A un Paso de Odiarte
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Prólogo
Dicen que la alta sociedad de Boston no perdona el rastro de la sangre barata.
En los pasillos de ladrillo rojo de la Phillips Academy Andover , el destino nunca se elegía; se heredaba en cuentas bancarias, apellidos ilustres y promesas de un futuro intocable.
Sienna Bloom era la era la máxima representación de esa ley no escrita, la heredera perfecta de un imperio aristocrático, nacida para reinar en un mundo donde las apariencias lo eran todo.
Sin embargo, la armonía de esa burbuja de cristal estaba a punto de colapsar ante la llegada de un intruso.
David Blake era todo lo contrario a Andover.
Era la personificación del asfalto y la carencia: pobre, hijo de una madre soltera que se había desangrado para darle un futuro, y de una ascendencia biracial que la élite local miraba con un desprecio apenas disimulado.
Él no pertenecía allí. Era el paria entre los príncipes.
Pero lo que la soberbia de Andover no supo entender es que la tenacidad de David no conocía límites.
Cada humillación en los vestuarios y cada mirada de asco en los pasillos solo funcionaron como el combustible para una bestia que se negaba a doblegarse.
Seis años después, el chico que se marchó con las manos vacías está de vuelta.
Pero ya no es el mismo joven vulnerable.
Ha regresado convertido en un titán de la NBA, una superestrella mundial rodeada de contratos multimillonarios, cámaras y una rabia fría, implacable, dirigida única y exclusivamente hacia la mujer que una vez fue inalcanzable para él...
pero que nunca, ni un solo segundo, dejó de amar.
El tablero de juego había cambiado. El imperio de los Bloom se había desmoronado, dejando a Sienna entre escombros y deudas.
Ella ya no era la princesa intocable de Andover.
Ahora, acorralada por el destino, estaba dispuesta a todo con tal de mantener a flote los restos del legado de su padre y, sobre todo, dispuesta a arriesgarlo todo por recuperar al único chico que, la había hecho sentir verdaderamente valiosa.
La partida final había comenzado. Y esta vez, David Blake tenía el balón en sus manos. Lo que él no sabía es que, la venganza y el amor comparten exactamente el mismo fuego.