Capítulo 11 En Cancha Ajena
Sienna estaba lista media hora antes de la cita, y jamás se había sentido tan nerviosa en toda su vida.
El vestido color marfil abrazaba con suavidad cada curva de su figura antes de caer con una elegancia fluida hasta el suelo.
El satén reflejaba tenuemente la luz de la habitación, creando destellos suaves y perlados con cada uno de sus movimientos.
La cintura ajustada realzaba la delicadeza natural de su silueta, mientras que la espalda descubierta añadía una sensualidad sutil y sofisticada. El cabello le caía en ondas perfectas.
Por primera vez en mucho tiempo, se sentía legítimamente feliz. Esa noche no iba al baile para cumplir con un protocolo social ni para alimentar el estatus de su apellido. Iba por David. La sola idea provocó que una sonrisa genuina se dibujara en su rostro frente al espejo.
Hasta que la puerta de su habitación se abrió de golpe, sin previo aviso.
Era Luca. Detrás de él, entraron Scarlett y Ethan. La sonrisa de Sienna se evaporó al instante.
— ¿Qué demonios hacen aquí? —preguntó, dando un paso atrás.
Luca cerró la puerta con una parsimonia calculadora. Demasiada calma. La expresión fría y sombría de su hermano hizo que un escalofrío letal recorriera la espina dorsal de Sienna.
—Mamá me autorizó a asegurarme de que no salgas de esta casa con ese rufián —soltó Luca, cruzándose de brazos.
Sienna se enderezó de inmediato, con los ojos encendidos en rabia.
— ¿Perdón? ¿De qué estás hablando?
—Ya me escuchaste —Luca avanzó un paso, acortando la distancia—. No vamos a permitir que arrastres el apellido de la familia por el fango.
—Quítate de mi camino, Luca.
Pero su hermano no se movió ni un solo centímetro.
En ese preciso instante, el teléfono celular de Sienna vibró sobre el tocador.
En la pantalla brilló un nombre: David .
Antes de que ella pudiera estirar la mano, Ethan se adelantó con reflejos rápidos y atrapó el aparato.
Miró la pantalla y dibujó esa sonrisa perfecta y venenosa que Sienna ahora detestaba.
—Vaya, miren quién es… el becado —se burló Ethan.
—Dámelo, Ethan. Devuélvemelo ahora mismo —exigió Sienna, con la voz temblando de pura impotencia.
Scarlett soltó una pequeña risa burlona desde el fondo.
—Ay, pero qué romántico. El muerto de hambre viene al rescate.
Todo lo que siguió ocurrió en una fracción de segundo, con la velocidad de una pesadilla. Luca avanzó y sujetó los brazos de Sienna por la espalda con un agarre de hierro, mientras Scarlett se agachaba para inmovilizarle las piernas contra la silla del tocador.
— ¡Suéltenme! ¡Luca, déjame ir! ¡Eres un monstruo! —gritó Sienna, forcejeando con todas sus fuerzas, sintiendo cómo el satén de su vestido se arrugaba.
Ethan ignoró sus gritos. Con total frialdad, estiró la mano hacia el tocador y tomó un pañuelo de seda largo que descansaba allí.
—No compliques más las cosas, Sienna. Esto es por tu propio bien —dijo él, con una voz desprovista de cualquier rastro de humanidad.
Sienna pataleó, arañó y gritó hasta vaciar sus pulmones, pero la fuerza conjunta de los tres la doblegó por completo.
Con cintas gruesas, la aseguraron firmemente a la pesada silla de madera.
En el instante en que Ethan se inclinó para amordazarla con el pañuelo, extinguiendo su voz, el verdadero terror se le clavó en el pecho.
Las lágrimas desbordaron sus ojos, calientes y amargas. No lloraba por el dolor físico ni por el miedo a lo que pudieran hacerle; lloraba por David, que estaba allá afuera, esperándola con el corazón abierto.
Mientras tanto, en la entrada de la propiedad, David esperaba dentro del coche de James. Sentía que el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que amenazaba con romperle las costillas. James le había prestado su auto tras negarse rotundamente a asistir al baile, y David entendía su dolor.
David vestía un traje negro hecho a la medida que le quedaba impecable; era elegante sin proponérselo.
La camisa blanca inmaculada resaltaba el tono cálido de su piel, y su cabello, arreglado con cuidado pero dejando libres sus rizos naturales, le daba un aire peligrosamente atractivo.
Sobre el asiento del copiloto descansaba la pequeña caja de madera que contenía el relicario de plata y un ramo de rosas rojas perfectas.
David miró el reloj del tablero. Sonrió con un deje de nerviosismo y tomó su teléfono.
Marcó el número de Sienna. Una llamada. Sin respuesta.
Volvió a marcar. Nada. Frunció ligeramente el ceño, sintiendo una punzada de extrañeza.
Ella le había pedido explícitamente que la esperara afuera para evitar confrontaciones, pero la demora ya era inusual.
La inquietud empezó a ramificarse por su cuerpo.
Finalmente, apagó el motor, salió del coche y caminó a paso firme por el sendero de piedra hasta la imponente puerta principal de la residencia Bloom.
Esperaba que el mayordomo lo recibiera, pero quien abrió la puerta fue la mismísima Katharine Bloom.
Lucía impecable, aristocrática y gélida, como si estuviera esculpida en mármol.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Katharine, recorriéndolo con una mirada que rebajaba su existencia a la nada.
David tragó saliva, manteniendo la postura y obligándose a sostenerle la mirada.
—Buenas noches, señora Bloom. Vine por Sienna. Debe estar por bajar.
Katharine lo observó durante unos segundos eternos. Luego, con una calma espeluznante y sin el menor rastro de remordimiento, soltó la mentira:
—Sienna ya se fue al baile de graduación con Ethan.
El mundo de David se detuvo en seco. El aire se volvió de plomo.
—Eso… eso no es posible —consiguió articular, y la frase salió como un acto reflejo de su mente—. Ella rompió con él.
Katharine esbozó una pequeña sonrisa. Una mueca cruel, sofisticada y devastadora.
—Te falta mucha experiencia en este mundo, niño —su voz destilaba una superioridad aplastante—.
Las parejas de nuestra clase pelean constantemente.
Es parte del juego. Luego se dan cuenta de lo que les conviene y vuelven.
Deberías olvidarte de mi hija de una vez por todas.
Ella nunca estuvo, ni estará, a tu nivel.
Hizo una breve pausa, y sus ojos se volvieron dos rendijas de desprecio absoluto antes de añadir:
—Los Bloom jamás nos mezclaríamos con un mestizo de tu clase. Buenas noches.
La pesada puerta de madera se cerró en su cara con un golpe seco.
David bajó lentamente los escalones del porche, con la mirada perdida en el suelo.
El impacto del insulto fue silencioso, pero brutal; le desgarró el orgullo y, por primera vez en su vida, el veneno de la duda se filtró en sus venas.
¿Y si Katharine tenía razón? ¿Y si Sienna solo lo había usado como un refugio temporal tras la pelea con Ethan y ahora había regresado a su realidad perfecta?
Volvió al coche en un silencio sepulcral, sintiendo que las manos le temblaban ligeramente sobre el volante. Desesperado por una señal, por una voz que desmintiera la crueldad de Katharine, marcó nuevamente el número de Sienna.
Al fin, la llamada entró. El sonido de la línea abierta hizo vibrar el pecho de David con una oleada de esperanza, pero la voz que rompió el silencio al otro lado de la línea no era la que él esperaba.
—Ah… así me gusta, mi cielo… Me encanta cómo te abres para mí —la voz de Ethan llegó a través del altavoz, cargada de una falsa e hiriente intimidad, arrastrando las palabras con malicia. De fondo, la voz de Scarlett fingió unos gemidos ahogados, simulando un encuentro pasional.
David colgó el teléfono inmediatamente, dejándolo caer sobre el asiento como si el aparato lo estuviera quemando.
El silencio volvió a inundar el coche, pero esta vez era un silencio sepulcral.
Miró el ramo de rosas y la pequeña caja del relicario donde había mandado a grabar que ella era su única verdad.
Qué estúpido había sido. En ese segundo, todos los castillos de naipes que David había construido alrededor de Sienna se desplomaron, sepultándolo bajo los escombros de una humillación perfecta.
Encendió el motor y aceleró, alejándose de esa propiedad sin mirar atrás.
James abrió la puerta principal en el preciso instante en que David estacionó el coche.
Bastó una sola mirada a la silueta desmoronada de su amigo bajo las luces del porche para comprender que la noche había salido terriblemente mal.
No había rastro del chico ilusionado que había salido por la mañana; en su lugar, solo quedaba una sombra vacía.
— ¿Qué demonios pasó? —preguntó James, cortando el aire con urgencia.
David avanzó mecánicamente hacia la sala y, con una voz desprovista de cualquier matiz de vida, se lo contó todo.
Cada palabra de Katharine Bloom, el desprecio clasista en la puerta de la residencia, el tono triunfante de Ethan y los jadeos que escuchó a través del teléfono.
No omitió ningún detalle, como si al verbalizar la humillación pudiera obligar a su propia mente a asimilar la realidad.
James permaneció en un silencio sepulcral durante un largo rato, con la mirada fija en el suelo y los puños apretados dentro de los bolsillos. Al final, soltó una risa amarga y desganada.
—Increíble… —murmuró, pasándose una mano por el rostro con evidente frustración—. Parece que Evelyn y Sienna están cortadas exactamente con la misma tijera. Ambas son expertas en jugar con nosotros.
David no respondió. Se quedó sentado mirando sus propias manos, incapaz de articular una defensa. Ya no le quedaban fuerzas para justificar a nadie, ni siquiera a la chica que hasta hace unas horas consideraba su único refugio.
El trayecto final en el auto hacia la casa de David fue espeso, gobernado por un silencio pesado.
Cuando el motor finalmente se apagó frente a su hogar, David estiró la mano hacia el tablero y tomó la pequeña caja de madera que resguardaba el relicario de plata.
La observó apenas un segundo, sintiendo el filo de la frase grabada quemándole la memoria.