A un Paso de Odiarte Capítulo 7 Mismo Equipo
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Capítulo 7 Mismo Equipo

Había sido un gran día para Andover. El tipo de día que se recuerda incluso cuando el marcador ya no importa: semifinal del Torneo NEPSAC, victoria y, por encima de todo, David había anotado veinticinco puntos.

Cada canasta había caído con precisión casi obstinada, como si no estuviera jugando contra Milton Academy, sino contra sí mismo.

El gimnasio había explotado en el último cuarto.

Entre el ruido, había tres presencias constantes: Sienna, Evelyn y James.

No eran los más escandalosos, pero sí los más visibles, porque no miraban el partido como los demás.

Lo miraban a él. Y esa noche, por primera vez, alguien más también lo hizo.

— ¿Ese es mi hijo?

La voz llegó desde atrás, suave y casi incrédula.

David giró y vio a su madre, Diana Blake.

No llevaba nada especial, ni necesitaba hacerlo.

Había en ella una belleza serena, casi resistente al cansancio: cabello rubio recogido con descuido, ojos verdes que conservaban una luz tranquila y una altura poco común que la hacía destacar sin proponérselo.

Tenía las ojeras marcadas y una delgadez que acusaba el peso de muchas noches sin descanso. Aun así, era hermosa.

David sonrió de verdad.

—Llegaste.

Diana asintió, emocionada.

—No me lo iba a perder.

—Mamá —dijo David—, ellos son Sienna… y Evelyn.

James levantó una mano.

—Y yo existo.

Diana sonrió.

—Lo sé. El famoso James —se acercó y miró a las chicas con calidez—. Gracias por estar aquí con él.

No fue una frase de cortesía; fue sincera.

—Significa mucho.

Sienna respondió primero.

—Es un gusto —dijo—. Él… se lo merece.

Por un instante, lo miró de forma distinta. Diana asintió.

—Mañana tengo libre —hizo una pequeña pausa—. Si no tienen otros planes… me gustaría invitarlos a comer a casa.

Evelyn levantó las cejas. James sonrió.

—Suena tentador.

Sienna dudó apenas un segundo.

—Nos encantaría.

David no dijo nada. Cuando Sienna hablaba, su mente simplemente dejaba de funcionar.

La capacidad de reacción de David volvió en sí de golpe cuando Ethan decidió interrumpir el momento. Sin molestarse en disimular sus modales, Ethan se interpuso entre ellos.

—Sienna, ¿me regalas un minuto?

Ella asintió y se apartó con él a unos metros. Por fortuna, el eco del gimnasio casi vacío le permitió a David escuchar cada palabra de lo que decían.

— ¿Cenas conmigo? —preguntó Ethan. Directo. Como siempre.

Sienna cerró los ojos un instante, debatiéndose internamente. El magnetismo que sentía por él la empujaba a aceptar, pero la promesa que le había hecho a su mejor amiga pesaba más.

—No puedo.

— ¿No puedes… o no quieres? —La voz de Ethan se volvió más baja, cargada de una sutil presión.

—Ya quedé con Evelyn —respondió ella de inmediato, tratando de sonar firme—. Voy a dormir en su casa.

Se produjo un silencio breve. Ethan la escaneó con la mirada antes de ceder, aunque su sonrisa no reflejaba derrota.

—Entiendo. En otra ocasión será.

Se despidió con un beso lento en la mejilla de Sienna.

Justo antes de darse la vuelta, clavó sus ojos descaradamente en David.

Fue una mirada fría, una advertencia silenciosa de que solo estaba postergando lo inevitable.

David apretó los puños, tragándose la rabia de ver cómo el chico que solo jugaba con las personas mantenía a Sienna bajo su hechizo.

Más tarde, en la habitación de Evelyn, la atmósfera era completamente distinta, pero la tensión seguía flotando en el aire.

Sienna caminaba de un lado a otro, atormentada por la duda de si había dejado ir la oportunidad de su vida con Ethan, todo por la insistencia de Evelyn de que debían hablar a solas.

—Espero que lo que tengas que contarme sea de verdad importante —dijo Sienna, dejándose caer finalmente en la cama—. Porque acabo de rechazar lo que podría haber sido una cita perfecta con Ethan.

Evelyn, que estaba sentada con las piernas cruzadas, no dudó. Sostuvo la mirada de su amiga y soltó las palabras que cambiaban todo de golpe:

—Lo hice con James.

El silencio inundó la habitación de forma abrupta.

— ¿Qué? —Sienna se incorporó de golpe, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Qué dijiste?

Evelyn sonrió, y por primera vez en semanas, su rostro reflejaba una paz absoluta.

—Lo que oíste.

Sienna la miró, procesando la información. James y Evelyn siempre habían orbitado el uno cerca del otro, pero esto cruzaba una línea definitiva.

—Necesito… saberlo todo. Quiero detalles. Ya.

—Puedo contártelo con palabras, Sienna… pero ningún detalle se va a acercar a lo que sentí en ese momento. —Su voz bajó a un susurro casi sagrado—. Fue… tan mágico y real a la vez.

Sienna la observó en silencio. Había una verdad tan pura en la forma en que Evelyn hablaba de James que sintió una punzada de envidia en el pecho. Deseaba con desesperación vivir algo similar con Ethan; quería esa intensidad, esa certeza.

—Cada día estoy más enamorada de él —añadió Evelyn, rompiendo el trance. Sin embargo, su expresión se ensombreció de inmediato al mirar hacia la ventana—. Solo espero que nuestros padres no arruinen esto.

Sienna frunció el ceño, entendiendo el peso implícito de sus palabras.

—¿ Harvard ?

Evelyn asintió, con la barbilla temblando ligeramente.

—Ese es el plan de mi familia. No aceptarán otra cosa.

—¿Y Yale ? —Replicó Sienna con preocupación—. Para los Hale, Yale no es solo una universidad; es una tradición de generaciones. El padre de James ya tiene su futuro planeado allí.

Evelyn sostuvo su mirada, forzando una seguridad que sus propios ojos desmentían.

— James me prometió que no nos separaríamos. Me dijo que estaríamos juntos, pase lo que pase.

Su voz no sonó completamente segura. El peso de dos apellidos poderosos y las expectativas de un futuro rígidamente planeado por sus padres transformaba su burbuja de amor en una cuenta regresiva.

Al día siguiente, Sienna llegó primero a casa de David.

Había tenido que pasar antes por su propia casa para cambiarse y arreglarse, ya que la pijamada en casa de Evelyn había sido completamente improvisada.

Al bajarse del auto, observó la fachada con tranquilidad.

La casa de David era exactamente como la recordaba: sencilla, ordenada y con un aire de auténtico hogar que el dinero no podía comprar.

David abrió la puerta antes de que ella tocara.

—Hola —dijo él, y una chispa de genuina alegría iluminó sus ojos.

—Hola —respondió Sienna, sintiendo una calidez repentina.

Diana apareció detrás de su hijo, secándose las manos con un paño de cocina.

—Bienvenida, Sienna, pasa por favor.

Su sonrisa fue tan cálida que desarmó cualquier rastro de timidez. Diana la miró con una familiaridad reconfortante.

—David siempre me habla de ti.

Sienna sintió un vuelco extraño en el estómago, un cosquilleo que no supo descifrar. Miró de reojo a David, quien de pronto pareció muy interesado en el suelo.

—Espero que sean cosas buenas —bromeó ella.

—Me ha dicho que aprendes rápido las matemáticas —respondió Diana con amabilidad.

Sienna negó con una sonrisa, soltando una pequeña risa.

—Todo lo contrario, de verdad. Por suerte llegó David para salvarme del desastre.

Diana rió suavemente, contagiada por la honestidad de la chica.

—Desde pequeño ha sido así —comentó, mirando a su hijo con un orgullo profundo—. Siempre tan aplicado y paciente.

David suspiró, aunque una sonrisa delataba que no le molestaba en absoluto.

—Mamá, por favor…

— ¿Qué? —replicó ella, divertida—. ¿Acaso no puedo contar cuando intentaste enseñarle matemáticas a la gata?

Sienna alzó una ceja, completamente intrigada por la revelación.

— ¿Perdón? ¿Una gata?

Diana se acomodó contra el marco de la cocina, encantada de tener público.

—Tenía siete años. Estaba firmemente convencido de que cualquiera podía entender los números si se los explicaban con calma.

—Incluyendo a una gata —añadió Sienna, girándose hacia David con una sonrisa traviesa.

—Incluyendo a una gata —confirmó Diana—. Le dibujó números gigantes en un papel y la sentó frente a él en la alfombra.

Sienna soltó una carcajada limpia, imaginándose la escena.

— ¿Y cuál fue el resultado?

—La gata se durmió a los dos minutos —confesó David, resignado, cruzándose de brazos—. Claramente no era buena alumna.

Sienna no podía dejar de reír. En ese instante, al verlo bromear con su madre y ruborizarse un poco, algo cambió dentro de ella. Por primera vez en mucho tiempo, lo vio sin tanta distancia. Vio al David real, y le pareció alguien fascinante.

El timbre interrumpió el pensamiento. Eran Evelyn y James.

—Llegamos con un hambre voraz —anunció James al entrar, contagiando su habitual energía al pasillo.

—Nada raro en ti —le respondió David, chocando los puños con él.

Diana sirvió la comida unos minutos después: medallones de pollo al horno bañados en una brillante salsa de ciruela, acompañados de papas salteadas con hierbas. Era un menú sencillo, pero el aroma casero e intenso llenó cada rincón de la casa.

James probó el primer bocado. Sus ojos se abrieron de par en par y sonrió de inmediato.

—Ya entiendo de dónde viene todo —dijo, mirando a su amigo—. Esto es talento heredado. David cocina bien, pero esto es otro nivel.

Evelyn asintió, masticando con elegancia pero con evidente entusiasmo.

—Esto está perfecto, señora Blake. De verdad.

Sienna probó un trozo de pollo. Cerró los ojos un segundo, saboreando la mezcla agridulce de la salsa y la ternura de la carne. Cuando los abrió, se encontró con la mirada fija de David, que esperaba su veredicto con una expectación silenciosa que la conmovió.

—Está… absolutamente delicioso —aseguró Sienna, sosteniéndole la mirada.

Diana se llevó una mano al pecho, visiblemente emocionada.

—Muchas gracias. Qué alivio. Nunca antes había cocinado para paladares tan refinados.

Todos se rieron al unísono. En ese preciso instante, dentro de las cuatro paredes de ese comedor, las diferencias de clase desaparecieron. Solo había una mesa de madera, comida caliente y cinco personas compartiendo una felicidad auténtica, pura y real.