Capítulo 5 Líneas Cruzadas
En las semanas siguientes, la rutina de David se volvió implacable, pero ya no se sentía tan asfixiante.
Sus días se dividían entre ecuaciones avanzadas, los intensos entrenamientos en la cancha de baloncesto y sus turnos en el Lumière Café , donde se encontraba ahora.
Sin embargo, su verdadero centro de gravedad había cambiado.
Estaba más cerca de Sienna, y aunque ella solo lo viera como el chico que podía ayudarla con las matemáticas, para él era suficiente.
Le bastaba con saber que, aunque nunca podría tenerla, el lago había dejado de ser un accidente para convertirse en su punto de encuentro secreto.
Ella buscaba respuestas para las clases más difíciles; él, simplemente un minuto más a su lado.
David estaba sumido en esos pensamientos, atrapado en el recuerdo de su última tarde en el lago, hasta que el tintineo de la campanilla sobre la puerta lo trajo de vuelta a la realidad.
Levantó la vista, sin la menor expectativa de recibir cordialidad.
Ethan, Margaret, Luca y Scarlett cruzaron el umbral.
No entraron simplemente al café; colonizaron el espacio con esa certeza absoluta de quienes creen que el mundo les debe una reverencia.
Margaret recorrió el local con una mirada analítica, evaluando el mobiliario como si estuviera en un mercado de antigüedades de segunda clase.
A su lado, Scarlett esbozó una sonrisa cargada de un veneno silencioso.
Ella sabía exactamente por qué estaban allí.
—Vaya —soltó Luca, rompiendo el silencio con una risa seca—. Pero si es nuestro prodigio.
Ethan no dijo nada. Se limitó a mirar. Su mirada era un ancla de acero fija en los ojos de David, buscando una grieta, un atisbo de vergüenza.
David sostuvo el contacto un segundo —el tiempo suficiente para demostrar que no tenía miedo— y luego regresó a su labor.
No por sumisión, sino porque su dignidad no estaba en venta.
—¿Van a pedir algo? —preguntó David. Su voz fue un muro de neutralidad.
Margaret se acercó al mostrador, deslizando sus manos enguantadas sobre la madera con una delicadeza insultante.
—No teníamos ni idea de que también servías café, Blake.
—Tiene sentido —añadió Scarlett, apoyada contra el marco de la puerta—. Al final del día, todos tenemos que ocupar el lugar que nos toca.
David no respondió. Siguió pasando el paño sobre la barra, ignorando las palabras. Ethan dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de David lo justo para que el aire entre ambos se volviera eléctrico.
—Te hice una advertencia en la cancha —dijo Ethan. Su voz era un susurro peligroso.
David alzó la mirada, apenas unos centímetros.
—Y no recibiste respuesta.
El silencio se estiró, vibrando. Margaret disfrutaba del espectáculo; Scarlett esperaba el estallido; Luca se regocijaba en la incomodidad.
—Deberías empezar a asimilar el paisaje, Blake —continuó Ethan, bajando aún más el tono—. Este lado del mostrador es el único lugar donde realmente encajas.
David no retrocedió. Se inclinó levemente hacia delante, sosteniendo la mirada.
—Aquí es donde trabajo, Ethan. Es una distinción que parece que te cuesta entender.
Ethan lo estudió un momento más, procesando la bofetada la bofetada verbal. Finalmente, una sonrisa torcida, carente de cualquier rastro de calidez, apareció en su rostro.
—Claro —concedió—. Tienes razón. Eso lo explica todo.
Se apartó del mostrador con un gesto aristocrático.
—Estas advertido, Blake. Disfruta del café mientras puedas.
La puerta se cerró. La campanilla sonó por última vez.
David no se movió. Se quedó inmóvil, con la mirada fija en el cristal empañado de la entrada.
Apretó el paño en su mano con una fuerza brutal, hasta que la tela se hundió en su palma y sus nudillos se volvieron blancos.
Sabía que la línea ya no solo estaba dibujada en el colegio; ahora estaba en todas partes.
Sin embargo, toda esa humillación acumulada y la angustia que le había amargado la noche se disolvieron al día siguiente, tan pronto como llegó al lago.
A pesar de que ya la había visto en clases, bastó una sola mirada a Sienna para que las amenazas de Ethan se borraran de su mente, reemplazadas por una calma repentina.
El agua estaba tranquila esa tarde, reflejando un cielo de un azul intenso. El viento movía suavemente las hojas, y el susurro era apenas suficiente para cubrir cualquier silencio incómodo. David ya estaba allí cuando ella llegó.
—Puntual —dijo Sienna, rompiendo la calma.
David levantó la vista y sonrió. Ella soltó la mochila y se sentó a su lado sin demasiada ceremonia.
—La clase de hoy ha sido la más difícil de todas; necesito entender esto —añadió, abriendo el cuaderno en una página llena de tachones.
David tomó el lápiz con una naturalidad que ocultaba lo mucho que le temblaba el pulso al estar tan cerca de ella.
— Lo vas a entender. El límite cuando h tiende a cero suena a chino, pero la derivada por definición es solo una pendiente sofisticada. A veces Harrison lo explica como si estuviéramos en la NASA y no en primero de bachillerato.
— ¿Insinúas que el profesor Harrison no explica bien? —ella arqueó una ceja, divertida.
—No he dicho eso —David sonrió, intentando no quedarse perdido en su mirada, y luego añadió—: Pero hay formas más humanas de explicar lo complejo. Mira la página, te lo explicaré paso por paso.
El tiempo empezó a correr distinto. Más lento.
Más pesado. Sienna se inclinaba hacia el cuaderno, frunciendo el ceño cada vez que un signo negativo desaparecía sin previo aviso.
David, en cambio, apenas miraba los números; estaba demasiado ocupado memorizando el aroma de su perfume y la forma en que ella se mordía el labio al concentrarse.
— Espera… —murmuró ella señalando un paréntesis—. ¿Por qué ese paso cambia todo el resultado?
David se inclinó, acortando la distancia hasta que sus hombros casi se rozaban. Señaló la ecuación con el lápiz, tratando de que su voz sonara estable.
— Porque ahí te estás olvidando de expandir el binomio. Si no elevas bien esa h , la función no "rompe" y te quedas atrapada en una indeterminación.
Sus manos quedaron a milímetros de distancia sobre el papel. David lo notó en cada terminación nerviosa de su piel. Podía sentir el calor que emanaba de ella, pero Sienna solo tenía ojos para el cuaderno.
— Entonces… —dijo ella, corrigiendo el trazo con cuidado—. ¿Se cancela la x
y queda así?
David asintió, aunque en ese momento le habría dicho que sí a cualquier cosa.
— Exacto. Ya lo tienes.
Sienna soltó el aire que contenía, relajando los hombros.
— Dios, por fin tiene sentido. Gracias, de verdad.
Levantó la mirada hacia él, con esa con esa chispa de alivio genuino que solo proviene de finalmente comprender algo difícil. David se limitó a asentir, atrapado en un silencio que ella no sabía leer.
— Para eso estoy —respondió él, con una sencillez que escondía el "estaría aquí toda la vida".
Sienna le dedicó una sonrisa ligera, fácil. Una sonrisa de amiga agradecida que, sin saberlo, volvió a desarmarlo por completo.
A unos metros de distancia, alguien observaba.
Luca Bloom. Había llegado como una sombra, sin hacer ruido, y lo que vio no le gustó nada: su hermana con el becado.
Para Luca, la cercanía de David no tenía nada que ver con el apoyo académico; era una mancha.
Su postura se tensó con una rigidez peligrosa.
No dijo nada. Simplemente se giró y se alejó.
— Mañana seguimos —dijo Sienna, rompiendo el hechizo al cerrar el cuaderno de golpe. El sonido seco devolvió a David a la realidad.
David asintió, tratando de recuperar el aliento.
— Mañana.
Ella se puso en pie y se colgó la mochila al hombro con esa energía despreocupada.
— No llegues tarde, Blake.
— Nunca lo hago.
Él se quedó sentado un momento más. El sol empezaba a caer sobre el lago, tiñendo el agua de un color cobrizo.
Se quedó ahí, respirando el aire frío, intentando fijar en su memoria el rastro de su perfume y la calidez que aún flotaba en el espacio, al mismo tiempo tenía un nudo en el estómago.
Presentía que esos minutos de paz, de ser simplemente dos chicos resolviendo ecuaciones, estaban a punto de ser triturados.
El turno de David en Lumière Café había terminado. Se despidió con un gesto breve y salió a la calle, donde la noche había caído con una rapidez pesada. El aire frío le golpeó el rostro, un contraste violento con el aroma a tostado y el calor del local.
—Blake.
David se detuvo. No fue la sorpresa lo que lo frenó, sino el reconocimiento. Se giró lentamente.
Luca Bloom estaba allí. Y no estaba solo. Dos chicos más, con el físico de quienes pasan demasiadas horas en el gimnasio, lo flanqueaban con una calma inquietante.
— ¿Necesitas algo? —soltó David, manteniendo la voz firme.
Luca sonrió. Una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos.
— Sí —dio un paso al frente—. Tu sentido común.
Los otros dos cerraron el semicírculo.
— Te lo voy a decir una sola vez —continuó Luca—. Mantente lejos de mi hermana.
David no bajó la mirada. A pesar de la desventaja.
— Ella decide con quién habla.
El impacto llegó antes de que terminara la frase. No fue Luca. En cambio, era uno de sus secuaces, golpeando con velocidad técnica. David retrocedió, intentó cubrirse, pero el segundo ya estaba sobre él.
Un golpe seco en las costillas que le robó el oxígeno. Otro en el pómulo que le hizo perder el equilibrio. El sonido de su propio cuerpo chocando contra el asfalto fue sordo, definitivo. El sabor metálico de la sangre inundó su boca mientras el suelo frío le recibía la mejilla.
Luca se inclinó lo justo para que David pudiera ver sus zapatos impecables.
— Te lo advertí. Vuelve a tu lugar, Blake.