A un Paso de Odiarte Capítulo 9 Sin Tiempo Extra
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Capítulo 9 Sin Tiempo Extra

Apenas habían transcurrido dos meses desde que Sienna se convirtió en la novia de Ethan, y cada día se sentía peor. No era tristeza exactamente; era una profunda desilusión. Se sentía como llevar una prenda hermosa que, por más que lo intentara, no terminaba de encajar con su cuerpo.

Había esperado tanto ese momento. Había construido castillos de ilusiones alrededor de alguien que siempre le pareció inalcanzable.

Y ahora que finalmente lo tenía, descubría con amargura que faltaba lo más importante.

No sentía mariposas cuando Ethan la besaba.

No se quedaba pegada al teléfono esperando sus mensajes ni experimentaba esa dulce ansiedad que imaginó tantas veces.

Y lo peor de todo era que no podía sacar a David de su cabeza.

Había empezado a notar a David más de lo que estaba dispuesta a admitir: en un comentario inteligente durante la clase, en el aroma del café por las mañanas, en una canción cualquiera de la radio o en la forma en que él se reía dejando ver hoyuelos a cada lado de su mejilla.

Esa fijación constante empezaba a asustarla.

Incluso ahora, sentada en el asiento del copiloto del auto de Ethan, su mente estaba en otra parte, flotando lejos del presente.

Su distracción se cortó de golpe cuando sintió la mano de Ethan subir lentamente por su muslo, colándose entre sus piernas.

—Me vuelves loco —murmuró él, inclinándose apenas hacia ella con una confianza ensayada.

Sienna tensó el cuerpo de manera instintiva.

—No… —dijo suavemente, intentando no sonar brusca.

Ethan sonrió apenas, sin tomar en serio la negativa.

—Relájate. —Sus dedos siguieron avanzando, ejerciendo más presión—. Solo déjate llevar.

Sienna le apartó la mano de un golpe, esta vez con total firmeza.

—Ethan, dije que no.

El ambiente dentro del auto cambió al instante. El motor encendido parecía el único ruido en medio de una atmósfera que se volvió densa y hostil.

— ¿Qué pasa contigo últimamente? —preguntó él, retirando las manos hacia el volante con fastidio.

Sienna desvió la vista hacia la ventana, sintiéndose extraña en su propio cuerpo.

—No estoy lista —confesó en voz baja—. Nunca he estado con nadie de esa manera.

Ethan soltó una exhalación corta. No fue exactamente una risa, pero se le pareció bastante; un sonido cargado de prepotencia.

—Bueno, ya te has tardado bastante, ¿no crees?

Ella giró la cabeza lentamente hacia él, sin poder creer lo que acababa de escuchar.

—¿Perdón?

—Vamos, Sienna. Somos adultos —replicó él, encogiéndose de hombros—. Sabes perfectamente cómo funcionan estas cosas en una relación.

Algo en el pecho de Sienna se contrajo. No fue por miedo, sino por una decepción aplastante.

—No me estás escuchando en absoluto —dijo ella, con la voz temblando ligeramente.

Ethan frunció el ceño, perdiendo la paciencia.

—¿Y tú qué esperabas? —La miró por fin a los ojos, con una frialdad que la heló—. Llevas años detrás de mí, Sienna.

La frase cayó entre los dos como un golpe seco y brutal.

Sienna se quedó inmóvil, asimilando el peso de esas palabras.

Lo entendió todo en un segundo: él siempre supo lo que ella sentía.

Supo que ella estaba enamorada de él y, aun así, la ignoró sistemáticamente.

Hasta que le resultó útil, necesitaba una sustituta de Margaret Dench para seguir siendo popular.

—Así que de eso se trataba… —murmuró ella, con el estómago revuelto.

—¿De qué hablas? —preguntó Ethan, contrariado.

—Dime una cosa, Ethan. ¿Por qué decidiste salir conmigo exactamente?

—Ya te lo dije —respondió él, acomodándose en su asiento—. Me atraes. Juntos somos una pareja poderosa.

Sienna negó lentamente con la cabeza. Por primera vez en años, lo vio con absoluta claridad. No había emoción en los ojos de Ethan. No había ternura, ni respeto, ni una pizca de amor. Solo vio un ego desmedido, una necesidad enfermiza de control y una fría conveniencia.

—Creo que esto fue un error —sentenció ella, estirando la mano hacia la manija de la puerta.

—¿Qué? ¿Estás terminando conmigo? —La incredulidad en la voz de Ethan fue inmediata, como si la sola idea le resultara un chiste de mal gusto.

Sienna sostuvo su mirada con una firmeza que no sabía que poseía.

—Sí. Se acabó.

—Faltan dos días para el baile de fin de año —dijo Ethan, dibujando una sonrisa fría y arrogante—. No vas a encontrar una mejor pareja que yo en todo el instituto. Si te bajas de este auto, te vas a quedar sola.

Y ahí, con esa última amenaza, terminó de romperse la venda que cegaba a Sienna. Soltó una pequeña risa, pero no fue una risa divertida, sino dolida y liberadora.

—Ahora lo entiendo todo perfectamente —lo miró directamente a los ojos, desnudando su desprecio—.

Lo que menos me importa en este momento es ser tratada como tu adorno de graduación.

Y mucho menos me interesa estar con alguien que tiene la realidad tan alterada como para creer que me está haciendo un favor.

Ethan endureció la mandíbula y sus ojos se oscurecieron.

—Cuidado con lo que dices, Sienna.

Sienna tiró de la manija, abrió la puerta y se bajó del auto de un salto, pisando el asfalto con fuerza.

—¡Sienna! —La voz de Ethan llegó desde el interior, cargada de una profunda molestia, pero sin un ápice de arrepentimiento.

Ella se giró apenas, manteniendo la distancia.

—Adiós, Ethan.

Azotó la puerta con fuerza, cortando cualquier réplica.

No miró atrás. Comenzó a caminar sola por la acera, respirando el aire frío de la primavera, que de pronto se sentía mucho más limpio.

Mientras avanzaba, una verdad incómoda y punzante empezó a abrirse paso en su mente: quizá nunca había amado realmente a Ethan Pritchard.

Quizá solo había estado enamorada de la idea de ser, por fin, la elegida por el chico inalcanzable.

Y mientras esa fachada se derrumbaba, el recuerdo de la mirada honesta de David volvió a su mente, esta vez sin culpa.

Al entrar a casa, Sienna cerró la puerta principal con un cuidado milimétrico, intentando no hacer ruido. Fue inútil.

—¿No ibas a salir con Ethan?

La voz de Katharine Bloom descendió desde la escalera principal.

Sienna levantó la vista. Su madre lucía impecable, incluso a esa hora de la noche: una bata de seda color marfil perfectamente ceñida, el cabello acomodado sin un solo mechón fuera de lugar y una expresión gélida, como si el cansancio fuera una emoción vulgar reservada para la gente común.

—Sí, salí con él —respondió Sienna, quitándose el abrigo con lentitud—. Pero terminamos.

Katharine frunció apenas el ceño, deteniéndose a mitad de la escalera.

—¿Terminaron? —La palabra pareció molestarle más por una cuestión de estatus que de empatía—. ¿A qué te refieres con eso?

—A que ya no somos novios, mamá. Por eso regresé por mi cuenta.

Se produjo un silencio denso, seguido por un breve suspiro de profunda decepción.

—Espero que haya sido la típica pelea de novios inmaduros.

Sienna soltó una pequeña risa amarga, desprovista de cualquier pizca de humor.

—Siento decepcionarte, pero no pienso volver con Ethan aunque fuera el último hombre sobre la tierra.

Los ojos de Katharine se endurecieron de inmediato.

—No me extraña que tú tomes decisiones impulsivas y desacertadas —sentenció, bajando el último escalón con elegancia—. Solo espero que esta ridícula rabieta no tenga nada que ver con ese becado muerto de hambre con el que te juntas.

Sienna sintió el impacto de la frase directo en el pecho, antes incluso de poder procesar la humillación. El orgullo y la rabia la hicieron dar un paso al frente.

—No vuelvas a hablar así de David. Jamás.

Katharine sonrió apenas. No fue una sonrisa amable, sino una mueca de superioridad al ver que había dado en el blanco.

—Entonces sí tiene que ver con él.

—No —replicó Sienna, pero su voz sonó débil, traicionada por sus propios nervios.

Ambas lo supieron. Katharine la escaneó de arriba abajo con desprecio contenido.

—Escúchame bien, Sienna. No voy a permitir que destruyas tu futuro rebajándote a ese nivel. Los Bloom no se mezclan con gente de esa clase.

La frase quedó suspendida en el aire como una amenaza elegante. Sin esperar respuesta, Katharine se dio la vuelta y se marchó por el pasillo, dejando a Sienna con el estómago revuelto.

A la mañana siguiente, apenas daban las nueve cuando Evelyn apareció en su habitación sin anunciarse. Entró como un torbellino de ansiedad y algo en su rostro demacrado hizo que Sienna se incorporara de la cama de inmediato.

— ¿Qué pasó?

Evelyn cerró la puerta a sus espaldas, apoyando el peso de su cuerpo contra la madera. Tenía los ojos hinchados y la nariz enrojecida por el llanto.

—Terminé con James —soltó, con la voz rota.

Sienna parpadeó, completamente aturdida.

—Vaya… Parece que ayer fue el día oficial de las rupturas.

Evelyn frunció el ceño, limpiándose una lágrima rezagada.

—¿De qué estás hablando?

—De que yo también terminé con Ethan anoche.

La revelación tomó por sorpresa a Evelyn, lo suficiente como para hacerla olvidar su propio dolor durante una fracción de segundo.

— ¿Qué? ¿Por qué?

—Porque honestamente… —Sienna dejó escapar una exhalación larga, sintiendo cómo un peso invisible se desprendía de sus hombros— me siento liberada. Creo que me equivoqué con él desde el primer día.

Evelyn la observó en silencio y, por primera vez en la mañana, esbozó una sonrisa nostálgica.

—Me alegra que por fin te hayas dado cuenta de lo que vales, Sienna.

—Ya no hablemos de mí —pidió Sienna, incorporándose para mirarla de frente—. Cuéntame qué pasó con James. Ustedes se aman, Evelyn. Se supone que eso era suficiente para superar lo que fuera.

Las lágrimas de Evelyn regresaron de golpe, espesas y amargas. Apartó la mirada hacia la ventana.

—Yo sí lo amo. Pero me di cuenta de que él no me ama lo suficiente como para ser honesto conmigo.

— ¿Por qué dices eso?

—Porque nunca aplicó a Harvard , Sienna —confesó Evelyn, con la voz temblando de rabia—. Siempre fue Yale . Me lo estuvo ocultando todo este tiempo.