Capítulo 6 Salto entre Dos
El tiempo transcurrió sin hacer ruido, alterando el escenario por completo.
Una vez que Sienna superó sus dificultades con las matemáticas, David interrumpió sus visitas a la mansión Bloom, aliviado de dejar atrás un territorio tan hostil.
Era un lugar donde la educada firmeza de Donald Bloom no lograba mitigar la mirada gélida y cortante de Katharine hacia él.
Para ella, David no era más que un intruso que ensuciaba sus alfombras perfectas.
La primavera llegó sin pedir permiso, y para entonces David ya se había adaptado a las clases, al equipo y al sistema.
Poco a poco, dejó de ser simplemente "el chico nuevo" para convertirse en algo mucho más incómodo para la élite de Andover: alguien a quien ya era imposible ignorar.
Pero Ethan Pritchard, con su sonrisa de catálogo y su alma de tiburón, no pensaba ceder un milímetro de terreno.
Frente a Sienna, Ethan era el sol: impecable, magnético, el heredero que el mundo entero esperaba.
Sin embargo, en la cancha, esa luz se volvía abrasadora.
Cada choque de hombros, cada pase forzado y cada jugada al límite eran un intento silencioso y brutal de aniquilar a David.
Esa misma guerra fría se trasladó fuera de la duela cuando terminó el ciclo escolar.
Aunque la graduación de Luca, Scarlett y Margaret había limpiado el tablero de antiguas amenazas, la ausencia de su círculo solo sirvió para que Ethan acortara distancias con Sienna, su aproximación era constante y calculada como la de un depredador, provocando que David experimentara el sabor metálico de los celos en la garganta.
David sabía que Ethan solo utilizaba a Sienna, pero también conocía el peso de lo que ella sentía por él.
Sabía perfectamente hacia dónde escapaba la mirada de Sienna cuando creía que nadie la observaba.
Y sabía, con una certeza dolorosa, que él nunca estaría en esa dirección.
Y aun así, no podía alejarse. Porque estar cerca de ella, incluso bajo el título de un amigo útil, era mejor que la nada absoluta.
Intentaba mantener el control, sostener la distancia, no cruzar esa línea invisible que lo cambiaría todo.
Enero llegó congelando el paisaje y marcando la recta final.
Tras casi año y medio en Andover, David lo entendía con absoluta claridad: se enfrentaba al último trimestre, al todo o nada, donde cada decisión determinaría su destino.
Por eso, la jornada de hoy era crucial. Andover contra Exeter .
Aquello superaba los límites de un simple partido; era la guerra civil de Nueva Inglaterra, el campo de batalla definitivo donde se sellaba el pase al prestigioso torneo NEPSAC.
David estaba en la línea lateral, sintiendo el cuero rugoso del balón contra sus palmas.
Su pulso era una línea constante, baja, gélida.
No necesitaba mirar a las gradas para saber que ella estaba allí.
Podía sentir el peso de la mirada de Sienna como un rastro de calor en medio de aquel invierno.
Sabía dónde se sentaba, con quién hablaba, cómo su risa quedaba sofocada por el rugido de la multitud.
Y ese conocimiento era su ancla y su condena.
—Blake, abres tú —ordenó el entrenador.
David asintió. Sin palabras. El mundo se redujo a la madera pulida y el sonido de las zapatillas.
El salto inicial fue una explosión. David recibió en la parte alta, el defensor de Exeter pegado a él como una sombra. Un bote. Dos. Un cambio de mano que rompió el ritmo del otro chico. Penetración limpia. Dos puntos.
El marcador se encendió: Andover 2 — Exeter 0
En el estruendo, David buscó un segundo el rostro de Sienna. Ella no gritaba, pero sonreía. Y en esa pequeña curva de sus labios, David encontró la fuerza para ignorar el ardor de sus pulmones. Sin embargo, la euforia duró poco.
Exeter respondió. Triple. Falta. Tiros libres . 8–8. Empate.
Ethan tomó el balón. Control absoluto. Amago. Paso atrás. Triple. Limpio.
Andover 11 — Exeter 8
Mientras retrocedía a defender, Ethan no buscó al entrenador.
Buscó a Sienna. Le dedicó una sonrisa cargada de una confianza que David envidiaba y odiaba a partes iguales.
David lo vio cómo Sienna le devolvía el gesto.
El aire se le congeló en los pulmones, dejando un peso frío y asfixiante justo en el centro del pecho.
En la cancha, eran compañeros. Fuera de ella, Ethan era el muro infranqueable entre él y la mujer que amaba.
El tercer cuarto fue una carnicería de contacto y sudor. 38–38 . Empate.
El aire pesaba como plomo cuando empezó el último asalto. David recibió el balón, sintiendo la presión asfixiante de la defensa. Ethan estaba a su derecha, pidiendo el juego.
—Ahora sí —murmuró Ethan al pasar por su lado.
No era una instrucción; era un recordatorio de quién mandaba en esa jerarquía invisible. Pero David ya estaba harto de jerarquías. Explotó hacia la canasta, esquivando el cierre, girando sobre su propio eje en una suspensión perfecta. El balón besó la red.
Andover 40 – Exeter 38.
Último minuto. 52–50 . El gimnasio era una caldera a punto de estallar.
David recuperó el rebote y salió disparado.
El contraataque era suyo. El camino estaba despejado, pero Ethan corría por el carril derecho, con la mano levantada, completamente libre.
Era el pase lógico. Era lo que el manual decía que debía hacer.
David lo vio. Vio la suficiencia en los ojos de Ethan, esperando que el "chico nuevo" le sirviera la gloria en bandeja de plata para que él pudiera dedicársela a Sienna.
Por un segundo, el tiempo se detuvo. David sintió el vacío en su estómago, la certeza de que, aunque ganara este partido, ella seguiría mirando hacia la dirección de Ethan. Sabía que su amor no era correspondido, el amigo útil.
Y en ese segundo de claridad dolorosa, decidió que si no podía tener su corazón, al menos le arrebataría a Ethan el protagonismo.
David clavó los talones en la línea de tres puntos. El silencio fue absoluto, un vacío en el espacio-tiempo. Elevó los brazos. Soltó el balón.
El triple entró con un sonido metálico que sentenció el partido. Andover 55 – Exeter 50.
El gimnasio estalló. Sus compañeros se abalanzaron sobre él, el entrenador le gritaba felicitaciones que apenas procesaba. David apenas podía respirar, el sudor le escocía en los ojos. Pero no buscó a Sienna. Se obligó a mirar al suelo, a sus zapatillas, a cualquier parte que no fuera ella.
Porque sabía la verdad: había sido el héroe del partido, había humillado a Ethan en la cancha, pero el trofeo real estaba lejos de su alcance.
—Buen partido, Blake.
La voz de Ethan llegó sin el barniz de la cortesía pública. Sin sonrisas. Sin cámaras. Solo ellos dos en el eco del gimnasio que empezaba a vaciarse. David se tensó, el sudor enfriándosele sobre la piel.
— ¿Qué se siente? —preguntó Ethan, dando un paso hacia su espacio personal.
— ¿Ser el mejor? —replicó David, sosteniéndole la mirada.
Ethan negó levemente, una chispa de crueldad bailando en sus ojos claros.
—Ganar… y no tener a nadie con quien celebrarlo. Al menos, no a la persona que quieres.
El silencio que siguió fue un tajo. David lo entendió de inmediato, sus ojos buscaron instintivamente las gradas. Sienna bajaba por los escalones de madera, flanqueada por James y Evelyn. Ella sonreía, sí. Pero su mirada no estaba buscando al héroe del partido. Estaba fija en Ethan.
—David —dijo ella al llegar, con la respiración aún agitada por la emoción del juego—. Estuviste increíble.
—Jamás había visto algo así —secundó James, con un respeto nuevo en la voz—. Controlaste cada segundo.
—Gracias —logró decir David, aunque sentía como si su garganta estuviera llena de arena.
Sienna vaciló, mordiéndose el labio inferior, un gesto que David conocía de memoria.
—Oye… David. Tengo que irme. —Hizo una pausa que pesó más que el marcador del partido—. Mis padres tienen una cena con los Pritchard. Ethan se ofreció a llevarme.
Ahí estaba. El golpe de gracia.
Todo encajó con una precisión dolorosa: la arrogancia de Ethan, su comentario, su calma absoluta. A Ethan no le afectaba haber perdido el protagonismo en la cancha. Dejó que David se quedara con los aplausos del partido, porque él ya se había adueñado del resto de la noche.
—Lo siento —susurró ella, y David pudo ver la culpa genuina en sus ojos—. Sé que teníamos planes… Te lo compensaré. Lo prometo.
David asintió, sintiendo que el aire se volvía sólido en sus pulmones.
—Claro. No te preocupes.
Sienna le dedicó una última sonrisa de alivio —esa sonrisa que dolía porque era la de alguien que no sabía que estaba rompiendo un corazón— y se fue. Se fue con él.
—Podemos ir nosotros tres —dijo Evelyn a sus espaldas, rompiendo el
trance—. A celebrar. Como habíamos dicho.
David negó sin darse la vuelta.
—No quiero hacer mal tercio. —James y Evelyn habían empezado a salir hacía poco, a espaldas de sus familias, y la felicidad que desprendían solo acentuaba su propio vacío.
—No nos importa, David —replicó Evelyn, frunciendo el ceño.
—Además —añadió James con una seriedad punzante—, alguien aquí debería empezar a ser honesto. Deberías decírselo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no estoy a su altura —soltó David. Fue directo, desprovisto de dramatismo, una verdad cruda lanzada sobre el parquet—. Y porque sé hacia dónde mira ella.
Evelyn suspiró, dando un paso al frente.
—Nosotros también no teníamos futuro, David. Peleando por una guerra cruzada entre nuestras familias. Y míranos ahora.
—No es lo mismo —cortó él—. Ustedes juegan con las mismas cartas. Misma clase social, mismos apellidos, mismas reglas. Yo no pertenezco a este tablero.
Nadie respondió. En el mundo de Andover, la verdad era el único argumento que no se podía rebatir. David les dio las gracias con un gesto ausente y caminó hacia la salida, sintiéndose más "el nuevo" que el primer día.
Mientras tanto, el Range Rover de Ethan se deslizaba por la carretera. Las luces de la ciudad reflejándose en el parabrisas.