A un Paso de Odiarte Capítulo 3 Bloqueo Emocional #2
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Capítulo 3 Bloqueo Emocional #2

La voz lo ancló al suelo. No por el volumen, sino por la autoridad implícita. David levantó la vista. Sienna estaba de pie frente a él, directa y sin rastro de esa sonrisa social que solía llevar.

—¿Puedes explicarme esto? —preguntó, señalando su cuaderno.

David la observó. Un segundo. Dos. Aquel era el momento de ser "práctico", de inventar una excusa y marcharse. Pero las palabras se le quedaron trabadas en la garganta.

—Sí —respondió, y maldijo internamente la traición de su propia voz.

Sienna le dedicó una sonrisa ligera. No era amplia. Ni estudiada. Y completamente inesperada. A David le bastó. Sintió cómo algo en su interior cedía, casi sin resistencia, como si esa simple curva en sus labios fuera suficiente para desarmar cualquier intento de mantenerse distante.

Sienna se sentó frente a él, girando su cuaderno con un gesto fluido.

David desvió la mirada hacia el cuaderno, obligándose a recuperar el control.

—Me perdí a la mitad —susurró.

David echó un vistazo a sus notas y luego la miró a ella con una calma imperturbable.

—A la mitad no. Te perdiste desde el principio.

—Eso no suena muy alentador.

—Ayuda si empezamos por el camino correcto —replicó él, tomando un lápiz.

Comenzó a explicar. No lo hizo con la arrogancia del que sabe, sino con la paciencia de quien desea ser entendido.

—Espera —dijo ella, arrebatándole el lápiz. Sus dedos rozaron los de él por un instante—. Entonces, ¿esta variable va aquí?

David asintió. —Exacto.

Sienna se echó ligeramente hacia atrás.

—Ok… eso tiene sentido.

Había algo nuevo en su tono. No emoción. Pero sí… alivio. Y algo más sutil. Confianza. Levantó la mirada hacia él. Lo observó un segundo más de lo necesario.

—Gracias —dijo ella finalmente.

—No hay de qué.

Se hizo un silencio breve, distinto a todos los anteriores. Sienna cerró el cuaderno con un golpe seco.

—¿Te molestaría... ayudarme de nuevo? —lanzó la pregunta como un desafío.

David sostuvo su mirada, plenamente consciente de lo que aquello significaba: más tiempo juntos, más cercanía, más riesgo de que sus mundos terminaran por colisionar de frente. Pero el muro que había construido durante días se desmoronó con una sola palabra.

—Cuenta con ello.

Sienna asintió, satisfecha. Se colgó la mochila al hombro y le dedicó una última mirada antes de girarse.

—Nos vemos, Blake.

David no la siguió con la vista, pero no hacía falta. El rastro de su perfume y la contundencia de su presencia se quedaron flotando en el salón. En ese instante lo comprendió: la distancia ya no era una opción tan sencilla.

El gimnasio de Phillips Academy Andover no era un centro de entrenamiento; era un ecosistema con sus propias leyes. Y como todo territorio salvaje, tenía un dueño.

El sonido del balón contra el parqué marcaba un pulso seco y constante, un metrónomo que dictaba quién pertenecía allí y quién no.

David estaba en la línea lateral, botando la pelota con una calma que muchos confundían con indiferencia.

Era consciente de los susurros, y de las miradas cargadas de escepticismo. El chico de la beca. El intruso.

—Blake —ladró el entrenador—. Entras de escolta.

David asintió y ocupó su lugar. Velocidad, lectura, precisión; ese era su lenguaje.

En cuanto el balón tocó sus manos, el mundo exterior se apagó.

Un bote. Dos. Un cambio de ritmo explosivo que dejó a su defensor clavado en el sitio.

David se elevó con una ligereza insultante, suspendido en el aire un segundo más de lo humanamente lógico.

Dos puntos. Limpios. Sin espectáculo innecesario, pero imposibles de ignorar.

David no celebró; simplemente regresó a su posición, pero sintió un peso en la nuca. Al otro lado de la cancha, Ethan Pritchard lo observaba.

Ethan no estaba sorprendido. Su expresión era algo mucho más afilado: una mezcla de curiosidad molesta y hostilidad.

—Otra vez —ordenó el entrenador.

El juego se reanudó y el aire se volvió denso.

Ethan tomó el mando. No solo era bueno; era dominante.

Jugaba con una arrogancia coreografiada, haciendo que el resto del equipo orbitara a su alrededor.

Superó a su marca con un giro eléctrico y terminó con una entrada violenta que arrancó aplausos.

Aquel era su escenario, y no iba a permitir que nadie le robara los focos.

En la siguiente jugada, el destino —o el instinto— los puso frente a frente.

David botó el balón, midiendo la distancia. Ethan se plantó ante él, bloqueándole el camino con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Vamos, Blake —murmuró Ethan, lo suficientemente bajo para que solo él lo oyera—. Enséñame qué hay bajo esa fachada de héroe trágico.

David no respondió. No usaba las palabras para pelear. Cambió de mano y explotó hacia la derecha. Ethan reaccionó con la velocidad de un látigo. Cuerpo contra cuerpo. El contacto fue seco, pero David no cedió. Intentó superarlo por pura potencia, pero entonces llegó el golpe.

No fue un accidente. Ethan metió el hombro con una fuerza calculada, desequilibrándolo en pleno salto. David perdió el eje y se estrelló contra el suelo. El impacto resonó en todo el gimnasio, un golpe sordo que detuvo el tiempo.

—¡Falta! —gritó alguien.

El silbato del entrenador cortó el aire, pero David ya estaba de pie. No miró al árbitro ni buscó simpatía. Sus ojos se clavaron en los de Ethan, que no se había movido.

Ethan se inclinó hacia él, fingiendo un gesto de deportividad, pero al acercarse, su voz fue un susurro de puro veneno.

—Eso es lo que le pasa a la gente que no sabe dónde está su sitio, Blake. —Sus ojos marrones destellaron con una fijeza letal—. Deberías volver a tu nido antes de que te rompas algo que no puedas arreglar.

David no retrocedió. No hubo miedo en su mirada, solo una tensión gélida, el reconocimiento de que la guerra acababa de ser declarada formalmente.

Ethan ensanchó su sonrisa, recuperando su máscara de chico de oro, y dio un paso atrás como si nada hubiera pasado.

—Venga, ha sido falta —anunció en voz alta, ofreciendo una palmada condescendiente en el aire—. Sigamos.

Algunos rieron, siguiendo el guion de su líder. El juego continuó, pero para David, el parqué ya no era solo madera. Era un campo de batalla.