A un Paso de Odiarte Capítulo 8 Ganar no Siempre es Ganar
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Capítulo 8 Ganar no Siempre es Ganar

La final del Torneo NEPSAC no se parecía a nada anterior.

No había margen de error ni segundas oportunidades.

Solo quedaba una noche, un partido y todo el prestigio en juego: Phillips Academy Andover contra Deerfield Academy .

El gimnasio estaba repleto mucho antes del salto inicial.

Una electricidad densa hacía vibrar el ambiente.

Aquello era puro orgullo e historia, un escenario donde el destino de aquellos jóvenes quedaba sellado en los apuntes de los cazatalentos.

David se ajustó las cintas de sus zapatillas.

Mantuvo una respiración lenta y controlada, buscando su rutina de siempre, aunque sabía que esta vez todo era distinto.

Había demasiado en juego dentro y fuera de la cancha.

Miró hacia las gradas y, como una constante inquebrantable, sus ojos encontraron a Sienna, Evelyn y James.

Sostener la mirada de Sienna por un segundo fue el ancla que necesitaba antes de que el silbato principal rasgara el aire.

En el primer cuarto, Deerfield salió con una agresividad asfixiante, imponiendo una presión alta y un contacto físico constante.

David recibió el balón en el perímetro. Tenía al defensor encima, casi respirándole en el cuello.

Con frialdad, hizo un paso lateral, un amago rápido con los hombros y una explosión de velocidad hacia el aro. Entró limpio. Dos puntos para Andover .

Desde las gradas, James saboreaba el momento con una sonrisa.

—Está imparable —comentó, chocando su palma con la de Evelyn.

—Su futuro está en juego esta noche —asintió Evelyn, mirando las libretas de los reclutadores en la primera fila.

Sienna no habló. Tenía las manos entrelazadas y los ojos con la atención dividida entre Ethan y David.

El panorama cambió drásticamente en el tercer cuarto. Deerfield reaccionó con rabia: un triple lejano, un robo en la media cancha y un contraataque rápido restablecieron las tablas. 45 a 45 . Empate.

Ethan tomó el control de la siguiente posesión.

Jugó rápido y con una eficiencia notable, pero su individualismo bloqueaba el flujo del equipo; jugaba para demostrar que era el líder, no para ganar.

Al verse encerrado por la defensa, tiró exigido y falló.

David leyó el rebote, capturó el balón y no esperó a que la defensa se armara.

Cruzó la cancha con un cambio de ritmo letal, dio un paso atrás para generar espacio sobre la línea de tres y soltó el balón.

El gimnasio enmudeció un instante mientras el balón dibujaba una parábola perfecta.

¡Chof! Red. 48 a 45 . El público estalló en un rugido sordo.

El último cuarto se redujo a una batalla de nervios y desgaste físico.

A falta de escasos segundos para el final, el marcador agonizaba en un infartante 55 a 54 a favor de Andover .

David ya acumulaba veinticinco puntos en su cuenta personal, pero la gloria personal no significaba nada si el trofeo se les escapaba de las manos.

Última jugada del partido. El balón quemaba en las manos de David.

El reloj de posesión consumía sus últimos dígitos.

Su defensor principal le tapaba la línea de pase y un segundo hombre saltaba a la ayuda para encerrarlo.

A su derecha, completamente libre de marca y agitando las manos con desesperación, estaba Ethan.

— ¡Pásala! ¡David, dámela! —gritó Ethan, exigiendo el tiro final para coronarse como el héroe de la noche.

David tuvo una fracción de segundo para decidir.

Vio a Ethan. Vio el aro. Sabía que un pase allí significaba cederle el control de todo, dentro y fuera de la cancha.

No dudó. Rompió la doble marca con una penetración agresiva hacia el centro de la zona, absorbió el duro impacto del pívot de Deerfield en el aire y, mientras caía desestabilizado, soltó una flotadora con la punta de los dedos.

El balón golpeó el tablero y entró agónicamente. El silbato sonó en el mismo instante: canasta y falta. 57 a 54 .

Ethan se quedó estático a unos metros, con los brazos caídos, masticando la rabia de haber quedado en la sombra en el momento más importante de la temporada.

David se levantó del suelo, caminó hacia la línea de tiros libres con el corazón latiéndole en las orejas y pidió el balón.

El gimnasio guardó un silencio sepulcral.

Respiró hondo, soltó el balón y este entró sin tocar el aro. 58 a 54 .

El reloj llegó a ceros. Victoria. Andover era el campeón de la NEPSAC.

El gimnasio explotó en una invasión de cancha y confeti de colores.

En medio del caos, de los abrazos de sus compañeros y de los gritos de euforia, David quedó de pie en el centro del círculo central.

Veintiocho puntos. El partido de su vida.

Y mientras miraba quién detuvo el paso de Sienna, supo que la verdadera batalla apenas estaba por comenzar.

—No te dejes provocar —susurró James, corriendo a colocarse al lado de David en medio del tumulto de la cancha.

David no respondió. Se quedó completamente estático, con el uniforme empapado en sudor, como si un sexto sentido le advirtiera que Ethan planeaba arrebatarle la gloria del campeonato con un golpe definitivo.

—Sienna —llamó Ethan, mostrando esa sonrisa perfecta que dominaba a la perfección.

La expresión de Ethan era exaltada, urgente, como si tuviera algo de vida o muerte que declarar ante todo el gimnasio.

—Quiero dejar de perder el tiempo —soltó él, acortando la distancia entre ambos. Hizo una breve pausa, asegurándose de que David estuviera lo suficientemente cerca para escuchar—. ¿Quieres ser mi novia?

El ruido del gimnasio pareció extinguirse para Sienna.

Era el momento que había esperado durante meses, el reconocimiento que tanto había anhelado del chico más popular.

Sin embargo, en lugar de una felicidad pura, una extraña mezcla de emociones —confusión, vértigo y una inexplicable opresión en el pecho— la invadió. Aun así, acallando sus dudas, asintió.

Ethan sonrió, la atrajo por la cintura y la besó.

Mientras lo hacía, por encima del hombro de Sienna, Ethan clavó su mirada directamente en David. Su sonrisa no era de felicidad; era una mueca de absoluta victoria.

Sienna, con los ojos cerrados, no pudo verlo.

Pero David sí. Más que sus ojos, fue su corazón el que reaccionó al impacto de esa mirada.

Sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

Lo que tanto había temido había llegado, y descubrió, con dolor, que ninguna preparación previa servía para amortiguar ese golpe.

David intentaba procesar el campeonato, pero aunque su cuerpo estaba presente en medio de la euforia colectiva, su mente se encontraba atrapada en un dolor insoportable. Recibió las felicitaciones de Sienna con pura resignación.

—Lo has hecho muy bien, David—le dijo ella, con los ojos brillantes, mientras Ethan seguía sujetándola posesivamente por la cintura, marcando territorio.

David hizo su mejor esfuerzo para ocultar que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Forzó los músculos de su rostro y la miró.

—Gracias, Sienna —respondió con la mejor sonrisa que pudo fingir.

Llegó el momento de las fotos grupales con el trofeo. David posó mecánicamente, pero en cuanto el flash se apagó, no se despidió de nadie. Simplemente se dio la vuelta, cruzó el umbral del gimnasio y se marchó.

A las afueras, la noche se sentía gélida.

—No lo soporto —sentenció Evelyn, caminando a pasos rápidos junto a James por el estacionamiento—. Ethan no ama a Sienna. Nunca lo hará. Solo la usa como un trofeo para molestar a David.

—Lo sé —respondió James, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta—. Y lo siento muchísimo por David. Está demasiado metido en esto.

Evelyn suspiró, mirando hacia las luces difusas del estacionamiento.

—Ojalá Sienna despierte algún día de esa fantasía. —Hizo una pausa y cambió el tono de voz, intentando disipar la amargura—. Por cierto… ¿has tenido noticias de Harvard? ¿Llegó la carta?

James se tensó visiblemente y dudó antes de responder.

—Aún no recibo nada —dijo.

Intentó sonar casual, pero la rigidez de sus facciones y la forma en que desvió la mirada revelaban mucho más de lo que sus palabras admitían. El peso de la promesa que le había hecho a Evelyn empezaba a chocar de frente con la realidad de su familia.

A la mañana siguiente, la luz del sol entraba débilmente por la ventana de la cocina.

—Nunca te levantas tarde —exclamó Diana. Su voz era suave, cargada de una preocupación maternal mientras dejaba una taza de café sobre la mesa.

David no respondió. Mantenía la vista clavada en sus manos.

—Ganaron un campeonato y anotaste veintiocho puntos —añadió ella, sentándose a su lado—. Pero tienes la cara de haber perdido el partido más importante de tu vida. No entiendo qué te pasa, hijo.

El silencio se prolongó unos segundos, pesado y denso, hasta que David apenas pudo articular las palabras.

—Sienna es novia de Ethan.

Diana guardó silencio, comprendiendo de golpe el vacío en los ojos de su hijo. Se acercó y lo abrazó con fuerza, ofreciéndole el único refugio que le quedaba.

—Lo siento mucho, cariño —susurró—. Pero… quizá no todo está perdido. El día que ella estuvo aquí a comer, vi cómo te miraba. Sienna te aprecia de verdad.

David negó con la cabeza, rompiendo el abrazo de forma suave y cerrando los ojos para contener las lágrimas.

—Me aprecia como un amigo, mamá. Y eso… duele mucho más.

El lunes trajo consigo el regreso a la rutina. Los pasillos de Phillips Academy Andover estaban inundados del ruido habitual: casilleros cerrados de golpe, risas y la normalidad de un día de clases.

Y entonces, en mitad del corredor, apareció Sienna.

Ambos se detuvieron en seco, quedando frente a frente mientras el resto de los estudiantes pasaba a su alrededor.

— ¿Cómo te sientes? —preguntó David. Su tono era plano, carente de la calidez habitual.

Sienna frunció el ceño, extrañada por la distancia en su voz.

— ¿Por qué lo preguntas?

—Ahora que lograste exactamente lo que querías —respondió él, dándole un paso al frente—. Ser la novia de Ethan Pritchard.

Se produjo un silencio incómodo entre los dos. Sienna desvió la mirada un segundo antes de sostenerle el desafío.

—No sé a qué te refieres con ese tono, David.

David la sostuvo con la mirada, desnudando cualquier máscara que ella intentara ponerse.

—Solo quiero saber una cosa, Sienna. Quiero saber si eres feliz.

Sienna abrió la boca para soltar una respuesta automática, una defensa rápida, pero las palabras se le atascaron en la garganta. No respondió. No pudo hacerlo porque, al mirar en su interior, descubrió con horror que no sabía la respuesta. Y esa duda repentina la asustó por completo.

Al ver que su silencio le daba esperanzas, David dio el último paso hacia ella, sentenciando la conversación con una voz rota pero firme:

—Si tanto te cuesta responder a una pregunta tan simple, tal vez deberías empezar a cuestionarte algo.

Sienna lo miró con una mezcla de curiosidad y temor.

— ¿Qué se supone que deba cuestionarme?

—Si realmente amas a Ethan… —David hizo una pausa, y sus ojos reflejaron un dolor tan profundo que hizo que a Sienna se le encogiera el estómago—. O si lo único que amas es la idea de estar con alguien como Ethan Pritchard.

—Eso no tiene ningún sentido —replicó ella de inmediato, sintiendo que su mundo perfecto se agrietaba.

David negó suavemente con la cabeza, mirándola por última vez.

—Tiene todo el sentido del mundo.

Se dio la vuelta y se marchó, perdiéndose entre la multitud del pasillo y dejándola completamente sola con sus dudas.