Capítulo 9 Sin Tiempo Extra #2
Sienna intentó procesar la información. Sabía lo estricta que era la familia de su amiga con la educación de la Ivy League.
—Pero… ¿Qué te dijo cuándo lo descubriste?
—Se defendió atacándome —dijo Evelyn, secándose las mejillas con brusquedad—. Dijo que yo tampoco lo amaba porque solo le estaba imponiendo mis propios sueños, sin importarme los suyos.
Sienna guardó silencio, analizando la situación de manera objetiva. Evelyn continuó, abrazándose a sí misma como si tuviera frío.
—Tú sabes perfectamente cómo funciona esto, Sienna.
Si yo estuviera en su lugar, iría a Yale por él sin pensarlo dos veces.
Dejaría mis planes de lado por amor, pero no estoy en posición de elegir, en cambio James es hijo único.
Aunque decepcione a su padre temporalmente, sigue siendo el único legado Hale.
Tarde o temprano lo perdonarán. En cambio, yo tengo que competir cada maldito día con mi hermano para demostrarle a mi padre que una mujer también puede darle prestigio al apellido Taylor.
Harvard es mi pase de entrada para que me tome en serio.
— ¿Le explicaste eso a James?
Evelyn negó lentamente con la cabeza.
—No tenía caso. Él ya tomó su decisión y prefirió jugar a las escondidas conmigo.
—No te mintió, Evelyn —opinó Sienna con cuidado, tratando de ser justa—. Te lo omitió. Sé que duele, pero no es exactamente lo mismo.
Evelyn levantó la cabeza, con los ojos inyectados en sangre.
—Para mí es lo mismo. ¿De qué lado estás, Sienna?
—Del tuyo, siempre —respondió de inmediato, acercándose para tomar sus manos—. Pero se aman. Yale y Harvard están a solo dos horas de distancia en auto. No es como si James fuera a mudarse al otro lado del océano.
—No lo entiendes —susurró Evelyn, rompiéndose por completo—. Es mejor terminar ahora que esto apenas está empezando. Si ya tenemos que escondernos de nuestras familias y ocultarnos verdades básicas ahora… imagina lo que sería el resto de nuestras vidas.
Sienna no supo qué responder. Las dinámicas de poder y las expectativas de sus padres eran jaulas de oro demasiado pesadas. No había palabras de consuelo que cambiaran eso, así que simplemente la atrajo hacia ella y la abrazó con fuerza.
—Estoy contigo —le aseguró al oído—. Siempre.
Mientras tanto, en el otro extremo de Andover, el ambiente en la casa de David no era mucho mejor.
James estaba sentado en el sofá de la sala, inclinado hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas y la mirada clavada en la alfombra.
Parecía exhausto, despojado de esa armadura de seguridad que siempre llevaba en el instituto. Se veía dolorosamente humano.
—Me dejó, hermano. Así de fácil.
David lo observó en silencio desde el marco de la cocina, sosteniendo dos tazas de café. Caminó hacia la sala y dejó una frente a su amigo.
—Y lo peor de todo —continuó James, soltando una risa amarga— es que entiendo perfectamente por qué está molesta. Lo que no entiendo es por qué ni siquiera quiso escuchar mis razones.
—Se sintió traicionada, James. Pensó que construían un futuro juntos y descubrió que por ahora no será posible—respondió David, sentándose en el sillón individual.
—Yo nunca le prometí Harvard —replicó James de inmediato, con una frustración contenida que amenazaba con desbordarse—.
Esa fue una idea que ella asumió desde el principio y yo me callé para no romper la burbuja.
Para los Hale, Yale no es una opción de carrera; es una maldita tradición familiar.
Mi abuelo, mi padre… todos fueron allí. ¿Cómo se supone que le explico el peso de esa herencia sin que piense que la estoy ignorando?
David permaneció en silencio, dándole el espacio que necesitaba para desahogarse.
—Nunca le pedí que renunciara a sus metas por mí —añadió James, pasándose una mano por el cabello desordenado—. Nunca le exigí que fuera a Yale . No entiendo por qué complica tanto las cosas cuando la distancia entre ambas universidades es ridícula. Podríamos seguir viéndonos con frecuencia.
David dio un sorbo a su café y suspiró de manera pausada.
—Quizás Evelyn no necesitaba una solución logística, James. Necesitaba sentir que estabas dispuesto a luchar a su lado, en el mismo equipo. Al ocultárselo, la dejaste fuera del partido.
James levantó la vista, conectando sus ojos con los de David.
—Le prometí que, llegado el momento, iba a pelear por nosotros. Contra mi familia, contra su padre, contra quien fuera. Pero también le hice una promesa a mi viejo desde que era un niño: graduarme en Yale con honores. Me prepararon para cumplir con ese maldito guion desde el día en que nací.
David asintió en silencio. Él, más que nadie, conocía el contraste entre la libertad de su propia vida sencilla y las cadenas invisibles que arrastraban sus amigos ricos.
—Voy a arreglarlo —murmuró James finalmente, enderezando la espalda. Tengo que arreglarlo. Porque solo han pasado unas horas desde que discutimos…se interrumpió a sí mismo, dejando escapar una pequeña risa rota mientras se presionaba el pecho con la mano.
—…y siento como si me hubieran aplastado el corazón con un mazo.
Sienna pensó que el día no podía empeorar, hasta que escuchó a sus padres gritar. No era una discusión común; era el estallido sordo de algo que se hacía pedazos después de años de fingir una perfección artificial. Las voces atravesaban el pasillo principal de la residencia.
Sienna descendió los primeros escalones aferrándose al pasamanos helado. Fue justo entonces cuando una frase flotó en el aire, despojándola del aliento por completo.
—Quiero el divorcio, Katharine.
—No te lo daré para que vayas a ser feliz con tu amante —replicó la voz gélida de su madre.
Las palabras golpearon a Sienna, dejándola paralizada en el escalón.
El mundo entero dejó de moverse. Donald Bloom.
El hombre al que siempre había admirado por su serenidad, su inteligencia y su rectitud; el hombre que le había enseñado que el respeto era la moneda más valiosa de una persona, tenía una amante.
Sintió unas náuseas devastadoras. Toda su vida, su apellido y su estatus social acababan de convertirse en una mentira cuidadosamente decorada para las fotos de revista.
No pudo soportarlo más. Subió las escaleras corriendo, tomó las llaves de su coche y huyó de la casa antes de que alguien notara su presencia.
Condujo sin un rumbo fijo. Las luces de las calles de Andover pasaban frente a ella como líneas difusas a causa de las lágrimas que empañaban su vista.
Pensó en llamar a Evelyn, pero su amiga estaba atrapada en su propio infierno: el padre de Evelyn había descubierto su relación con James y, apenas una hora antes, la había llamado destrozada, resignándose a que lo mejor era continuar separados para no destruir sus vidas.
Sienna siguió manejando de forma casi inconsciente, hasta que el coche se detuvo por instinto.
Cuando levantó la vista, descubrió que estaba frente a la pequeña y modesta casa de David.
Permaneció detrás del volante durante varios minutos, con el motor encendido.
¿Qué demonios hacía ahí? La respuesta la golpeó antes de que su mente pudiera racionalizarla: era el único lugar en todo el maldito mundo donde sentía que todavía podía respirar.
Sienna bajó del auto con las manos temblorosas y caminó hacia la entrada. Tocó la puerta principal con un hilo de fuerzas. Cuando David abrió, bastó una fracción de segundo para que toda la calma de su rostro se transformara en una preocupación profunda y genuina.
—Sienna… —Su voz fue un bálsamo inmediato.
Ella intentó articular una palabra, pero un sollozo atorado en la garganta se lo impidió. David no necesitó explicaciones; abrió la puerta por completo y dio un paso al frente.
—Pasa, por favor. ¿Qué ocurrió?
Esa muestra de protección fue el detonante.
Sienna se lanzó hacia él, aferrándose a su pecho con una fuerza desesperada, como si hubiera estado sosteniendo el peso del cielo todo el día únicamente para romperse en sus brazos.
David reaccionó por instinto. La rodeó con firmeza, hundiéndola en su calidez y envolviéndola en ese aroma a ropa limpia y café que ella tanto había empezado a buscar.
Sienna cerró los ojos, experimentando una revelación abrumadora: nunca, en toda su vida, se había sentido tan segura.
—Tranquila… —murmuró David contra su cabello, acariciándole la espalda con un ritmo pausado—. Estoy aquí. Estás a salvo.
La guio con cuidado hacia el sofá.
— ¿Quieres que te prepare algo? ¿Un té, un café?
Ella negó lentamente con la cabeza, abrazándose las rodillas.
—Solo agua, por favor.
David regresó un momento después con un vaso. Sienna lo tomó con ambas manos, intentando controlar el temblor de sus dedos. Él se sentó a una distancia prudencial en el borde del sillón, respetando su espacio pero manteniéndose lo suficientemente cerca para que sintiera su presencia.
— ¿Quieres hablar? —preguntó con una suavidad que le encogió el corazón. Sin presiones, sin exigir nada a cambio.
Sienna soltó una risa triste, mirando el agua del vaso.
—Siento que toda mi vida ha sido una maldita puesta en escena —confesó, con la voz rota—.
Mi padre tiene una amante. —La palabra sonó sucia, dolorosa en sus labios.
Se pasó una mano por el rostro, exhausta—.
¿Por qué los hombres siempre tienen que arruinarlo todo? ¿Por qué siempre terminan engañando?
David levantó la mirada lentamente, sosteniendo sus ojos verde azulados con una honestidad que cortaba la respiración.
—No deberías generalizar, Sienna.
Se hizo un silencio repentino en la sala. Un silencio denso, íntimo, donde el espacio pareció reducirse a ellos dos.
—Yo jamás engañaría a la persona que amo —sentenció David. Lo dijo sin arrogancia, con la absoluta convicción de quien conoce el valor de su propia palabra.