A un Paso de Odiarte Capítulo 5 Líneas Cruzadas #3
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Capítulo 5 Líneas Cruzadas #3

Al cruzar el umbral, el contraste lo golpeó.

La estructura colonial era de un blanco absoluto, con una pintura mate que no buscaba deslumbrar, sino imponer.

Era una propiedad conservada por generaciones que entendieron que su único deber era no arruinarla.

El camino de piedra, los robles centenarios proyectando sombras alargadas y la simetría perfecta de las contraventanas negras transmitían lo mismo: tradición, estabilidad y un tipo de dinero que no necesita dar explicaciones.

El vestíbulo lo recibió con suelos de madera oscura que devoraban la luz en lugar de reflejarla.

El aire olía a madera, a libros… y a algo cálido, como vainilla suave.

A su izquierda, una espaciosa sala de estar con sofás de lino claro estaba perfectamente dispuesta.

A su derecha, una biblioteca parcialmente abierta dejaba ver estanterías del suelo al techo.

—Mira quién decidió aparecer.

La voz fue suficiente. David no necesitó girarse para identificar el veneno. Luca estaba apoyado contra una columna, con esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos.

—Blake —soltó Luca, como si probara una palabra amarga.

—Bloom —respondió David, sosteniendo el peso de su mirada sin ceder un milímetro.

Luca se despegó de la pared con una elegancia depredadora.

—Quería disculparme. —Sienna se tensó visiblemente, pero él la frenó con un gesto—. En serio. Fue un malentendido. Jamás les pedí a los chicos que te pusieran la mano encima.

Hubo un silencio denso. Luca acortó la distancia un paso más.

—A veces las cosas simplemente… se salen de control.

David no parpadeó. Sabía que Luca mentía, y Luca sabía que David no le creía.

—Supongo que los perros siempre son el reflejo de sus dueños —dijo David con voz plana.

Luca inclinó la cabeza, casi impresionado.

—Me alegra que seas tan perspicaz.

—¿Terminaste? —intervino Sienna, con la voz cargada de una molestia que apenas lograba contener.

Luca sonrió por última vez.

—Por ahora.

Se dio la vuelta y se alejó con una indiferencia ensayada, dejando tras de sí una tensión que seguía vibrando en el aire.

Sienna lo condujo a la biblioteca y cerró la puerta, dejando el eco de Luca al otro lado.

—Ignóralo —suspiró, como si intentara sacudirse un peso—. Siempre ha sido un idiota.

David asintió y dejó la mochila sobre la mesa de roble.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la puerta se abrió de nuevo. Sin llamar. Sin permiso.

Entró Katharine Bloom. Su presencia reclamó el espacio de inmediato; era una mujer elegante, impecable, de cabello azabache enmarcando unas facciones aristocráticas y unos ojos de color ámbar que contrastaban con el azul de los de sus hijos.

David comprendió al instante que los hermanos Bloom habían heredado la belleza de su madre, aunque ella poseía la frialdad de algo tallado en piedra.

Su mirada se clavó en David. Y se quedó allí, analizándolo como a un espécimen bajo un microscopio.

—Sienna —dijo, con una voz que no era ruda, pero que carecía de cualquier rastro de calor—. No sabía que tenías… visitas.

Sienna se tensó, enderezando la espalda por instinto.

—Madre, él es David Blake. David, mi madre, Katharine Bloom.

—Señora, es un placer —dijo David, manteniendo el tono neutro.

Katharine asintió, un gesto tan mínimo que apenas fue un movimiento. El silencio se volvió denso, asfixiante.

—David me está ayudando con matemáticas —intervino Sienna, intentando romper el hielo.

—Ya veo.

David sostuvo su mirada de un verde azulado lo suficiente para demostrar que no tenía miedo, y luego la desvió. No fue un acto de sumisión, sino una elección táctica: no valía la pena pelear una guerra que ni siquiera había comenzado.

—No interrumpiré —añadió ella finalmente.

Se giró sobre sus talones y salió. El cierre de la puerta sonó como una sentencia.

Sienna soltó el aire que contenía.

—Lo siento.

—No pasa nada —respondió él. Pero, una vez más, la mentira flotó entre los dos.

Katharine no fue lejos. Caminó con paso firme hasta el despacho de su marido.

—¿De verdad vas a permitir esto? —disparó nada más entrar.

Donald Bloom no levantó la vista del documento que revisaba. Se tomó su tiempo antes de dejar la pluma.

—¿Permitir qué, Katharine?

—Que nuestra hija traiga a ese tipo de gente a casa.

Donald suspiró. No parecía molesto, solo exhausto.

—Es un compañero de clase, Katharine.

—No me gusta, ese tipo de personas aprovechan cualquier oportunidad para escalar.

Donald sostuvo la mirada de su esposa con una advertencia implícita.

—¿"Ese tipo de personas"? —replicó—.Sé que el chico la ayudó sin pedir nada a cambio. Eso dice mucho de su carácter. Además, sé leer a la gente —sentenció Donald—. Y no veo malicia en ese joven. —Hizo una pausa deliberada—. Quizá te estás proyectando más de lo que deberías.

El comentario fue un golpe directo al blanco. Katharine se tensó; sus ojos de color ámbar brillaron con una chispa peligrosa.

—Está bien —dijo con voz gélida—. El tiempo dirá quién de los dos tiene la razón. Se dio la vuelta y abandonó el despacho.