A un Paso de Odiarte Capítulo 10 Todo Menos un Juego
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Capítulo 10 Todo Menos un Juego

El gran día del baile de graduación había llegado, y David Blake llevaba despierto desde las seis de la mañana. No era por culpa de los nervios, o al menos no únicamente; era esa clase de emoción densa que aprieta el pecho y hace que incluso el aire matutino se sienta distinto al respirar.

Esa noche iba a confesarle a Sienna todo lo que guardaba en el alma.

No lo había hecho la noche anterior, cuando ella lo besó en su sala, porque se negó a abrumarla.

Sienna ya cargaba con demasiadas heridas abiertas: la ruptura con Ethan y el repentino caos familiar.

David no quería convertirse en una presión más, así que eligió la paciencia.

Decidió esperar una velada que prometía ser mágica si todo salía según lo planeado.

Muy temprano, el auto de James avanzaba por las calles de Andover bajo un cielo limpio de primavera. James conducía con una sola mano sobre el volante, manteniendo el rostro serio. Demasiado serio. David lo observó de reojo, rompiendo el tenso silencio.

— ¿Qué pasó realmente con Evelyn?

La mandíbula de James se tensó al instante, y sus nudillos se volvieron blancos contra el cuero del volante.

—Me equivoqué con ella —respondió, con una frialdad cortante.

David frunció el ceño, extrañado por su tono.

— ¿Por qué dices eso?

James soltó una risa amarga que no ocultaba el dolor.

— Porque apenas un día después de dejarme, ni siquiera se molestó en contestar mis llamadas. Y luego… —hizo una pausa, tragándose la rabia— entro a redes sociales y me encuentro con una foto de ese imbécil de Oliver Miller besándola.

David guardó silencio unos segundos, procesando la información.

— ¿Quién es Oliver Miller?

—No lo conoces. Se graduó de Andover hace dos años —explicó James, clavando la mirada en la carretera—. Es un cretino aristócrata. Pero las familias Taylor y Miller son aliadas históricas.

—Quizá no es lo que parece, hermano —intentó calmarlo David.

James soltó otra exhalación seca.

— ¿Ah, no? Entonces explícame por qué me evita como si fuera un extraño.

—Su voz bajó un octavo, volviéndose extrañamente vulnerable—.

Aun así… quería darle el beneficio de la duda.

Quería que me diera una maldita explicación.

Pero ya no importa. Cueste lo que cueste, voy a obligarme a olvidar que alguna vez amé a Evelyn Taylor.

—Lo siento mucho —dijo David con sinceridad.

James exhaló lentamente, sacudiendo la cabeza para espantar los fantasmas.

—Ya no hablemos de mi desastre —pidió, mirándolo de reojo con una leve sonrisa—. Prefiero concentrarme en el hecho de que tú por fin vas a estar con la chica que te quita el sueño.

El comentario hizo que David sonriera con timidez, frotándose las manos nerviosas.

—Aún no sé si ella realmente vaya a aceptarme como algo más.

James arqueó una ceja, incrédulo.

—Te besó anoche, Blake. En tu propia casa.

—Sí, pero… —David suspiró, mirando el tablero—. Hay demasiadas cosas complicadas entre nosotros. Su mundo y el mío.

James guardó silencio un instante antes de soltar la pregunta que flotaba en el aire:

— ¿Y qué vas a hacer con Stanford ?

David desvió la mirada hacia la ventana. Ahí residía el verdadero dilema.

—Hace una semana, cuando estaba convencido de que no tenía ninguna oportunidad con Sienna… acepté la propuesta —confesó, pasándose una mano por la nuca—. Tenía planeado tomar un vuelo a California mañana mismo, justo después del baile.

—¿Y ahora?

David soltó una pequeña risa carente de humor.

—Ahora no tengo la menor idea. Podría rechazarla, elegir Harvard y quedarme a su lado. Pero mi madre estaba tan ilusionada con la idea de regresar a Riverside… No quiero quitarle esa felicidad, pero tampoco quiero alejarme de Sienna.

James asintió con lentitud. Entendía el dilema del deber familiar mejor que nadie.

—Aunque no voy a mentirte —añadió James para aligerar el ambiente—, yo hubiera preferido que aplicaras a Yale conmigo.

David soltó una carcajada limpia.

Se dirigieron al centro de Andover y se detuvieron frente a una tienda de antigüedades oculta entre dos imponentes edificios de ladrillo rústico.

Era un rincón pequeño, impregnado de un aroma a papel viejo, madera noble y polvo acumulado; un refugio repleto de relojes detenidos y objetos desgastados que parecían custodiar secretos de vidas pasadas.

David la había visto mil veces al pasar, pero jamás se había atrevido a cruzar el umbral.

Mientras James observaba distraído unas monedas de plata en un rincón, David caminó hacia una vitrina de cristal al fondo del local. Y entonces, lo vio. Supo de inmediato que era ese.

El relicario era una pieza única, labrada a mano en plata esterlina envejecida.

No tenía la ostentación brillante de las joyas que solía usar la madre de Sienna, sino una elegancia íntima, casi mística.

Su superficie exterior estaba grabada con el relieve sutil de unas ramas de sauce entrelazadas, cuyas hojas parecían moverse según el ángulo de la luz.

En el centro, engastada con delicadeza, brillaba una pequeña lágrima de piedra lunar, una gema translúcida que destellaba destellos azules y violáceos, como el cielo justo antes del amanecer.

—Ese objeto perteneció a una mujer inglesa en la primavera de 1918 —comentó la voz pausada del anciano dueño de la tienda, apareciendo detrás del mostrador—.

Lo llevaba siempre suspendido de una cadena fina, justo sobre el latido de su corazón.

Dicen que sobrevivió a una guerra esperando un regreso.

David lo tomó entre sus manos con un cuidado reverencial.

Al presionarlo, el mecanismo cedió con un chasquido suave.

En el ala izquierda había un diminuto espejo de borde biselado,  diseñado para reflejar la mirada de quien lo abriera.

El ala derecha mostraba una pequeña placa pulida y lista para para una inscripción.

Sus dedos recorrieron el frío metal. En su mente, visualizó la escena exacta: Sienna abriéndolo bajo las luces del baile, descubriendo el secreto en su interior.

James se colocó a su lado, observando la joya en la palma de su amigo.

—Esa es, hombre. Deja de buscar.

David tragó saliva, sintiendo un vuelco en el estómago. Definitivamente, valía la pena gastarse sus ahorros para ver el rostro de Sienna cuando le entregue el obsequio.

James sonrió de medio lado.

—Se te nota en los ojos, Blake. Uno solo mira así un objeto cuando ya tiene grabada la cara de la persona que lo va a usar.

Minutos después, en el taller del fondo, David observó en silencio cómo el joyero utilizaba un buril milimétrico para esculpir de forma limpia y eterna las palabras que dictó desde lo más profundo de su pecho. Una frase que huía de los clichés, nacida para quedarse grabada en el alma de Sienna:

"Sienna, solo tú habitas en mi corazón, te amo."

Al mismo tiempo, en la residencia Bloom, Evelyn irrumpió en la habitación de Sienna, estaba completamente alterada, con el maquillaje arruinado y los ojos inyectados en sangre a causa del llanto.

—No voy a ir al baile, Sienna —soltó a quemarropa, con la voz rota por el dolor.

Sienna se levantó de inmediato de la mesa de noche, dejando de lado sus cosas.

— ¿Qué? ¿De qué estás hablando?

—No puedo hacerlo. No tengo las fuerzas para ponerme un vestido estúpido y ver a James a la cara. Simplemente no puedo.

Sienna se acercó rápidamente y le tomó las manos, intentando infundirle un poco de cordura a través de una sonrisa forzada.

—Evelyn, por favor, mírame. No puedes hacer esto. Hemos estado planeando y soñando con este baile desde que éramos niñas. ¿Qué pasó?

Evelyn soltó una risa rota, ahogada por un nuevo sollozo, mientras se soltaba del agarre de su amiga para abrazarse a sí misma.

—Mi padre descubrió lo mío con James, Sienna. Alguien le fue con el chisme.

A Sienna se le heló la sangre.

— ¿Qué? ¿Cómo?

—No lo sé, pero anoche me armó un infierno—confesó Evelyn, y las lágrimas volvieron a desbordarse por sus mejillas, borrando cualquier rastro de compostura—.

Me dejó jodidamente claro que jamás aceptará que una Taylor se relacione con un Hale.

Que los negocios y el apellido de la familia están primero.

Incluso… —su voz se quebró por completo— amenazó con arruinar a James.

Y no sé por qué, pero lo que vi en sus ojos me aterrorizó.

Sienna se quedó completamente inmóvil en mitad de la habitación, sintiendo cómo las asfixiantes cadenas de oro de su mundo social se cerraban con fuerza alrededor del cuello de su mejor amiga.

—Tuve que besar a Oliver, Sienna —confesó Evelyn, ahogando un sollozo mientras apretaba los puños—.

Necesitaba que James me odiara. Le pedí ayuda a Oliver para que finjamos ser novios por un tiempo; es la única forma en que puedo alejar a James de mí.

Ya que, no soy lo suficientemente fuerte como para mirarlo a los ojos y mantener la mentira de que ya no lo amo.

Sienna abrió la boca, retrocediendo un paso, completamente incrédula ante lo que acababa de escuchar.

—No puedo creer que hayas llegado tan lejos, Evelyn —dijo, con un hilo de voz—. Ni siquiera soportas estar en la misma habitación con Oliver Miller.

— ¡Lo sé! —Gritó Evelyn, cubriéndose el rostro con ambas manos mientras los hombros le temblaban por el llanto—. Te juro que lo sé. Pero estaba desesperada, Sienna. No vi otra salida para protegerlo de mi padre.

Sienna se sentó en el borde de la cama, justo al lado de ella, y le rodeó los hombros con suavidad pero con firmeza.

—Tienes que hablar con James y contarle la verdad. Ahora mismo.

Evelyn negó de inmediato con la cabeza, con una terquedad nacida del miedo.

—No tiene caso. Ya es tarde.

—Claro que lo tiene, Evelyn. No puedes construir una muralla de mentiras solo para huir.

— ¡Es que no lo entiendes! —Su voz se quebró por completo, rasgando el silencio de la habitación—. Hay demasiados obstáculos reales entre nosotros. No es una rabieta de adolescentes; es mi familia entera jugando al ajedrez con mi vida.

Sienna suspiró profundamente, asimilando la gravedad de la situación, pero negándose a dejar que su amiga se rindiera.

—Entonces manténganlo en secreto por un tiempo —propuso con cautela, sosteniéndole la mirada—. Harvard y Yale están a un paso de distancia. Ambos serán independientes muy pronto, lejos del control de sus padres. No destruyas algo tan puro y grande solo porque tienes miedo de pelear.

Evelyn la observó en silencio. En sus ojos hinchados se reflejó un destello de anhelo, como si deseara con todas sus fuerzas creer en las palabras de Sienna.

Sin embargo, la realidad de su hogar pesaba más; sabía perfectamente que, tras el descubrimiento de su padre, cada uno de sus movimientos estaría bajo estricta vigilancia.

Finalmente, haciendo un esfuerzo sobrehumano, Evelyn se secó las últimas lágrimas con el dorso de la mano e intentó esbozar una sonrisa.

—Es mejor que dejes de preocuparte por mi desastre… y me cuentes cómo te sientes tú —pidió, cambiando de tema para aliviar la tensión—. Esta noche será tu primera cita real con David Blake.

Al escuchar ese nombre, la expresión de Sienna cambió por completo. Una pequeña risa, limpia y cargada de una timidez que jamás había experimentado, escapó de sus labios.

—Estoy muy emocionada —confesó, sintiendo que las mejillas se le encendían levemente—. Demasiado, a decir verdad.

Se puso de pie y caminó unos pasos hacia la ventana, contemplando los jardines de la propiedad bajo la luz de la tarde.

—Siento que lo mío con David… es completamente distinto a todo lo que imaginé —admitió, con los ojos brillando de una forma especial—. Se siente único.

Evelyn la observó desde la cama. Por primera vez desde que había entrado a la habitación con el corazón roto, una sonrisa sincera y legítima iluminó sus facciones.

—Entonces lucha por eso con uñas y dientes, Sienna. No lo dejes ir.

Sienna asintió lentamente, apretando los puños a los costados de su cuerpo. La firmeza y la determinación que vibraron en su propia voz la sorprendieron incluso a ella misma.

—Lo haré —sentenció con absoluta madurez—. Vi de frente la mentira en la que viven mis padres y el precio de salvar las apariencias. No voy a terminar como ellos.

Miró a su amiga con fijeza, sellando una promesa silenciosa.

—Y por esa misma razón, tampoco deberías darte por vencida con James. El miedo es un pésimo consejero.

Evelyn bajó la mirada hacia sus propias manos, guardando un silencio rumiante. La inseguridad seguía allí, instalada en su pecho, pero la semilla de duda que Sienna acababa de sembrar ya comenzaba a quebrar su determinación.