Capítulo 2 Fuera de su Liga
El ruido lo golpeó antes de que pudiera prepararse.
Voces. Risas. Puertas de casilleros cerrándose con un eco metálico.
Pasos rápidos sobre el mármol pulido que parecía brillar demasiado.
David Zaire Blake cruzó el umbral del edificio principal de Phillips Academy Andover y supo, en ese mismo instante, que el silencio del lago había sido solo un espejismo.
Aquí, todo era distinto. Demasiado vivo. Demasiado lleno. Demasiado... caro.
Se ajustó la correa de la mochila, sintiendo el peso de sus libros como un montón de piedras.
Intentó mantener el rostro impasible, poniéndose esa máscara fría que siempre usaba en la cancha cuando el marcador estaba en su contra.
Se abrió paso por el pasillo, sorteando un mar de uniformes impecables y zapatos que claramente nunca habían tocado barro de verdad.
Bajo las luces blancas del techo, los relojes caros reflejaban la luz; cada uno costaba más de lo que su madre ganaba en un año entero trabajando turnos dobles en el hospital.
Sus conversaciones parecían sencillas, pero rezumaban una confianza heredada. Nadie ahí dudaba de sí mismo. Nadie se cuestionaba si tenía el derecho a ocupar ese espacio. A diferencia de él.
El aula ya estaba casi llena cuando David llegó. Se detuvo un segundo en la puerta, observando el ambiente. El lugar olía a madera vieja y a esa seguridad arraigada, propia de las instituciones que han perdurado durante siglos. Todo parecía demasiado pulcro. Demasiado... intocable.
Buscó con la mirada un asiento que no llamara la atención.
Y entonces, la vio de nuevo. La chica del lago.
Estaba sentada cerca de la ventana, bañada por una luz matutina que la hacía parecer una estatua de cristal.
Su cabello oscuro caía ahora con perfecta suavidad sobre sus hombros; ni un solo mechón fuera de lugar, como si el viento y las lágrimas del lago nunca hubieran existido.
Su postura era impecable: la viva imagen de una heredera de Boston.
Pero David notó la grieta en la base. Había algo en sus ojos que no encajaba con su pose.
Parecía distante, como si su mente estuviera a kilómetros de distancia de esa clase de Historia.
David sintió un tirón seco en el pecho. Se sentó dos filas atrás, en diagonal, necesitando confirmar que ella era real. Que el momento de vulnerabilidad que compartieron no había sido un espejismo de su primer día.
El profesor ajustó sus gafas y levantó la vista desde su escritorio, rompiendo el hechizo.
—Bien, comencemos —anunció con voz monótona—. Pasaré lista.
Los nombres se sucedieron entre confirmaciones rutinarias, hasta que el aire pareció espesarse.
—Sienna Bloom.
Ella levantó la vista. —Aquí —respondió. Fue una palabra suave, controlada. Como si el mundo no se estuviera desmoronando a su alrededor.
La voz de ella lo sacó de su trance. Se llamaba Sienna. Su nombre resonó en su mente con la fuerza innegable de la última pieza del rompecabezas, esa que pasas una eternidad buscando, solo para verla encajar perfectamente en su lugar.
Entonces, la puerta se abrió de golpe.
—Pritchard. ¿Llegas tarde otra vez?
—Nunca tarde, profesor. Solo doy tiempo a que el resto se ponga a mi altura.
Nadie rió. El silencio que siguió no fue de humor, sino de esa sumisión incómoda que genera el poder. David levantó la vista.
Ethan Pritchard.
Tenía esa clase de belleza rubia y afilada que parece diseñada para el impacto. Caminó por el aula con una arrogancia depredadora, ignorando las filas de pupitres como si fueran obstáculos invisibles.
Y entonces, se detuvo. Justo sobre Sienna.
No se inclinó; la cercó. Apoyó las manos en el escritorio de ella, reclamando su territorio.
—¿Sigues molesta? —dijo en voz baja, inclinándose hacia ella.
Sienna tensó ligeramente la mandíbula.
—No aquí, Ethan.
Él sonrió, pero el gesto no llegó a sus ojos. Fue la mueca de alguien que disfruta ver una grieta en la armadura ajena.
—Paso por ti después.
No fue una promesa. Fue una sentencia. David desvió la mirada, sintiendo un nudo ácido en el estómago. No era solo celos; era el reconocimiento instintivo de algo peligroso.
El timbre rasgó el aire, rompiendo la burbuja de tensión del aula. David guardó sus cosas con una calma estudiada. Prefería ser el último; moverse cuando el ruido de los demás servía de camuflaje.
Salió al pasillo, pero el nombre de Ethan lo encontró antes que la salida.
—¿Viste con quién llegó? —El susurro de una chica rebotó en los casilleros.
—Margaret Dench. ¿Quién más? —respondió otra, con un deje de envidia—. Parece sacada de un catálogo. Rubia, perfecta, un curso arriba... Es imposible competir con alguien así.
David no se detuvo, pero sus sentidos se agudizaron.
—Pobre Sienna —continuó la primera, bajando la voz—. Se hizo ilusiones porque él es tan cercano a su hermano Luca. Se nota que lleva años esperándolo.
David apretó la mandíbula. Esperándolo . La palabra cayó en su estómago como una piedra.
Recordó el lago. El frío, el silencio y esas lágrimas que Sienna se tragaba para no ensuciar su fachada de chica perfecta. La forma en que él la había visto derrumbarse sin que ella supiera que había un testigo.
—Igual —añadió una de las voces mientras se alejaban—, Sienna siempre lo tiene todo. No le vendrá mal un golpe de realidad.
David siguió caminando, su rostro convertido en una máscara neutra, pero el aire en el pasillo se sentía más denso. Por primera vez desde que puso un pie en esa ciudad, dejó de preocuparse por su propia invisibilidad. El dolor de Sienna, oculto bajo capas de orgullo y control, lo estaba llamando.
No la conocía. No tenía motivos para que le importara. Y aun así, algo en su interior se reconfiguró. David ya no miraba hacia la salida; su mente, sin permiso, se había fijado en una sola dirección.
El campus vibraba con una energía que a Sienna le resultaba agotadora. Risas, planes, gritos que rebotaban en las paredes de piedra. Ella buscó el sendero lateral, no huía, simplemente estaba conservando lo que le quedaba de entereza.
Se detuvo junto a una banca de madera gastada. Sus dedos trazaron el borde de su mochila mientras la imagen de Ethan y Margaret volvía a golpearla, nítida y cruel.
—No deberías fruncir tanto el ceño —dijo una voz a su espalda—. Parece que estás intentando resolver una ecuación imposible.
Sienna se tensó, pero al girarse, la rigidez se disolvió. Era él. El chico del lago. David Blake.
Lo observó con una atención nueva. Tenía una complexión atlética pero relajada, y un atractivo exótico que no pasaba desapercibido.
Sus ojos, de un verde azulado e intensamente penetrantes, destacaban con fuerza felina sobre su piel bronceada, sosteniendo una mirada que no pedía nada a cambio.
Su presencia no resultaba abrumadora; al contrario, se sentía de forma extraña: como una sombra fresca en un día sofocante
—¿Siempre apareces de la nada? —preguntó ella, recuperando su máscara de indiferencia con una ceja alzada.
—No, Solo cuando alguien parece necesitar una distracción —respondió él, con una media sonrisa que no llegaba a ser burlona.
Sienna soltó una risa seca, sorprendida por su propia reacción. —Qué considerado.
—Estoy practicando, espero estar a la altura de tus expectativas.
Ella lo estudió. Había algo "fácil" en él. No una facilidad barata, sino una comodidad orgánica que en ese colegio de apariencias valía oro.
—¿Tú también te escondes de la multitud? —preguntó ella, apoyándose en la banca.
—Algo así. Es mi primer día —confesó él. Hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Becado. Transferido.
Lo soltó sin el complejo de inferioridad que Sienna solía ver en otros, pero también sin la arrogancia de quien quiere demostrar algo.
—¿Deportes? —quiso saber ella.
—En parte. Pero sobre todo por matemáticas.
Sienna parpadeó, el asombro rompiendo su fachada por un segundo. —No tienes cara de que te gusten los números.
—La mayoría espera que solo sepa correr —admitió él con una calma contagiosa.
Sienna asintió despacio. No hizo más preguntas.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue corto. Ligero. Como si ambos estuvieran aprendiendo a medir la distancia entre ellos.
—Eres raro —soltó Sienna, girándose hacia él. No era un insulto; era una observación.
David arqueó una ceja, manteniendo esa calma que empezaba a desquiciarla.
—¿Eso es un diagnóstico o una observación?
Ella sonrió. Esta vez, la máscara de "Sienna Bloom" no estaba presente. —Aún no lo decido.
Él asintió, aceptando el veredicto con una elegancia que no requería esfuerzo.
No intentó retenerla, ni impresionarla con algún dato vacío.
Simplemente estaba allí, ofreciéndole un espacio donde no se sentía evaluada, solo…
acompañada. Y aunque ella no lo llamaría atracción, su sistema nervioso registró la diferencia.
David era un interruptor de silencio en medio de su caos.
Él consultó su reloj. —Tengo que irme.
—Nos vemos… supongo —dijo ella, tratando de sonar indiferente.
David dio un paso atrás, luego otro. Y justo antes de girarse del todo, se detuvo, clavando sus ojos verde azulados en los de ella con una intensidad que la hizo contener el aliento.
—No supongas tanto, Sienna. Nos volveremos a ver.
En cuestión de segundos, Evelyn Taylor apareció a su lado con la familiaridad de quien conoce cada uno de sus ángulos muertos. No necesitó presentarse; eran dos mitades de una misma historia de infancia.
— ¿Quién es el chico nuevo y por qué parece que te ha leído la mente?
—No lo conozco —dijo Sienna, aunque su voz sonó hueca—. Bueno, lo acabo de conocer.
Evelyn entornó los ojos, detectando la nota discordante en el tono de su amiga.
—¿Y bien?
—Es… agradable.
—"Agradable" es la palabra que usas cuando el café no está en el punto perfecto —respondió Evelyn, cruzándose de brazos—. Ese chico está ridículamente bueno, Sienna.
Sienna dejó caer los hombros, derrotada por la perspicacia de su amiga.
—Está bien. Es muy guapo.