Capítulo 4 Puntos de Ventaja
A pesar de sus esfuerzos por ser una sombra, el nombre de David Blake comenzó a filtrarse por las grietas de Phillips Academy con la velocidad del viento.
No era por nada que dijera, sino por lo que hacía.
En la cancha, en el aula, en cada uno de sus movimientos.
Y en un lugar como Andover, el talento puro sin pedigrí no inspiraba admiración.
Generaba una irritación sorda, casi alérgica.
El comedor funcionaba bajo una jerarquía invisible pero absoluta. Las mesas no tenían dueños legales, pero todos sabían dónde terminaba su derecho a sentarse. En el epicentro de aquel ecosistema, rodeados de un aura de privilegio intocable, estaban ellos.
Luca Bloom ocupaba su asiento con la indolencia de un rey heredero.
Con su cabello negro impecable y esos ojos azules que miraban a la gente como si fueran estatuas en una pantalla, Luca era el ejemplo vivo de la seguridad que otorga el dinero.
No era atlético; nunca había sentido la necesidad de sudar por nada.
Prefería el brillo de los excesos al rigor de la disciplina.
A su lado, Scarlett Swank era su contrapunto vibrante. Su cabello rojo fuego natural, le daba un aura de peligro. Se movía con una confianza incisiva. Scarlett no sonreía; mostraba los dientes con una elegancia depredadora. Junto a Luca, no proyectaba amor, sino una alianza de poder exhibicionista.
Frente a ellos, Ethan Pritchard completaba el cuadro.
El "chico de oro" impecable. A su lado, Margaret Dench encajaba como la pieza final de un reloj de lujo.
Rubia, calculadora y de una elegancia gélida, Margaret no necesitaba alzar la voz para que el mundo se detuviera a escucharla.
Eran las parejas perfectas, los apellidos correctos; el equilibrio que el sistema exigía.
Y, ligeramente apartadas—Evelyn y Sienna. No fuera del grupo. Pero tampoco completamente dentro. Sienna hacía girar su vaso con un gesto ausente. Escuchaba. Pero no participaba. No del todo.
Había algo en la escena que se sentía cada vez más... repetitivo.
—He oído que el nuevo es una especie de prodigio en la cancha —comentó Luca, recostándose con un desinterés que resultaba forzado.
Ethan no respondió, pero sus hombros se tensaron bajo la chaqueta de cachemira. Margaret inclinó la cabeza, su media sonrisa cargada de un matiz indescifrable.
—¿Prodigio? —repitió ella—. Parece que lo es en todo. El profesor de matemáticas lo ha subido a nuestro curso solo para usarlo de ejemplo. —Hizo una pausa deliberada antes de añadir—: Y el viejo Harrison no regala elogios a cualquiera.
—Ni me lo recuerdes —masculló Luca.
—Siempre hay alguien que intenta destacar demasiado rápido —soltó Ethan con una risa seca, carente de humor—. Es la desesperación del que no tiene nada.
Evelyn levantó la vista, sus ojos centelleando.
— O tal vez simplemente es mejor que el resto de nosotros.
Ethan la fulminó con la mirada.
— O es alguien que sabe perfectamente cómo usar la carta de la lástima para que le abran las puertas.
—No es lástima lo que produce alguien que se esfuerza, Ethan —replicó Evelyn, ganando firmeza—. Al menos su valor no depende del saldo bancario de sus padres.
El aire en la mesa se volvió irrespirable. Scarlett apoyó los codos en la madera, observando la disputa como quien presencia un choque de trenes.
—Ese es exactamente el problema —intervino Luca, su voz ahora teñida de una frialdad aristocrática—. Que ese tipo de gente se filtre aquí. Se supone que este lugar es exclusivo por una razón, Evelyn. Para relacionarnos con gente de nuestro nivel.
Scarlett asintió, saboreando el momento con una sonrisa de suficiencia.
—Exacto. La meritocracia es una fantasía inventada para consolar a los que no tienen herencia.
Sienna dejó su vaso sobre la mesa. El golpe fue suave, pero en medio de la tensión, sonó como un disparo. Se giró hacia Scarlett, estudiándola con una calma que resultó ser más aterradora que un grito.
—Me sorprende que digas eso, Scarlett —soltó Sienna. Su voz era baja, pero cortó el murmullo del comedor como una cuchilla—. Sobre todo viniendo de ti.
Scarlett parpadeó, su sonrisa flaqueando apenas un milímetro.
—¿Qué quieres decir?
—Tu padre es un genio de la ingeniería de software, ¿no?
—continuó Sienna, con una fingida curiosidad—.
Él no heredó un imperio de abogados ni de petroleros.
Construyó su fortuna desde un garaje. Si la meritocracia fuera una fantasía, tú no estarías sentada en esta mesa. Estarías... en cualquier otra parte.
El silencio que siguió fue absoluto. Scarlett se tensó, el color rojizo de su cabello pareció encenderse más ante la humillación de que le recordaran que ella era, técnicamente, una nueva rica.
Luca intentó intervenir para romper la presión.
—No es lo mismo, Sienna. Una vez que estás dentro, es nuestra posición lo que cuenta.
—Tú no pagas nada de esto, Luca —dijo ella. Lo hacen nuestros padres. Igual que los de Ethan. Igual que los de todos nosotros.
Luca giró la cabeza hacia ella, sorprendido por la traición.
— ¿Y ahora qué? —masculló Luca con desprecio—. ¿Te vas a dedicar a defender a ese tipo de gente? ¿A los que entran por la puerta de atrás?
Sienna lo sostuvo la mirada sin pestañear. No había rastro de duda en sus ojos, solo una frialdad que Luca no sabía cómo manejar.
—No defiendo a nadie, Luca. Solo te estoy señalando una realidad que pareces ignorar —respondió ella con una calma gélida—. Hay gente que se gana su lugar y gente que simplemente ocupa un espacio. Deberías aprender a notar la diferencia.
A unos metros de distancia, en una mesa menos concurrida, David y James observaban la escena sin intervenir.
—Parece que ya te has hecho de enemigos —comentó James, con calma.
David no apartó la vista de su plato.
—No tengo ninguna intención de pelear con ellos.
— En este lugar, David, tus intenciones no importan. Lo que importa es el espacio que ocupas.
David levantó la mirada, encontrándose con los ojos inteligentes de su amigo.
—Lo sé. — Hizo una breve pausa, sintiendo aún el dolor persistente del impacto en el gimnasio—. Ethan ya se encargó de dejarlo claro.
James asintió, como si no le sorprendiera.
—Ethan Pritchard nació con el mundo a sus pies.
Dinero, apellido, el tipo de carisma que te abre cualquier puerta antes de que llegues a tocarla.
—James se recostó en la silla, entrelazando los dedos—.
Nunca ha tenido que competir de verdad. Todo lo que tiene se le ha entregado como un derecho de nacimiento.
David escuchaba, procesando cada dato.
—Su padre es el actual presidente de Pritchard en sus ojos verdes brilló un destello de acero frío.
—Hale.
Eso fue todo. No necesitaron nombres de pila, ni cortesías, ni despedidas. Se giraron y continuaron su camino. David no se permitió el lujo de seguirlas con la vista.
Caminó un par de pasos junto a James, esperando a que el silencio se volviera insoportable.
—¿Pasa algo entre tú y Evelyn? —preguntó David finalmente.
James no respondió de inmediato. Siguió caminando con la vista fija en el horizonte del campus, como si estuviera sopesando el peso de los siglos.
—Nada personal —dijo al fin, aunque su voz carecía de convicción.
David lo miró de reojo.
—No ha parecido "nada". Hay tensión entre ustedes.
James dejó escapar una exhalación que fue casi una risa amarga.
—Su familia es dueña de Taylor & Associates .
David esperó.
James añadió:
—Una de las firmas de abogados más importantes de Boston.
También la principal competencia de mi familia.
Desde hace años. Nuestros abuelos se han enfrentado en más salas de juntas de las que puedo contar.
Los Hale y los Taylor no comparten mesa si pueden evitarlo.
—Hizo una pausa, y su expresión se volvió gélida—.
Y Evelyn nunca ha sido conocida por su diplomacia.
—Tú tampoco parece que le facilites las cosas —observó David.
James esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—No es mi trabajo facilitarle la vida a una Taylor.