlett gimiendo al otro lado de la línea… yo en tu lugar me lo pensaría dos veces antes de ir tras él. Solo vas a hacer el ridículo más espantoso de tu vida.

Sienna lo clavó con una mirada de odio tan puro y concentrado que Luca dejó de sonreír por una fracción de segundo, visiblemente incómodo.

—Te odio —susurró ella, con la voz temblando de furia—. Esto no se va a quedar así. En cuanto regrese papá, voy a contarle absolutamente todo lo que me hicieron.

Luca fingió un estremecimiento de terror, rodando los ojos con desprecio.

—Uy, miren cómo tiemblo. Te aviso que papá ya ni siquiera va a vivir aquí. Y en pocos días regreso a Harvard, así que tú también deberías ir empacando tus cosas.

Sienna apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Tenía que controlarse. Tenía que salir de esa habitación y encontrar a David antes de que fuera tarde.

—Relájate —dijo Luca, dando un paso al frente—. Te desato si prometes no intentar agredirme.

Sienna respiró hondo, tragándose el orgullo y la humillación.

—Te lo prometo.

Luca sonrió, satisfecho por su supuesta victoria, y se agachó para comenzar a desatar los nudos de sus muñecas. Fue un grave error. Apenas sintió las manos libres, Sienna acumuló toda su fuerza y levantó la rodilla con un impacto seco y brutal directo a la entrepierna de su hermano.

Luca se dobló por la mitad, cayendo de rodillas sobre la alfombra mientras ahogaba un gemido de agonía.

— ¡Maldita loca desquiciada! —bramó, con el rostro inyectado en sangre.

Pero Sienna ya no lo escuchaba. Salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras a trompicones, sosteniendo con ambas manos el vestido de satén color marfil, ahora arrugado y manchado por la odisea de la noche anterior.

Justo en el vestíbulo principal, bloqueando la salida como una estatua de mármol, apareció Katharine Bloom.

— ¿A dónde crees que vas en ese estado? —preguntó Katharine, cruzándose de brazos de forma impecable.

Sienna se detuvo apenas un segundo, con lágrimas de rabia desbordando sus ojos pero con la barbilla en alto.

—A luchar por lo que realmente quiero, mamá.

Katharine soltó una sonrisa mínima, carente de cualquier ápice de calor maternal.

—Jamás voy a perdonarte esta humillación, Sienna. Acepta de una vez por todas el lugar que te corresponde en este mundo. Ya verás cómo ese muerto de hambre solo estaba detrás de nuestro dinero.

—Me das náuseas —escupió Sienna, esquivándola por un costado.

Salió de la mansión antes de terminar de romperse en pedazos dentro de esas malditas paredes.

Eran pasadas las diez de la mañana. Sienna subió a su coche con las manos temblando de forma descontrolada sobre el volante.

Mientras arrancaba, marcó el número de David.

Buzón de voz. Otra vez. Nada. Marcó de nuevo.

La misma grabadora fría. La desesperación comenzó a cerrarle la garganta, dificultándole la respiración.

Condujo a toda velocidad por las calles de Andover hasta que frenó bruscamente frente a la casa de David.

Corrió hacia el porche y golpeó la madera con los puños.

Una vez. Dos. Cinco. El silencio sepulcral que emanaba del interior fue más doloroso que cualquier insulto de su madre.

El pánico se instaló en su pecho justo cuando una voz anciana interrumpió su crisis desde la vereda.

— ¿Buscas a los Blake, jovencita?

Sienna se giró de inmediato, con el corazón en la boca. Una vecina de avanzada edad la observaba con lástima desde el jardín de al lado.

—Sí… por favor, ¿sabe dónde están?

La mujer soltó un largo suspiro, ajustándose el suéter.

—Se mudaron esta misma mañana. Me dejaron las llaves.

El mundo dejó de sostener a Sienna. El aire se volvió imposible de respirar.

— ¿Qué…? —su voz se rompió por completo—. ¿A dónde se fueron?

La anciana negó lentamente con la cabeza.

—No lo sé, cariño. No dijeron nada.

Sienna sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

No podía ser verdad. David no podía haber renunciado a ella de esa manera, no después del beso, no después de la promesa de ir juntos al baile.

Con la vista cegada por el llanto, regresó al auto y condujo en un estado de trance directo a la residencia de Evelyn.

Evelyn abrió la puerta principal apenas escuchó el rechinar de las llantas. Al ver el vestido arrugado y el rostro destrozado de su amiga, supo que algo malo había pasado.

— ¿Sienna? ¿Qué te pasó?

Sienna se derrumbó en el umbral, rompiendo a llorar con un dolor que le desgarraba el pecho. Las palabras comenzaron a salir de su boca de forma atropellada y desesperada, como un río incontenible.

—Luca me encerró… me ató a la silla… Scarlett fingió ser yo y contestó mi teléfono estando con Ethan para que David creyera que me había acostado con él…

Evelyn abrió los ojos de par en par, horrorizada, cubriéndose la boca con una mano.

—No puedo creer que tu hermano haya sido capaz de una bajeza así —susurró—.

Sienna soltó una risa rota, carente de cualquier alegría, y negó despacio con la cabeza.

—Lo peor de todo, Evelyn, es que toda esta maldita trampa fue idea de mi madre. Pero ya no sé qué hacer. David no responde mis llamadas. Desapareció. Se mudó del pueblo. Intenté llamar a James para pedirle ayuda, pero creo que también me tiene bloqueada.

Evelyn bajó la mirada lentamente, asimilando la magnitud de la tragedia mientras una lágrima corría por su mejilla.

—Ya somos dos —confesó, con una sonrisa triste y amarga—. Yo también intenté buscar a James para explicarle lo de Oliver… pero es demasiado tarde. Me odia.

Sin embargo, Sienna negó de inmediato con una fuerza renovada, secándose las lágrimas de las mejillas con brusquedad.

—No pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo destruyen nuestras vidas —sentenció, y la firmeza en su voz sorprendió a su amiga—. Necesito encontrar a David. Necesito que me escuche y sepa la verdad. Así que nos vamos ahora mismo a la casa de James.

Evelyn levantó la vista, asustada.

—James no nos va a escuchar, Sienna. Está herido.

—Pues tendrá que hacerlo, ya sea a las buenas o a las malas —decretó Sienna, tomándola del brazo.

Evelyn respiró profundamente, contagiándose de la férrea determinación de su amiga, y finalmente asintió.

—Está bien. Yo también voy a luchar por lo que siento.

Subieron al coche de Sienna. Evelyn prefirió dejar el suyo para no levantar sospechas ni arriesgarse a que los espías de su padre la vieran.

Pocos minutos después, llegaron a las inmediaciones de la propiedad de los Hale, justo en el instante en que el auto deportivo de James cruzaba la reja principal a toda velocidad.

— ¡Síguelo! —ordenó Evelyn de inmediato.

Sienna hundió el pie en el acelerador. James notó la persecución casi de inmediato por el espejo retrovisor. Molesto y cansado de los juegos, terminó frenando bruscamente al borde de la carretera.

James bajó del auto como una tormenta. Se veía demacrado, frío y profundamente herido debajo de su habitual fachada de chico imperturbable.

— ¿Qué demonios pretenden siguiéndome de esta manera? —bramó, plantándose frente al coche de Sienna.

Evelyn dio un paso adelante, con el corazón latiéndole en las orejas.

—James, por favor, no respondes mis llamadas…

James soltó una risa seca, cortante como el hielo.