Capítulo 1 Visitante en Campo Rival
El aire de septiembre tenía ese filo limpio que anunciaba comienzos.
No era frío, pero sí lo suficiente para obligar a respirar más hondo, como si el cuerpo necesitara adaptarse a algo nuevo…
o prepararse. David Zaire Blake se detuvo frente a las rejas de Phillips Academy Andover .
Eran más grandes de lo que había imaginado.
Hierro negro, impecable. Imponente. Como si no solo protegieran un campus, sino un mundo al que él todavía no pertenecía.
Apretó con más fuerza la correa de su mochila.
—Está bien… —murmuró para sí mismo, aunque no lo estaba—. Solo es un lugar.
Pero no lo era. Era el tipo de escuela que aparecía en películas, donde los chicos llevaban relojes caros sin saber lo que costaban y hablaban de vacaciones en Europa como si fueran visitas al supermercado.
Donde los apellidos pesaban más que las notas.
Sin embargo, contra todo pronóstico, estaba allí, con una beca pagada por su inteligencia y su juego.
El chirrido de sus zapatillas contra el camino empedrado sonaba ensordecedor.
Sentía como si cada paso anunciara su intrusión.
Había llegado temprano a propósito. Demasiado temprano.
No quería encontrarse con nadie todavía.
No quería preguntas, ni miradas, ni esa asfixiante incomodidad de ser juzgado en silencio.
Solo quería… ubicarse. Entender el lugar antes de que el lugar intentara entenderlo a él.
El campus era enorme. Edificios de ladrillo rojo cubiertos de hiedra, caminos bordeados de árboles altos que dejaban caer hojas doradas, bancas perfectamente alineadas. Todo parecía… cuidado, intocable. No era su mundo. Y eso se sentía en cada paso.
David pasó una mano por su cabello rizado, corto en los lados, sintiendo la ligera humedad del aire. Sus ojos —una llamativa mezcla de verde y azul que siempre atraía miradas— escudriñaron el terreno con una mezcla de curiosidad y cautela.
—Genial… —murmuró con ironía—. Ahora solo falta no arruinarlo todo.
Siguió caminando sin rumbo claro. Un sendero más estrecho lo llevó lejos del edificio principal.
El ruido del campus desapareció poco a poco, reemplazado por algo más suave…
más natural. El sonido del agua. David frunció ligeramente el ceño, intrigado.
Siguió el sonido. Y entonces lo vio. Un lago.
No enorme, pero lo suficiente para que la superficie reflejara el cielo gris claro de la mañana.
Rodeado de árboles, parecía casi oculto, como un secreto escondido a las afueras del campus.
Se acercó despacio. Y fue entonces cuando la vio a ella.
Estaba sentada en la orilla, de espaldas al camino, con las rodillas recogidas contra el pecho.
Su cabello negro caía en una cascada larga y lisa por su espalda.
Llevaba un vestido claro, sencillo pero elegante.
Pero lo que más le llamó la atención es que ella estaba llorando.
No era un sollozo fuerte. Sus hombros apenas temblaban, como si intentara no hacer ruido, como si incluso su dolor tuviera que ser discreto.
David se detuvo en seco. Algo se le oprimió en el pecho.
No la conocía. Podía simplemente darse la vuelta.
Eso sería lo lógico. La opción segura. La opción que cualquiera tomaría en su primer día en un lugar desconocido.
Pero no se movió. Sus pies permanecieron clavados al suelo.
La observó un segundo más. Dos. Tres. Y entonces, antes de que su cerebro pudiera convencerlo de lo contrario…
— ¿Estás bien?
Ella se quedó completamente inmóvil. Durante un instante.
Luego, lentamente, giró su rostro hacia él.
Y David olvidó cómo respirar. Era preciosa.
Poseía una simetría perfecta que resultaba casi intimidante.
Sin embargo, el afilado contorno de sus altos pómulos y la tensión en sus labios carnosos delataban una profunda y dolorosa tristeza.
Su belleza despertó en él una ternura repentina y una punzada en el pecho al mismo tiempo.
Sus ojos azules estaban húmedos, brillando con lágrimas contenidas. Su piel clara contrastaba con su cabello oscuro, y había algo en su expresión... algo roto.
Ella lo miró. Lo evaluó con la frialdad de quien está acostumbrada a juzgar a los demás. Parecía que intentaba decidir si él tenía siquiera derecho a estar allí.
—Estoy bien —dijo al final. Su voz fue suave, pero firme—. Solo... quiero estar sola.
David asintió de inmediato.
—Claro. Perdón.
Dio medio paso atrás, pero sus pies se detuvieron antes de completar el giro. No sabía por qué. Quizás porque reconocía esa sensación; esa necesidad de desaparecer sin poder hacerlo del todo. Se rascó la nuca, incómodo bajo su mirada.
—Puedo… —hizo una pausa, buscando las palabras exactas—. Puedo quedarme sin hablar.
Ella frunció ligeramente el ceño, confundida.
—¿Qué?
—O sea… —David soltó una pequeña risa nerviosa que rompió un poco el hielo—. Puedes hacer de cuenta que no estoy aquí.
Un segundo de silencio. Dos.
Y entonces, ella soltó una risa. Fue pequeña, sorprendida y, sobre todo, real. Fue suficiente para cambiar la densidad del aire entre los dos.
—Eso es raro —dijo ella, secándose el rastro de una lágrima con el dorso de la mano.
—Sí… lo sé.
—Muy raro.
—Lo sé.
Vino otra pausa, pero esta vez no pesaba. Ella lo observó un momento más, evaluando al chico alto y delgado que parecía no tener prisa por irse. Luego, con un leve suspiro, asintió.
—Está bien —cedió ella—. Pero no hables.
David levantó las manos en señal de rendición, permitiéndose una pequeña sonrisa.
—Prometido.
Se sentó sobre la hierba a una distancia prudente. Lo suficiente para respetar su espacio, pero lo bastante cerca para que el silencio ya no fuera soledad.
El lago volvió a ser el protagonista. El sonido del agua golpeando suavemente la orilla. El viento moviendo las ramas. Dos desconocidos compartiendo un silencio que, de alguna forma, ya no les pertenecía solo a ellos.
David miró al frente, pero era consciente de ella en cada segundo. Sintió cómo su respiración recuperaba el ritmo. Cómo sus hombros, antes tensos por el llanto, dejaban de temblar. Cómo, sin decir una sola palabra… algo se estaba arreglando.
Pasaron los minutos. El tiempo perdió su forma.
Hasta que, finalmente, ella se movió. Se puso de pie con una elegancia que parecía nata.
David la miró de reojo, conteniendo el aliento.
Ella no lo miraba a él; mantenía la vista fija en el lago, como si estuviera dejando algo pesado en el fondo de esas aguas.
Luego, se giró ligeramente. Solo lo justo para que él viera el brillo de sus ojos, ahora limpios.
—Gracias —dijo.
Era solo una palabra, pero no sonaba simple en absoluto.
David sintió que algo se expandía en su pecho, una oleada más intensa que cualquier canasta ganadora.
—De nada.
Ella asintió una última vez y comenzó a caminar hacia el campus, alejándose sin mirar atrás.
David se quedó allí, sentado en la hierba, observando cómo su figura se hacía pequeña en la distancia.
Todavía no sabía su nombre. Pero sabía que, después de esos minutos de silencio, nada volvería a ser igual. Y ni siquiera entendía por qué.