Capítulo 9 Sin Tiempo Extra #4
—Mi matrimonio con tu madre fue un acuerdo entre familias.
Yo fui un cobarde, Sienna. —Sus ojos se llenaron de una profunda amargura—.
Debí haberme rebelado hace muchos años, pero no lo hice.
Katharine nunca me amó; de hecho, nunca nos amamos realmente.
Para ella, el estatus y el apellido siempre fueron más importantes que cualquier sentimiento.
Se pasó una mano por el rostro, reviviendo años de frustración.
—Intenté salvar nuestro matrimonio muchas veces, te lo aseguro. Pero era como vivir con un témpano de hielo. Cuando conocí a Astrid… —La culpa tiñó su voz por un segundo—. Le pedí el divorcio a tu madre antes de serle infiel. No quería hacer las cosas mal.
Sienna levantó la mirada, genuinamente sorprendida.
— ¿Y qué te dijo ella?
—Dijo que jamás me daría el divorcio —respondió Donald, con una risa amarga que helaba la sangre—.
Me dijo que podía tener las amantes que quisiera, siempre y cuando mantuviéramos las apariencias de una familia feliz ante la sociedad.
No quería perderlos a ti y a tu hermano Luca, por eso me quedé.
Pero ahora tú también te irás pronto a la universidad.
Ya no puedo seguir viviendo en esta mentira.
No amo a Katharine, y cada día en esta casa se ha vuelto un suplicio.
Los ojos de Sienna empezaron a llenarse de lágrimas al procesar la dura realidad.
—Perdóname, hija —la voz de Donald se quebró por primera vez—. Pero necesito luchar por mi propia felicidad, aunque sea una vez en la vida.
Sienna no sabía qué sentir; el juicio que había construido contra su padre se derrumbaba, dejando en su lugar una profunda empatía. De pronto, la puerta del despacho se abrió bruscamente, interrumpiendo la intimidad del momento.
Era Luca, seguido de cerca por Katharine.
— ¿Cómo te atreves? —Escupió Luca, con el rostro desencajado por la furia—. ¿Vas a dejar a mamá por una arribista cualquiera?
Donald se puso de pie de inmediato, enderezando la espalda con una presencia imponente.
—Cuida tus palabras, Luca —sentenció. La autoridad en su voz hizo vibrar el aire del despacho—. No voy a permitirte ni una sola falta de respeto en mi presencia.
Luego, desvió la mirada hacia su esposa, manteniendo una calma tensa.
—No deberíamos involucrar a nuestros hijos en esto, Katharine. TúSabes perfectamente que este matrimonio murió hace años; solo hemos estado arrastrando el cadáver.
Katharine levantó el rostro con un orgullo helado, sin que un solo mechón de su cabello se moviera.
—Lo único importante aquí es lo que piense la gente —cortó ella, con una voz que parecía una navaja—. Un divorcio será un escándalo imperdonable para ambas familias. No me importa tu concepto de un matrimonio muerto.
En ese preciso instante, Sienna lo entendió todo.
Entendió la frialdad de su hogar, las cenas silenciosas y por qué nunca se había sentido realmente feliz en esa casa.
Al mismo tiempo, experimentó un alivio inmenso por haber tenido el valor de dejar a Ethan antes de terminar atrapada en una jaula de oro similar.
—Mamá, por una vez en tu vida, olvida las malditas apariencias —intervino Sienna, dando un paso al frente y sorprendiendo incluso a su hermano—. Deja que papá sea feliz de una vez.
Katharine giró lentamente la cabeza hacia ella, clavándole una mirada despectiva.
—Siempre estuviste demasiado del lado de tu padre —escupió con desprecio—. Ingrata.
Luca soltó una risa seca y provocadora.
—Es típico de Sienna. Juntándose con los muertos de hambre de la escuela… claro que va a defender una bajeza como esta. Dejar a mamá, la mujer más hermosa de todo el condado, por una cualquiera. Qué gustos tan miserables tienes, papá.
El rostro de Donald se endureció por completo. La mandíbula se le tensó al límite mientras se contenía.
—Te lo advertí, Luca.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, Donald avanzó dos pasos y atrapó a su hijo fuertemente por la solapa de la chaqueta, arrinconándolo. Sienna, temiendo que la violencia física destruyera lo último que quedaba de su familia, intervino de inmediato, colocándose entre ambos.
—¡Papá, no! ¡Por favor, suéltalo! —suplicó, tocándole el brazo.
Donald respiró hondo, miró a su hijo a los ojos con una decepción profunda y lo soltó con un empujón firme que lo hizo retroceder hasta los brazos de Katharine, quien sostuvo a su hijo con evidente indignación.
—Volveré a Boston—anunció Donald, caminando hacia el perchero para tomar su abrigo con movimientos lentos y decididos—. Cuando todos estén más calmados, mis abogados se pondrán en contacto contigo, Katharine. Porque esta vez no pienso ceder ante tus amenazas.
Antes de cruzar el umbral, se detuvo frente a Sienna. La miró con una mezcla de profunda tristeza y amor incondicional, extendiendo sus brazos para darle un abrazo protector.
—Todo va a estar bien, mi niña —le susurró al oído.
Sienna se aferró a él por última vez en esa habitación.
Ambos sabían, en el fondo de sus corazones, que las cosas se habían roto de forma definitiva y que ya nada volvería a ser igual en la residencia Bloom.
Pero mientras veía a su padre marchar por el pasillo, Sienna sintió que, por primera vez, el aire de la casa ya no era tan asfixiante.