A un Paso de Odiarte Capítulo 5 Líneas Cruzadas #2
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Capítulo 5 Líneas Cruzadas #2

Se enderezaron y se marcharon sin mirar atrás, como quien acaba de sacar la basura.

David se quedó en el suelo, contando sus propios latidos, esperando a que el mundo dejara de dar vueltas.

Se levantó lento, sintiendo cada músculo protestar, se limpió el labio con el dorso de la mano y, sin soltar un solo quejido, siguió caminando.

Al día siguiente...Sienna no había dejado de observarlo desde que entró al aula. Notaba cada movimiento rígido, cada vez que evitaba apoyar el peso en el lado izquierdo. Antes de que él pudiera escapar al terminar la clase, ella le bloqueó el paso.

—¿Qué te ha pasado? —disparó ella. Sus ojos recorrieron la marca morada de su mandíbula y el labio partido.

David apenas la miró, fingiendo buscar algo en la mochila.

—Nada.

— Eso no es "nada", David.

Apartó la mirada; el dolor físico no era nada comparado con la humillación de que ella descubriera la verdadera razón de esos moretones.

—Intentaron robarme —mintió con voz inexpresiva—. Si no te importa, dejaremos las clases para otro día. Hoy... no me siento con ánimos.

Sienna lo estudió. No era una mirada de cortesía; era una de esas que parecen leer entre líneas.

— Bien —dijo finalmente.

Pero no parecía convencida. Sus dudas se desvanecieron por completo ese mismo día cuando se encontró con Evelyn.

— ¿No te has enterado?

—      Sienna la miró, intuyendo que lo que iba a decirle no traería nada bueno.

—Déjate de rodeos y dime de qué tengo que enterarme.

Evelyn estaba con los brazos cruzados, visiblemente irritada.

— De que tu hermano mandó a golpear a David Blake anoche.

El mundo no se detuvo, pero algo en el pecho de Sienna dio un vuelco violento.

—¿Qué? —No fue un grito; fue un susurro cargado de una incredulidad que empezaba a doler.

— Es lo que dice todo el mundo, Sienna —añadió Evelyn—.

Sienna negó con la cabeza.

—No.

No como negación. Como rechazo.

—Eso no… puede ser.

Pero, incluso mientras lo negaba, sabía que era cierto. Le vino a la mente la imagen de David: su labio partido y su andar rígido.

Encontró a Luca esa misma tarde en su habitación, rodeado de un lujo que, de repente, a Sienna le pareció asfixiante. Él estaba recostado, mirando el teléfono con esa actitud típica de quien siente que el mundo le pertenece por derecho de nacimiento.

— ¿Qué hiciste? —soltó ella. Sin saludos. Sin rodeos.

Luca levantó la mirada con una lentitud exasperante.

— Depende —respondió con voz plana—. ¿De qué me acusas hoy, hermanita?

Sienna avanzó un paso, invadiendo su espacio.

— ¿Te suena el nombre David Blake?

El silencio que siguió fue breve, pero pesado. Luca dejó el teléfono a un lado y sonrió de esa forma gélida que usaba para negociar.

— Yo no le toqué ni un pelo.

— Claro —escupió ella, apretando los puños—. Empleaste secuaces como todo un cobarde.

Luca se incorporó, perdiendo parte de su fingida indiferencia.

— Alguien tenía que explicarle cómo funciona la jerarquía aquí. Ese chico se estaba olvidando de su lugar.

Sienna lo miró fijamente. Por primera vez en su vida, no reconoció al chico con el que había crecido. Vio a un extraño moldeado por el apellido y el privilegio.

— Eres un idiota, Luca.

Él soltó una risa breve, sin rastro de humor.

— No. Soy realista. Deberías agradecérmelo. Tienes que mantenerte lejos de gente... así.

— ¿"Así" cómo?

— Gente que no tiene nada que ofrecerte más allá de unos apuntes de clase. Gente que no está a nuestro nivel.

— Es mi amigo —la voz de Sienna no tembló.

El aire en la habitación se volvió denso. Luca inclinó la cabeza.

— Eres muy ilusa si crees que él te ve solo como una "amiga". Los chicos como él siempre quieren algo más de las chicas como tú.

Sienna dio un paso más, sintiendo una rabia líquida quemándole la garganta.

— Pues "los chicos como él" tienen mucha más clase que tú. Deja de medir a las personas por el saldo de su cuenta bancaria. Me das asco.

Luca no respondió. Pero su expresión cambió.

Sienna no esperó. Fue directa al despacho de su padre. No podía permitir que Luca siguiera actuando como un animal herido, y menos contra David. David no solo la ayudaba; lo hacía con una amabilidad que ella no sabía cómo devolver.

Donald Bloom escuchó en silencio.

Sin interrupciones. Sin pestañear. Al terminar, sus manos se posaron sobre el escritorio con la pesadez de una sentencia.

—Luca.

No fue un grito. Fue una orden.

Las consecuencias no tardaron. Donald no aceptaba la mediocridad, y mucho menos la violencia gratuita.

—No puedo creer que un hijo mío se comporte como un matón de calle —sentenció Donald, clavando la mirada en Luca—. Sienna me dice que ese joven es un genio.

—Padre, no lo conoces —masculló Luca, apretando los puños—. Es un oportunista.

—Lo que yo piense no importa, Luca. Si ese chico está en el colegio es porque tiene un cerebro que tú te niegas a usar. Te advierto algo: si vuelves a tocarlo, habrá represalias que no vas a olvidar. Y lo primero que harás será pedirle disculpas.

—Pero, papá…

—He terminado de hablar.

Sienna aprovechó el silencio de la victoria. Sugirió que David fuera a su casa para las clases particulares. Le explicó a su padre que quería pagarle; no era justo robarle el tiempo, y era la única forma de compensar la humillación que Luca le había causado.

—Me parece bien, hija —asintió Donald—. Que venga. Yo me encargaré de sus honorarios.

Al día siguiente, el aire entre Sienna y David era distinto.

—No debiste mentirme.

La voz de Sienna fue un dardo directo. Sin rastro de ira, pero cargada de una firmeza nueva.

David evitó su mirada.

—No quería que tuvieras problemas por mi culpa.

—Igual los tuve —replicó ella.

Se hizo un silencio. No fue incómodo. Fue un silencio real, de esos que desnudan a las personas.

—Tengo una buena noticia —dijo ella, suavizando el gesto.

David levantó la vista, curioso.

—Ahora vendrás a mi casa. Mi padre te contrata oficialmente para que me des clases particulares.

David negó con la cabeza de inmediato, su orgullo lo golpeó como un látigo.

— No hace falta, Sienna. No lo aceptaré.

— Sí hace falta.

— No lo hacía por dinero —insistió él, dando un paso hacia ella—. Has sido de las pocas personas amables conmigo en este lugar. No quiero que esto se convierta en una transacción.

Sienna sostuvo su mirada, con esa determinación que solo tienen los que nunca han tenido que preocuparse por una cuenta bancaria.

— Pero precisamente porque te considero mi amigo… —la palabra flotó entre ellos, pesada y definitiva— quiero ayudarte.

David la escuchó. La palabra "amigo" se instaló en su pecho como una pequeña caída silenciosa. Era el ancla que lo mantenía cerca de ella, pero también la cadena que le recordaba que nunca sería nada más. Un movimiento invisible, real y doloroso ocurrió en su interior.

— Además —añadió ella, como si quisiera sellar su seguridad—, Luca no volverá a molestarte. Me encargué de eso.

David desvió la mirada hacia el ventanal del pasillo.

— Eso es lo que menos me preocupa.

— A mí sí me preocupa.

David respiró lento, tratando de controlar el impulso de salir corriendo.

Podía decir que no. Sabía que entrar en esa mansión era meterse en la boca del lobo.

Debería negarse. Pero no lo hizo. Porque estar cerca de ella, aunque fuera bajo el título de "empleado" o "amigo", seguía teniendo más peso que su propio instinto de supervivencia.

— Está bien —cedió al final—. Acepto.

Sienna sonrió. Una sonrisa satisfecha, brillante y limpia.

— Bien.

Y por un instante, todo volvió a parecer sencillo. Al menos para ella, que no podía ver el incendio que acababa de avivar en el corazón de David.

La residencia de los Bloom no era una casa; era un manifiesto.

David lo comprendió antes de tocar la verja: el terreno vasto, el césped bien cuidado y esa fachada impecable gritaban una verdad que él ya conocía: no pertenecía allí.

Se ajustó la mochila, más por inercia que por nervios.

No vaciló, pero cada paso hacia la entrada fue una confirmación silenciosa del abismo que lo separaba de Sienna.

Antes de que su mano alcanzara el timbre, la puerta se abrió.

—Pensé que llegarías tarde —dijo Sienna, con una sonrisa que apenas rozaba sus labios.

—No suelo hacerlo —replicó David.

—Bien. Entra.